jueves, 1 de enero de 2009

Revolución y Contra-Revolución, de Plinio Corrêa de Oliveira: texto completo

REVOLUCION Y CONTRA-REVOLUCION

Plinio Corrêa de Oliveira

Prólogo del autor para la 1ª edición argentina

Mis jóvenes y brillantes amigos de la Sociedad Argentina de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad me pidieron, para esta nueva edición de “Revolución y Contra-Revolución” (1), un prólogo sobre los puntos de contacto de este libro con el “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” de San Luis María Grignion de Montfort.

Muchos son hoy -fuera de los medios progresistas (2), es claro- los católicos que conocen y admiran la obra del fogoso y gran misionero popular del siglo XVIII.

Nació en Montfort-sur-Meu o Montfort-la-Cane (Bretaña) en el año 1673. Ordenado sacerdote en 1700, se dedicó, hasta su muerte en el año de 1716, a predicar misiones a las poblaciones rurales y urbanas de Bretaña, Normandía, Poitou, Vendée, Aunis, Saintonge, Anjou, Maine. Las ciudades en que predicó, inclusive las más importantes, vivían en gran medida de la agricultura y estaban profundamente marcadas por la vida rural. De suerte que San Luis María, si bien no haya predicado en forma exclusiva a campesinos, puede ser considerado esencialmente un apóstol de poblaciones rurales.

En sus prédicas, que en términos modernos podrían ser llamadas aggiornate (3), no se limitaba a enseñar la doctrina católica de modo que sirviesen para cualquier época y cualquier lugar, sino que sabía dar realce a los puntos más necesarios para los fieles que lo oían.

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(N. del E.1): julio de 1970

(N. del E. 2): los medios progresistas: son bien conocidos: en oposición a la Tradición de la Iglesia y continuando y radicalizando las tendencias modernistas condenadas por San Pío X en la Enc. Pascendi, so capa de renovación y de adaptación al mundo actual, introducen toda clase de cambios doctrinarios, litúrgicos, criteriológicos, ambientales y promueven la Revolución en la Iglesia Católica. Normalmente, el “progresismo” adopta posturas políticas de izquierda, inspiradas en la “Teología de la Liberación”, condenada por S. S. Juan Pablo II.

(N. del E. 3): “al día”

El género de su aggiornamento dejaría probablemente desconcertados a muchos de los prosélitos del aggiornamento moderno. No veía los errores de su tiempo como meros frutos de equívocos intelectuales, oriundos de hombres de insospechable buena fe: errores que por esto mismo serían siempre disipados por un diálogo diestro y ameno.

Capaz del diálogo afable y atrayente, no perdía de vista, sin embargo, toda la influencia del pecado original y de los pecados actuales, así como la acción del príncipe de las tinieblas, en la génesis y en el desarrollo de la inmensa lucha movida por la impiedad contra la Iglesia y la Civilización Cristiana.

La célebre trilogía demonio, mundo y carne, presente en las reflexiones de los teólogos y misioneros de buena ley en todos los tiempos, él la tenía en vista como uno de los elementos básicos para el diagnóstico de los problemas de su siglo. Y así, conforme las circunstancias lo pedían, sabía ser ora suave y dulce, como un ángel-mensajero de la dilección o del perdón de Dios, ora batallador e invicto, como un ángel enviado para anunciar las amenazas de la Justicia Divina contra los pecadores rebeldes y endurecidos. Ese gran apóstol supo alternadamente dialogar y polemizar, y en él el polemista no impedía la efusión de las dulzuras del Buen Pastor, ni la mansedumbre pastoral aguaba los santos rigores del polemista.

Estamos, con este ejemplo, bien lejos de ciertos progresistas para quienes todos nuestros hermanos separados, heréticos o cismáticos, serían necesariamente de buena fe, engañados por meros equívocos, de suerte que polemizar con ellos sería siempre un error y un pecado contra la caridad.

La sociedad francesa de los siglos XVII y XVIII (nuestro Santo vivió, como vimos, en el ocaso de uno y en las primeras décadas del otro) estaba gravemente enferma. Todo la preparaba para recibir pasivamente la inoculación de los gérmenes del Enciclopedismo y desmoronarse enseguida en la catástrofe de la Revolución Francesa.

Presentando aquí un cuadro circunscripto de ella y, por tanto, forzosamente muy simplificado -indispensable, sin embargo, para comprender la prédica de nuestro Santo- puede decirse que en las tres clases sociales, clero, nobleza y pueblo, preponderaban dos tipos de alma: los laxos y los rigoristas. Los laxos, tendientes a una vida de placeres que llevaba a la disolución y al escepticismo. Los rigoristas, propensos a un moralismo yerto, formal y sombrío, que llevaba a la desesperación cuando no a la rebelión. Mundanismo y jansenismo eran los dos polos que ejercían una nefasta atracción, inclusive en medios reputados como los más piadosos y moralizados de la sociedad de entonces.

Uno y otro -como tantas veces sucede con los extremos del error- llevaban a un mismo resultado. En efecto, cada cual por su camino apartaban las almas del sano equilibrio espiritual de la Iglesia. Esta, efectivamente, nos predica en admirable armonía la dulzura y el rigor, la justicia y la misericordia. Nos afirma por un lado la grandeza natural auténtica del hombre -sublimada por su elevación al orden sobrenatural y su inserción en el Cuerpo Místico de Cristo- y por otro lado nos hace ver la miseria en que nos lanzó el pecado original, con toda su secuela de nefastas consecuencias.

Nada más normal que la coligación de los errores extremos y contrarios frente al apóstol que predicaba la doctrina católica auténtica: el verdadero contrario de un desequilibrio no es el desequilibrio opuesto, sino el equilibrio. Y así, el odio que anima a los secuaces de los errores opuestos no los arroja unos contra otros, sino que los lanza contra los Apóstoles de la Verdad. Máxime cuando esa verdad es proclamada con una vigorosa franqueza, poniendo en realce los puntos que discrepan más agudamente con los errores en boga.

Exactamente así fue la prédica de San Luis María Grignion de Montfort. Sus sermones, pronunciados en general ante grandes auditorios populares, culminaban, no pocas veces, en verdaderas apoteosis de contrición, de penitencia y de entusiasmo. Su palabra clara, llameante, profunda, coherente, sacudía las almas ablandadas por los mil grados de molicie y sensualidad que en aquella época se difundían desde las clases altas hacia los demás estratos de la sociedad.

Al final de sus sermones, frecuentemente los oyentes reunían en la plaza pública pirámides de objetos frívolos o sensuales y de libros impíos, a los cuales encendían fuego. Mientras ardían las llamas, nuestro infatigable misionero hacía nuevamente uso de la palabra, incitando al pueblo a la austeridad.

Esta obra de regeneración moral tenía un sentido fundamentalmente sobrenatural y piadoso. Jesucristo crucificado, su Sangre preciosa, sus Llagas sacratísimas, los Dolores de María eran el punto de partida y el término de su prédica. Por esto mismo promovió en Pont-Château la construcción de un gran Calvario que debería ser el centro de convergencia de todo el movimiento espiritual suscitado por él.

En la Cruz veía nuestro Santo la fuente de una superior sabiduría, la Sabiduría cristiana, que enseña al hombre a ver y amar en las cosas creadas manifestaciones y símbolos de Dios; a sobreponer la Fe a la razón orgullosa, la Fe y la recta razón a los sentidos rebelados, la moral a la voluntad desordenada, lo espiritual a lo material, lo eterno a lo contingente y transitorio.

Pero este ardoroso predicador de la genuina austeridad cristiana nada tenía de la austeridad taciturna, biliosa y estrecha de un Savonarola o de un Calvino. Ella era suavizada por una tiernísima devoción a Nuestra Señora.

Puede decirse que nadie Ilevó más alto que él la devoción a la Madre de Misericordia. Nuestra Señora, en cuanto Mediadora necesaria -por elección divina- entre Jesucristo y los hombres, fue el objeto de su continuo enlevo (1), el tema que suscitó sus meditaciones más profundas, más originales. Ningún crítico serio puede negarles la calificación de inspiradamente geniales. En torno de la Mediación Universal de María -hoy verdad de Fe- San Luis María Grignion de Montfort construyó toda una mariología que es el mayor monumento de todos los siglos a la Virgen Madre de Dios.

Estos son los principales rasgos de su admirable prédica. Toda esta prédica está condensada en los tres trabajos principales escritos por el Santo: la “Carta Circular a los Amigos de la Cruz, el “Tratado de la Divina Sabiduría y el “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, una especie de trilogía admirable, toda de oro y de fuego, de la cual se destaca, como obra prima entre las obras primas, el “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen”.

Por estas obras podemos darnos cuenta de la substancia de la prédica de San Luis María Grignion de Montfort.

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Nuestro Santo fue un gran perseguido. Este rasgo de su existencia es realzado por todos sus biógrafos (*).

Un vendaval furioso, movido por los mundanos, por los escépticos enfurecidos ante tanta Fe y tanta austeridad, y por los jansenistas, indignados ante una devoción insigne a Nuestra Señora, de la cual dimanaba una suavidad inefable, se irguió contra su prédica. De ahí se originó un torbellino que levantó contra él, por así decir, a toda Francia.

No pocas veces, como sucedió en 1705 en la ciudad de Poitiers, sus magníficos "autos de fe" contra la inmoralidad fueron interrumpidos por

orden de autoridades eclesiásticas, quienes evitaban así la destrucción de esos objetos de perdición. En casi todas las diócesis de Francia le fue

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(N. del E. 1): La palabra portuguesa enlevo carece de equivalente en castellano; por ello, por la fuerza de expresión que el vocablo tiene y para no restar énfasis a lo que el autor ha querido significar, hemos preferido mantenerla en el idioma original. Significa, en este contexto, una admiración muy profunda acompañada de un acto de amor e inocencia que mueve a la dedicación.

También, de acuerdo al diccionario, elevación o vuelo de alma o del espíritu, encanto, éxtasis, arrobamiento, deleite, maravillamiento (cfr. Francisco da Silveira Bueno).

(*) Entre sus numerosas biografías, citamos las siguientes:

-Obras de San Luis María Grignion de Montfort, BAC, Madrid, tomo 111, preparada por el P. Camilo Abad, S.J.

- Louis Le Crom, Un apôtre marial - Calvaire de Montfort, Pont-Château.

- Mons. Laveille, Le Bienheureux Louis Marie Grignion de Montfort d' après des documents inédits, 1907, Pouisselgue.


negado el uso de las órdenes (1). Después de 1711, sólo los Obispos de La Rochelle y de Luçon le permitieron la actividad misionera. Y, en 1710, Luis XIV ordenó la destrucción del Calvario de Pont-Château.

Ante ese inmenso poder del mal, nuestro Santo se reveló profeta. Con palabras de fuego, denunció los gérmenes que minaban la Francia de entonces y vaticinó una catastrófica subversión que de ellos habría de derivar (cfr. “El Reino de María, realización del mundo mejor”, "Catolicismo", número 55, junio de 1955). El siglo en que San Luis María murió no terminó sin que la Revolución Francesa confirmase de modo siniestro sus previsiones.

Hecho al mismo tiempo sintomático y entusiasmante: las regiones en donde nuestro Santo tuvo libertad de predicar su doctrina y en las cuales las masas humildes lo siguieron, fueron aquellas en que los chouans se levantaron, armas en mano, contra la impiedad y la subversión. Eran los descendientes de los campesinos que habían sido misionados por el gran Santo, y preservados así de los gérmenes de la Revolución.

Del nexo entre la obra maestra de este gran Santo y el contenido de nuestro ensayo -tan disminuido por la comparación- es que nos debemos ocupar.

* * *

Comencemos por exponer aquí algunos pensamientos contenidos en “Revolución y Contra-Revolución”.

La Revolución es presentada en él como un inmenso proceso de tendencias, doctrinas, de transformaciones políticas, sociales y económicas, derivado en último análisis -estaría tentado a decir en ultimísimo análisis- de una deterioración moral nacida de dos vicios fundamentales: el orgullo y la impureza, que suscitan en el hombre una incompatibilidad profunda con la doctrina católica.

En efecto, la Iglesia Católica tal como es, la doctrina que enseña, el universo que Dios creó y que podemos conocer tan espléndidamente a través de sus prismas, todo eso excita en el hombre virtuoso, puro y humilde un profundo enlevo. El siente alegría al considerar que la Iglesia y el universo son como son.

Pero si una persona cede en algo a los vicios del orgullo o de la impureza, comienza a crearse en ella una incompatibilidad con varios aspectos de la Iglesia o del orden del Universo. Esa incompatibilidad puede comenzar, por ejemplo, con una antipatía con el carácter jerárquico de la

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(N. del E. 1): predicar y administrar los Sacramentos.

Iglesia, después desdoblarse y alcanzar a la jerarquía de la sociedad temporal, para más tarde manifestarse en relación al orden jerárquico de la familia. Y así, una persona puede, por varias formas de igualitarismo, llegar a una posición metafísica de condenación de toda y cualquier desigualdad, y del carácter jerárquico del Universo. Sería el efecto del orgullo en el campo de la metafísica.

De modo análogo se puede delinear las consecuencias de la impureza en el pensamiento humano. El hombre impuro, por regla general, comienza por tender hacia el liberalismo: lo irrita la existencia de un precepto, de un freno, de una ley que circunscriba el desborde de sus sentidos. Y, con esto, toda ascesis le parece antipática. De esa antipatía, naturalmente, viene una aversión al propio principio de autoridad, y así sucesivamente. El anhelo de un mundo anárquico -en el sentido etimológico de la palabra- sin leyes ni poderes constituidos, y en el cual el propio Estado no sea sino una inmensa cooperativa, es el punto extremo del liberalismo generado por la impureza.

Tanto del orgullo cuanto del liberalismo nace el deseo de igualdad y libertad totales, que es la médula del comunismo.

A partir del orgullo y de la impureza se van formando los elementos constitutivos de una concepción diametralmente opuesta a la obra de Dios. Esa concepción, en su aspecto final, ya no difiere de la católica solamente en uno u otro punto. A medida que, a lo largo de las generaciones, esos vicios se van profundizando y volviendo más acentuados, se va estructurando toda una concepción gnóstica y revolucionaria del Universo.

La individuación, que para la gnosis es el mal, es un principio de desigualdad. La jerarquía -cualquiera que sea- es hija de la individuación. El universo -según el gnóstico- se rescata de la individuación y de la desigualdad en un proceso de destrucción del "yo", que reintegra a los individuos en el gran Todo homogéneo. La realización, entre los hombres, de la igualdad absoluta, y de su corolario, la libertad completa -en un orden de cosas anárquico- puede ser vista como una etapa preparatoria de esa reabsorción total.

No es difícil notar desde esta perspectiva un nexo entre gnosis y comunismo.

Así, la doctrina de la Revolución es la gnosis, y sus causas últimas tienen sus raíces en el orgullo y en la sensualidad. Dado el carácter moral de estas causas, todo el problema de la Revolución y de la Contra-Revolución es, en el fondo, y principalmente, un problema moral. Lo que se dice en “Revolución y Contra-Revolución” es que, si no fuese por el orgullo y la sensualidad, la Revolución como movimiento organizado en el mundo entero no existiría, no sería posible.

Ahora bien, si en el centro del problema de la Revolución y de la Contra-Revolución hay una cuestión moral, hay también y eminentemente una cuestión religiosa, porque todas las cuestiones morales son substancialmente religiosas.

No hay moral sin religión. Una moral sin religión es lo más inconsistente que se pueda imaginar. Todo problema moral es, pues, fundamentalmente religioso. Siendo así, la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución es una lucha que, en su esencia, es religiosa. Si es religiosa, si es una crisis moral lo que da origen al espíritu de la Revolución, entonces esa crisis sólo puede ser evitada o remediada con el auxilio de la gracia.

Es un dogma de la Iglesia que los hombres no pueden, sólo con los recursos naturales, cumplir durablemente y en su integridad los preceptos de la moral católica, sintetizados en la Antigua y en la Nueva Ley. Para cumplir los mandamientos, es necesaria la ayuda de la gracia.

Por otro lado, si el hombre cae en estado de pecado, acumulándose en él las apetencias por el mal, a fortiori no conseguirá levantarse del estado en que cayó, sin el socorro de la gracia.

Proviniendo de la gracia toda preservación moral verdadera o toda regeneración moral auténtica, es fácil ver el papel de Nuestra Señora en la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución. La gracia depende de Dios; sin embargo, Dios, por un acto libre de Su voluntad, quiso hacer depender de Nuestra Señora la distribución de las gracias. María es la Medianera Universal, es el canal por donde pasan todas las gracias. Por lo tanto, su auxilio es indispensable para que no haya Revolución, o para que ésta sea vencida por la Contra-Revolución.

En efecto, quien pide la gracia por intermedio de Ella, la obtiene. Quien intentare conseguirla sin el auxilio de María no la obtendrá. Si los hombres, recibiendo la gracia, corresponden a ella, está implícito que la Revolución desaparecerá. Por el contrario, si no correspondieren a ella, es inevitable que la Revolución surja y triunfe. Por lo tanto, la devoción a Nuestra Señora es condición sine qua non para que la Revolución sea aplastada, para que venza la Contra-Revolución.

Insisto en lo que acabo de afirmar. Si una Nación fuere fiel a las gracias necesarias y suficientes que recibe de Nuestra Señora, y si se generalizare en ella la práctica de los Mandamientos, es inevitable que la sociedad se estructure bien. Porque con la gracia viene la sabiduría, y, con ésta, todas las actividades del hombre entran en sus cauces.

Ello se comprueba en cierto modo al analizar el estado en que se encuentra la civilización contemporánea. Construida sobre un rechazo de la gracia, alcanzó algunos resultados estrepitosos que, sin embargo, devoran al hombre. La actual civilización es nociva para el hombre en la medida en que tiene por base el laicismo y viola en varios aspectos el Orden Natural enseñado por la Iglesia.

Siempre que la devoción a Nuestra Señora sea ardorosa, profunda y de rica substancia teológica, es claro que la oración de quien pida será atendida. Las gracias lloverán sobre quien rece a Ella devota y asiduamente. Si, por el contrario, esa devoción fuere falsa o tibia, manchada por restricciones de sabor jansenista o protestante, hay grave riesgo de que la gracia sea dada con menos largueza, porque encuentra por parte del hombre nefastas resistencias. Lo que se dice del hombre puede decirse, mutatis mutandis, de la familia, de una región, de un país o de cualquier otro grupo humano.

Es costumbre decir que, en la economía de la gracia, Nuestra Señora es el cuello del Cuerpo Místico del cual Nuestro Señor Jesucristo es la Cabeza, porque todo pasa por Ella. La imagen es enteramente verdadera en la vida espiritual. Un individuo que tiene poca devoción a Nuestra Señora es como alguien que tiene una cuerda atada al cuello y conserva apenas un resto de respiración. Cuando no tiene devoción alguna, se asfixia. Teniendo una gran devoción, en cambio, el cuello queda completamente libre y el aire penetra abundantemente en los pulmones, pudiendo el hombre vivir normalmente.

La esterilidad y hasta la nocividad de todo lo que se hace contra la acción de la gracia y la enorme fecundidad de lo que se hace con su auxilio, determinan bien la posición de Nuestra Señora en ese combate entre la Revolución y la Contra-Revolución, pues la intensidad de las gracias recibidas por los hombres dependen de la mayor o menor devoción que a Ella tuvieren.

Una visión de la Revolución y de la Contra-Revolución no puede quedar sólo en estas consideraciones. La Revolución no es el fruto de la mera maldad humana. Esta última abre las puertas al demonio, por el cual se deja estimular, exacerbar y dirigir.

Es, pues, importante considerar en esta materia la oposición entre Nuestra Señora y el demonio. El papel del demonio en la eclosión y en los progresos de la Revolución fue enorme. Como es lógico pensar, una explosión de pasiones desordenadas tan profunda y tan general como la que originó la Revolución, no habría ocurrido sin una acción preternatural. Además, sería difícil, sin el concurso del espíritu del mal, que el hombre alcanzase los extremos de crueldad, de impiedad y de cinismo a los cuales la Revolución llegó varias veces a lo largo de su historia.

Ahora bien, ese tan fuerte factor de propulsión depende totalmente de Nuestra Señora. Basta que Ella fulmine un acto de imperio sobre el infierno para que éste se estremezca, se confunda, se recoja y desaparezca de la escena humana. Al contrario, basta que Ella, para castigo de los hombres, deje al demonio un cierto margen de acción, para que la misma progrese. Por lo tanto, los enormes fautores de la Revolución y de la Contra-Revolución, que son respectivamente el demonio y la gracia, dependen de su imperio y su dominio.

La consideración de este soberano poder de Nuestra Señora nos aproxima a la idea de la Realeza de María. Es preciso no ver esa realeza como un título meramente decorativo. Aunque sumisa en todo a la voluntad de Dios, la realeza de Nuestra Señora implica un auténtico poder de gobierno personal.

Tuve ocasión de emplear cierta vez, en una conferencia, una imagen que facilita comprender el papel de Nuestra Señora como Reina.

Imagínese un director de colegio con alumnos muy insubordinados, a quienes los castiga con una autoridad de hierro. Después de haberlos sometido al orden, se retira diciéndole a su madre: "Sé que gobernaréis este colegio de modo diferente de como lo estoy haciendo ahora. Vos tenéis un corazón materno. Habiendo castigado yo a estos alumnos, quiero ahora que los gobernéis con dulzura". Esa señora va a dirigir el colegio como el director quiere, pero con un método diverso del usado por éste. La actuación de ella es distinta de la de él, pero, no obstante, ella hace enteramente la voluntad de él.

Ninguna comparación es exacta. Sin embargo, juzgo que bajo cierto aspecto esta imagen nos ayuda a entender el asunto.

Análogo es el papel de Nuestra Señora como Reina del Universo. Nuestro Señor le dio un poder regio sobre toda la Creación; su misericordia, sin incurrir en exageración alguna, llega sin embargo al extremo. El la colocó como Reina del Universo para gobernarlo, teniendo en vista especialmente al pobre género humano decaído y pecador. Y es su voluntad que Ella haga lo que El no quiso hacer por Sí mismo, sino por medio de Ella, regio instrumento de su Amor.

Hay, pues, un régimen verdaderamente marial en el gobierno del Universo. Y así se ve cómo Nuestra Señora, aunque sumamente unida a Dios y dependiente de El, ejerce su acción a lo largo de la Historia. Es evidente que Nuestra Señora es infinitamente inferior a Dios, pero El quiso darle ese papel por un acto de liberalidad. Es Nuestra Señora quien, distribuyendo, ora más abundantemente la gracia, ora menos, frenando ora más ora menos la acción del demonio, ejerce su realeza sobre el curso de los acontecimientos terrenos.

En ese sentido, depende de Ella la duración de la Revolución y la victoria de la Contra-Revolución. Además de eso, a veces Ella interviene directamente en los acontecimientos humanos, como lo hizo, por ejemplo, en Lepanto. ¡Cuán numerosos son los hechos de la Historia de la Iglesia en que quedó clara su intervención directa en el curso de las cosas! Todo esto nos hace ver hasta qué punto es efectiva la Realeza de Nuestra Señora.

Cuando la Iglesia canta a su respecto: “Tú sola exterminaste las herejías del Universo entero", dice que su papel en ese exterminio fue en cierto modo único. Eso equivale a decir que Ella dirige la Historia, porque quien dirige el exterminio de las herejías, dirige el triunfo de la ortodoxia, y dirigiendo una y otra, dirige la Historia en lo que tiene de más medular.

Habría un interesante trabajo de Historia para hacer: demostrar que el demonio comienza a vencer cuando consigue que disminuya la devoción a Nuestra Señora. Eso se dio en todas las épocas de decadencia de la Cristiandad, en todas las victorias de la Revolución. Ejemplo característico es el de Europa antes de la Revolución Francesa. La devoción a Nuestra Señora en los países católicos fue prodigiosamente disminuida por el jansenismo y es por eso que quedaron como un bosque combustible donde una simple chispa puso fuego a todo.

Estas y otras consideraciones sacadas de la enseñanza de la Iglesia abren perspectivas para el Reino de María, es decir, una era histórica de Fe y de virtud que será inaugurada con una victoria espectacular de Nuestra Señora sobre la Revolución.

En esa era el demonio será expulsado y volverá a los antros infernales y Nuestra Señora reinará sobre la humanidad por medio de las instituciones que para eso escogió. En la perspectiva del Reino de María, encontramos en la obra de San Luis María Grignion de Montfort algunas alusiones dignas de nota.

El es sin duda un profeta que anuncia esa venida, de la cual habla expresamente: "¿Cuándo vendrá ese diluvio de fuego del puro amor que debéis encender sobre toda la tierra de manera tan dulce y tan vehemente que todas las naciones, los turcos, los idólatras, los propios judíos se abrasarán en él y se convertirán?" (cfr. "Oración Abrasada", in Obras Completas de San Luis María Grignion de Montfort, Ed. BAC, pág. 600; “Prière Embrasée”, Le Livre d’Or, Pères Montfortains, Louvain, Belg., p. 754).

Ese diluvio que va a lavar la humanidad, inaugurará el Reino del Espíritu Santo que él identifica con el Reino de María. Nuestro Santo afirma que va a ser una era de florecimiento de la Iglesia como hasta entonces nunca hubo. Llega incluso a afirmar que “el Altísimo con su Santísima Madre, deben formarse grandes Santos que sobrepujarán en santidad la mayoría de los otros Santos, como los cedros del Líbano exceden a los pequeños arbustos" (cfr. Obras Completas de San Luis María Grignion de Montfort, ibid., pág. 464; “Traité de la Vraie Dévotion à la Sainte Vierge”, Le Livre d’Or, p.45).

Considerando los grandes Santos que la Iglesia ya produjo, quedamos deslumbrados con la envergadura de los que surgirán al aliento de Nuestra Señora. Nada es más razonable que imaginar un crecimiento enorme de la santidad en una era histórica en la cual la actuación de Nuestra Señora aumente también prodigiosamente.

Podemos, pues, decir que San Luis María Grignion de Montfort, con su valor de pensador, pero sobre todo con su autoridad de santo canonizado por la Iglesia, da peso y consistencia a las esperanzas que brillan en muchas revelaciones particulares, de que vendrá una época en la cual Nuestra Señora verdaderamente triunfará.

Aunque la Realeza de Nuestra Señora tenga una soberana eficacia en toda la vida de la Iglesia y de la sociedad temporal, se realiza en primer lugar en el interior de las almas; de ahí, del santuario interior de cada alma, es desde donde ella se refleja en la vida religiosa y civil de los pueblos, en cuanto considerados como un todo.

El Reino de María será, pues, una época en que la unión de las almas con Nuestra Señora alcanzará una intensidad sin precedentes en la Historia (excepción hecha, claro está, de casos individuales). ¿Cuál es la forma de esa unión en cierto sentido suprema? No conozco medio más perfecto para enunciar y realizar esa unión, que la sagrada esclavitud a Nuestra Señora, como es enseñada por San Luis María Grignion de Montfort en el “Tratado de la Verdadera Devoción”.

Considerando que Nuestra Señora es el camino por el cual Dios vino a los hombres y éstos van a Dios, y la Realeza universal de María, nuestro Santo recomienda que el devoto de la Virgen se consagre a Ella enteramente como esclavo. Esa consagración es de una radicalidad admirable. Abarca no sólo los bienes materiales del hombre, sino también el mérito de sus buenas obras y oraciones, su vida, su cuerpo y su alma. Es sin límites porque el esclavo por definición nada tiene de propio.

A cambio de esa consagración, Nuestra Señora actúa en el interior de su esclavo de modo maravilloso, estableciendo con él una unión inefable.

Los frutos de esa unión se verán en los Apóstoles de los Ultimos Tiempos, cuyo perfil moral es trazado a fuego por el Santo en su famosa "Oración Abrasada". Para esto usa un lenguaje de una grandeza apocalíptica, en el cual parece revivir todo el fuego de un Bautista, todo el clamor de un Evangelista, todo el celo de un Paulo de Tarso.

Los varones portentosos que lucharán contra el demonio por el Reino de María, conduciendo gloriosamente hasta el fin de los tiempos la lucha contra el demonio, el mundo y la carne, son descriptos por San Luis como magníficos modelos que invitan a la perfecta esclavitud a Nuestra Señora a quienes, en los tenebrosos días de hoy, luchan en las filas de la Contra-Revolución.

Así, con estas consideraciones sobre el papel de Nuestra Señora en la Revolución y en la Contra-Revolución y a propósito del Reino de María -a la luz del “Tratado de la Verdadera Devoción- creo haber enunciado los principales puntos de contacto entre la obra maestra del gran Santo y mi ensayo -como ya dije tan empequeñecido por la comparación-, “Revolución y Contra-Revolución”.


INTRODUCCIÓN

"Catolicismo", al dar a luz su centésimo número (1), quiere señalar el hecho marcándolo con una nota especial, que haga más profunda la ya tan grande comunicación de alma que tiene con sus lectores.

Nada le pareció más oportuno, para eso, que la publicación de un estudio sobre el tema “Revolución y Contra-Revolución”.

Es fácil explicar la elección del asunto. "Catolicismo" es un periódico combativo. Como tal, debe ser juzgado principalmente en función del fin al que apunta su combate. Ahora bien, ¿a quién, precisamente, quiere combatir? La lectura de sus páginas produce al respecto una impresión tal vez poco definida. En ellas, es frecuente encontrar refutaciones del comunismo, del socialismo, del totalitarismo, del liberalismo, del liturgicismo, del maritainismo y de tantos otros "ismos". Sin embargo, sería difícil afirmar que se destaca alguno de ellos de tal manera que por ese lado nos pudiésemos definir. Por ejemplo, habría exageración en afirmar que "Catolicismo" es una publicación específicamente anti-protestante o anti-socialista. Diríase, pues, que el periódico tiene una pluralidad de fines. No obstante, es claro que, en la perspectiva en que se sitúa, todos estos puntos de mira tienen una especie de denominador común, y que éste es el objetivo siempre tenido en cuenta por nuestra publicación.

¿Cuál es ese denominador común? ¿Una doctrina? ¿Una fuerza? ¿Una corriente de opinión? Bien se ve que ponerlo en claro ayuda a comprender hasta sus profundidades toda la obra de formación doctrinaria que "Catolicismo” estuvo realizando a lo largo de estos cien meses.

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El estudio de la Revolución y de la Contra-Revolución excede en mucho este limitado objetivo.

Para demostrarlo, basta dar una mirada al panorama religioso de nuestro país. Estadísticamente, la situación de los católicos es excelente:

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(N. del E.1): se trata del n° 100, de abril de 1956, de la revista mensual “Catolicismo”(home page www.catolicismo.com.br), que dirige el Dr. Paulo Corrêa de Brito Filho, miembro del Consejo Nacional de la Asociación de los Fundadores, San Pablo, Brasil, continuadora del pensamiento y la obra del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira.

según los últimos datos oficiales, constituimos el 94% de la población. Si todos los católicos fuésemos lo que debemos ser, el Brasil sería hoy una de

las potencias católicas más admirables nacidas a lo largo de los veinte siglos de vida de la Iglesia.

¿Por qué, entonces, estamos tan lejos de este ideal? ¿Quién podría afirmar que la causa principal de nuestra situación presente es el espiritismo, el protestantismo, el ateísmo o el comunismo? No. La causa es otra, impalpable, sutil, penetrante como si fuese una poderosa y temible radioactividad. Todos sienten sus efectos, pero pocos sabrían decir su nombre y su esencia.

Al hacer esta afirmación, nuestro pensamiento se extiende de las fronteras del Brasil a las naciones hispanoamericanas, nuestras tan queridas hermanas, y de ahí hacia todas las naciones católicas. En todas, el mismo mal ejerce su imperio indefinido y avasallador. Y en todas produce síntomas de una magnitud trágica.

Un ejemplo entre otros. En una carta dirigida en 1956, a propósito del Día Nacional de Acción de Gracias, a Su Eminencia el Cardenal Carlos Carmelo de Vasconcellos Motta, Arzobispo de San Pablo, el Excmo. y Revmo. Mons. Angelo Dell' Acqua, Substituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, decía que, "como consecuencia del agnosticismo religioso de los Estados", quedó "amortecido o casi perdido, en la sociedad moderna el sentir de la Iglesia". Ahora bien, ¿qué enemigo asestó contra la Esposa de Cristo este golpe terrible? ¿Cuál es la causa común a este y a tantos otros males concomitantes y afines? ¿Con qué nombre llamarla? ¿Cuáles son los medios por los cuales actúa? ¿Cuál es el secreto de su victoria? ¿Cómo combatirla con éxito?

Como se ve, difícilmente un tema podría ser de más palpitante actualidad.

* * *

Este enemigo terrible tiene un nombre: se llama Revolución. Su causa profunda es una explosión de orgullo y sensualidad que inspiró, no diríamos un sistema, sino toda una cadena de sistemas ideológicos. De la amplia aceptación dada a éstos en el mundo entero, derivaron las tres grandes revoluciones de la Historia de Occidente: la Pseudo-Reforma, la Revolución Francesa y el Comunismo (cfr. León XIII, Encíclica “Parvenu à la Vingt-Cinquième Année”, 19.III.1902 - "Bonne Presse", París, vol. VI, p. 279; Encíclica “Vigésimo Quinto Año”, “Doctrina Pontificia” (II), Documentos políticos, ed. B.A.C., 1958).

El orgullo conduce al odio a toda superioridad, y, por tanto, a la afirmación de que la desigualdad es en sí misma, en todos los planos, inclusive y principalmente en los planos metafísico y religioso, un mal. Es el aspecto igualitario de la Revolución.

La sensualidad, de suyo, tiende a derribar todas las barreras. No acepta frenos y lleva a la rebeldía contra toda autoridad y toda ley, sea divina o humana, eclesiástica o civil. Es el aspecto liberal de la Revolución.

Ambos aspectos, que en último análisis tienen un carácter metafísico, parecen contradictorios en muchas ocasiones, pero se concilian en la utopía marxista de un paraíso anárquico en que una humanidad altamente evolucionada y "emancipada" de cualquier religión, viviría en profundo orden sin autoridad política, y en una libertad total de la cual, sin embargo, no derivaría desigualdad alguna.

La Pseudo-Reforma fue una primera revolución. Implantó el espíritu de duda, el liberalismo religioso y el igualitarismo eclesiástico, en medida variable, por otra parte, en las diversas sectas a que dio origen.

Le siguió la Revolución Francesa, que fue el triunfo del igualitarismo en dos campos. En el campo religioso, bajo la forma del ateísmo, especiosamente rotulado de laicismo. Y en la esfera política, por la falsa máxima de que toda desigualdad es una injusticia, toda autoridad un peligro, y la libertad el bien supremo.

El Comunismo es la transposición de estas máximas al campo social y económico.

Estas tres revoluciones son episodios de una sola Revolución, dentro de la cual el socialismo, el liturgicismo, la "politique de la main tendue", etc., son etapas de transición o manifestaciones atenuadas (1).

* * *

Claro está que un proceso de tanta profundidad, de tal envergadura y de tan larga duración no puede desarrollarse sin abarcar todos los dominios de la actividad del hombre, como por ejemplo la cultura, el arte, las leyes, las costumbres y las instituciones.

Un estudio pormenorizado de este proceso, en todos los campos en que se viene desarrollando, excedería en mucho el ámbito de este trabajo.

En él procuramos -limitándonos tan sólo a una veta de este vasto asunto- trazar de modo sumario los contornos de la inmensa avalancha que es la Revolución, darle el nombre adecuado, indicar muy suscintamente sus causas profundas, los agentes que la promueven, los elementos esenciales de su doctrina, la importancia respectiva de los varios terrenos en que ella actúa, el vigor de su dinamismo, el "mecanismo" de su expansión.

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(N. del E. 1): en esta enumeración de acciones e ideologías revolucionarias –que hoy podría ampliarse ilimitadamente-, corresponde incluir las que el Autor trata a lo largo de la obra, en particular las que analiza en la parte III, agregada en 1976, y en los comentarios de 1992, incorporados en el lugar correspondiente de la presente edición.

Simétricamente, tratamos después de puntos análogos referentes a la Contra-Revolución, y estudiamos algunas de las condiciones para su victoria.

Aun así, de cada uno de estos temas no pudimos tratar sino de las partes que nos parecieron más útiles, de momento, para esclarecer a nuestros lectores y facilitarles la lucha contra la Revolución. Y tuvimos que dejar de lado muchos puntos de importancia realmente capital, pero de actualidad menos apremiante.

El presente trabajo, como dijimos, constituye un simple conjunto de tesis, a través de las cuales se puede conocer mejor el espíritu y el programa de "Catolicismo". Excedería sus naturales proporciones si contuviese una demostración cabal de cada afirmación. Nos ceñimos tan sólo a desarrollar el mínimo necesario de argumentación para poner en evidencia el nexo existente entre las varias tesis, y la visión panorámica de toda una vertiente de nuestras posiciones doctrinarias.


PARTE I

LA REVOLUCION


Capítulo I

Crisis del hombre contemporáneo

Las muchas crisis que conmueven al mundo de hoy -del Estado, de la familia, de la economía, de la cultura, etc.- no constituyen sino múltiples aspectos de una sola crisis fundamental, que tiene como campo de acción al propio hombre. En otros términos, esas crisis tienen su raíz en los más profundos problemas de alma, de donde se extienden a todos los aspectos de la personalidad del hombre contemporáneo y a todas sus actividades.

Capítulo II

Crisis del hombre occidental y cristiano

Esa crisis es principalmente la del hombre occidental y cristiano, es decir, del europeo y de sus descendientes, el americano y el australiano. Y es en cuanto tal que la estudiaremos más particularmente. Ella también afecta a los otros pueblos, en la medida en que a éstos se extiende y en ellos echó raíces el mundo occidental. En esos pueblos tal crisis se complica con los problemas propios de las respectivas culturas y civilizaciones y con el choque entre éstas y los elementos positivos o negativos de la cultura y de la civilización occidentales.

Capítulo III

Caracteres de esa crisis

Por más profundos que sean los factores de diversificación de esa crisis en los diferentes países de hoy, ella conserva, siempre, cinco caracteres capitales:

1. Es universal

Esa crisis es universal. No existe hoy pueblo que no esté alcanzado por ella, en mayor o menor grado.

2. Es una

Esa crisis es una. Es decir, no se trata de un conjunto de crisis que se desarrollan paralela y autónomamente en cada país, ligadas entre sí por algunas analogías más o menos relevantes.

Cuando ocurre un incendio en un bosque, no es posible considerar el fenómeno como si fuesen mil incendios autónomos y paralelos, de mil árboles vecinos unos de otros. La unidad del fenómeno "combustión", ejerciéndose sobre la unidad viva que es el bosque, y la circunstancia de que la gran fuerza de expansión de las llamas resulta de un calor en el cual se funden y se multiplican las incontables llamas de los diversos árboles, todo, en fin, contribuye para que el incendio del bosque sea un hecho único, que engloba en una realidad total los mil incendios parciales, por más diferente que sea cada uno de éstos en sus accidentes.

La Cristiandad occidental constituyó un solo todo, que trascendía a los diversos países cristianos, sin absorberlos. En esa unidad viva se operó una crisis que acabó por alcanzarla por entero, por el calor sumado y, más aún, fundido, de las cada vez más numerosas crisis locales que desde hace siglos se vienen interpenetrando y entreayudando ininterrumpidamente. En consecuencia, hace mucho que la Cristiandad, en cuanto familia de Estados oficialmente católicos, cesó de existir. De ella restan como vestigios los pueblos occidentales y cristianos. Y todos se encuentran actualmente en agonía bajo la acción de este mismo mal.

3. Es total

Considerada en un determinado país, esa crisis se desarrolla en una zona de problemas tan profunda, que se prolonga o se desdobla, por el propio orden de las cosas, en todas las potencias del alma, en todos los campos de la cultura, en fin, en todos los dominios de la acción del hombre.

4. Es dominante

Encarados superficialmente, los acontecimientos de nuestros días parecen una maraña caótica e inextricable, y de hecho lo son desde muchos puntos de vista.

Sin embargo, es posible discernir resultantes, profundamente coherentes y vigorosas, de la conjunción de tantas fuerzas desvariadas, siempre que éstas sean consideradas desde el ángulo de la gran crisis de que tratamos.

En efecto, al impulso de esas fuerzas en delirio, las naciones occidentales van siendo gradualmente impelidas hacia un estado de cosas que se va delineando igual en todas ellas, y diametralmente opuesto a la civilización cristiana.

De donde se ve que esa crisis es como una reina a quien todas las fuerzas del caos sirven como instrumentos eficientes y dóciles.

5. Es procesiva

Esa crisis no es un hecho espectacular y aislado. Constituye, por el contrario, un proceso ya cinco veces secular, un vasto sistema de causas y efectos que, habiendo nacido, en determinado momento, con gran intensidad, en las zonas más profundas del alma y de la cultura del hombre occidental, viene produciendo, desde el siglo XV hasta nuestros días, sucesivas convulsiones.

A este proceso bien se pueden aplicar las palabras de Pío XII relativas a un sutil y misterioso "enemigo" de la Iglesia:

"El se encuentra en todo lugar y en medio de todos: sabe ser violento y astuto. En estos últimos siglos intentó realizar la disgregación intelectual, moral, social, de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Quiso la naturaleza sin la gracia, la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces, la autoridad sin la libertad. Es un “enemigo” que se volvió cada vez más concreto, con una ausencia de escrúpulos que aún sorprende: ¡Cristo sí, la Iglesia no! Después: ¡Dios sí, Cristo no! Finalmente el grito impío: Dios está muerto; y hasta Dios jamás existió. Y he ahí, ahora, la tentativa de edificar la estructura del mundo sobre bases que no dudamos en señalar como las principales responsables por la amenaza que pesa sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios" (Alocución a la Unión de Hombres de la A. C. Italiana, 12.X.1952 – “Discorsi e Radiomessaggi”, vol. XIV, p. 359).

Este proceso no debe ser visto como una secuencia puramente fortuita de causas y efectos, que se fueron sucediendo de modo inesperado. Ya en sus comienzos esta crisis poseía las energías necesarias para reducir a acto todas sus potencialidades, las cuales en nuestros días se conservan bastante vivas como para causar, por medio de supremas convulsiones, las destrucciones últimas que son su término lógico.

Influenciada y condicionada en sentidos diversos por factores extrínsecos de todo orden -culturales, sociales, económicos, étnicos, geográficos y otros- y siguiendo a veces caminos bien sinuosos, ella va, no obstante, progresando incesantemente hacia su trágico fin.

A. Decadencia de la Edad Media

Ya esbozamos en la Introducción los grandes trazos de este proceso. Es oportuno añadir aquí algunos pormenores. En el siglo XIV comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación de mentalidad que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada vez más de ellas. En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en el arte, el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de los sentidos va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y de molicie. Hay un paulatino perecimiento de la seriedad y de la austeridad de los antiguos tiempos. Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz y de las aspiraciones de santidad y de vida eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana, se vuelve amorosa y sentimental, la literatura de amor invade todos los países, los excesos del lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas las clases sociales.

Tal clima moral, al penetrar en las esferas intelectuales, produjo claras manifestaciones de orgullo, como el gusto por las disputas aparatosas y vacías, por las argucias inconsistentes, por las exhibiciones fatuas de erudición, y lisonjeó viejas tendencias filosóficas, de las cuales triunfara la Escolástica, y que ahora, ya relajado el antiguo celo por la integridad de la Fe, renacían con nuevos aspectos. El absolutismo de los legistas, que se engalanaban con un conocimiento vanidoso del Derecho Romano, encontró en Príncipes ambiciosos un eco favorable. Y pari-passu se fue extinguiendo en grandes y pequeños la fibra de otrora para contener al poder real en los legítimos límites vigentes en los días de San Luis de Francia y de San Fernando de Castilla.

B. Pseudo-Reforma y Renacimiento

Este nuevo estado de alma contenía un deseo poderoso, aunque más o menos inconfesado, de un orden de cosas fundamentalmente diverso del que había llegado a su apogeo en los siglos XII y XIII.

La admiración exagerada, y no pocas veces delirante, por el mundo antiguo, sirvió como medio de expresión a ese deseo. Procurando muchas veces no chocar de frente con la vieja tradición medieval, el Humanismo y el Renacimiento tendieron a relegar la Iglesia, lo sobrenatural, los valores morales de la Religión, a un segundo plano. El tipo humano, inspirado en los moralistas paganos, que aquellos movimientos introdujeron como ideal en Europa, así como la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y pragmático de nuestros días, de la cultura y de la civilización materialistas en que cada vez más nos vamos hundiendo. Los esfuerzos por un Renacimiento cristiano no lograron aplastar en su germen los factores de los cuales resultó el triunfo paulatino del neopaganismo.

En algunas partes de Europa, este neopaganismo se desarrolló sin llevarlas a la apostasía formal. Importantes resistencias se le opusieron. E incluso cuando se instalaba en las almas, no osaba pedirles -al principio, por lo menos- una ruptura formal con la Fe.

Pero en otros países embistió abiertamente contra la Iglesia. El orgullo y la sensualidad, en cuya satisfacción está el placer de la vida pagana, suscitaron el protestantismo.

El orgullo dio origen al espíritu de duda, al libre examen, a la interpretación naturalista de la Escritura. Produjo la insurrección contra la autoridad eclesiástica, expresada en todas las sectas por la negación del carácter monárquico de la Iglesia Universal, es decir, por la rebelión contra el Papado. Algunas, más radicales, negaron también lo que se podría llamar la alta aristocracia de la Iglesia, o sea, los Obispos, sus Príncipes. Otras negaron incluso el propio sacerdocio jerárquico, reduciéndolo a una mera delegación del pueblo, único que verdaderamente detenta el poder sacerdotal.

En el plano moral, el triunfo de la sensualidad en el protestantismo se afirmó por la supresión del celibato eclesiástico y por la introducción del divorcio.

C. Revolución Francesa

La acción profunda del Humanismo y del Renacimiento entre los católicos no cesó de dilatarse en una creciente cadena de consecuencias en toda Francia. Favorecida por el debilitamiento de la piedad de los fieles -ocasionado por el jansenismo y por los otros fermentos que el protestantismo del siglo XVI desgraciadamente había dejado en el Reino Cristianísimo- tal acción tuvo por efecto en el siglo XVIII una disolución casi general de las costumbres, un modo frívolo y brillante de considerar las cosas, un endiosamiento de la vida terrena, que preparó el campo para la victoria gradual de la irreligión. Dudas en relación a la Iglesia, negación de la divinidad de Cristo, deísmo, ateísmo incipiente fueron las etapas de esa apostasía.

Profundamente afín con el protestantismo, heredera de él y del neopaganismo renacentista, la Revolución Francesa realizó una obra del todo y en todo simétrica a la de la Pseudo-Reforma. La Iglesia Constitucional que ella, antes de naufragar en el deísmo y en el ateísmo, intentó fundar, era una adaptación de la Iglesia de Francia al espíritu del protestantismo. Y la obra política de la Revolución Francesa no fue sino la transposición, al ámbito del Estado, de la "reforma" que las sectas protestantes más radicales adoptaron en materia de organización eclesiástica:

  • rebelión contra el Rey, simétrica a la rebelión contra el Papa;
  • rebelión de la plebe contra los nobles, simétrica a la rebelión de la "plebe" eclesiástica, es decir, de los fieles, contra la "aristocracia" de la Iglesia, es decir, el Clero;
  • afirmación de la soberanía popular, simétrica al gobierno de ciertas sectas, en mayor o menor medida, por los fieles.
D. Comunismo

En el protestantismo nacieron algunas sectas que, transponiendo directamente sus tendencias religiosas al campo político, prepararon el advenimiento del espíritu republicano. San Francisco de Sales, en el siglo XVII, previno contra estas tendencias republicanas al Duque de Saboya (cfr. Sainte-Beuve, “Études des lundis - XVIIème siècle - Saint François de Sales”, Librairie Garnier, París, 1928, p. 364). Otras, yendo más lejos, adoptaron principios que, si no pueden ser llamados comunistas en todo el sentido actual del término, son por lo menos pre-comunistas.

De la Revolución Francesa nació el movimiento comunista de Babeuf. Y más tarde, del espíritu cada vez más vivaz de la Revolución, irrumpieron las escuelas del comunismo utópico del siglo XIX y el comunismo llamado científico de Marx.

¿Y qué hay de más lógico? El deísmo tiene como fruto normal el ateísmo. La sensualidad, sublevada contra los frágiles obstáculos del divorcio, tiende por sí misma al amor libre. El orgullo, enemigo de toda superioridad, habría de embestir contra la última desigualdad, es decir, la de fortunas. Y así, ebrio de sueños de República Universal, de supresión de toda autoridad eclesiástica o civil, de abolición de toda Iglesia y, después de una dictadura obrera de transición, también del propio Estado, ahí está el neo-bárbaro del siglo XX, producto más reciente y más extremado del proceso revolucionario.

E. Monarquía, república y Religión

A fin de evitar cualquier equívoco, conviene acentuar que esta exposición no contiene la afirmación de que la república es un régimen político necesariamente revolucionario. León XIII, al hablar de las diversas formas de gobierno, dejó en claro que "todas y cada una son buenas, siempre que tiendan rectamente a su fin, es decir, al bien común, razón de ser de la autoridad social" (Encíclica “Au Milieu des Sollicitudes”, l6.II.1892 – “Bonne Presse”, París, vol. III, p. 116).

Tachamos de revolucionaria, eso sí, la hostilidad profesada, por principio, contra la monarquía y la aristocracia, como si fueran formas esencialmente incompatibles con la dignidad humana y el orden normal de las cosas. Es el error condenado por San Pío X en la Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique”, del 25 de agosto de 1910. En ella el grande y santo Pontífice censura la tesis del "Sillon", de que "sólo la democracia inaugurará el reino de la perfecta justicia", y exclama: "¿No es esto una injuria a las otras formas de gobierno, que son rebajadas de ese modo a la categoría de gobiernos impotentes, aceptables a falta de otro mejor?" (A.A.S., vol. II, p. 618).

Ahora bien, sin este error, entrañado en el proceso de que hablamos, no se explica enteramente que la monarquía, calificada por el Papa Pío VI como, en tesis, la mejor forma de gobierno -"praestantioris monarchici regiminis forma" (Alocución al Consistorio, l7.VI.1793, “Les Enseignements Pontificaux - La Paix Intérieure des Nations - par les moines de Solesmes”, Desclée & Cie., p. 8), haya sido objeto, en los siglos XIX y XX, de un movimiento mundial de hostilidad que echó por tierra los tronos y las dinastías más venerables. La producción en serie de repúblicas para el mundo entero es, a nuestro modo de ver, un fruto típico de la Revolución, y un aspecto capital de ella.

No puede ser tachado de revolucionario quien para su Patria, por razones concretas y locales, salvaguardados siempre los derechos de la autoridad legítima, prefiere la democracia a la aristocracia o a la monarquía. Pero sí quien, llevado por el espíritu igualitario de la Revolución, odia por principio, y califica de injusta o inhumana en esencia la aristocracia o la monarquía.

De ese odio antimonárquico y antiaristocrático nacen las democracias demagógicas, que combaten la tradición, persiguen las élites, degradan el tonus general de la vida, y crean un ambiente de vulgaridad que constituye la nota dominante de la cultura y de la civilización... si es que los conceptos de civilización y de cultura se pueden realizar en tales condiciones.

Diverge de esta democracia revolucionaria la democracia descripta por Pío XII: "Según el testimonio de la Historia, donde reina una verdadera democracia la vida del pueblo está impregnada de sanas tradiciones, que es ilícito abatir. Representantes de esas tradiciones son, ante todo, las clases dirigentes, o sea, los grupos de hombres y mujeres o las asociaciones que, como se acostumbra a decir, dan el tono en la aldea y en la ciudad, en la región y en el país entero.

"De ahí la existencia y el influjo, en todos los pueblos civilizados, de instituciones eminentemente aristocráticas, en el sentido más elevado de la palabra, como son algunas academias de amplia y bien merecida fama. Pertenece también a este número la nobleza" (Alocución al Patriciado y a la Nobleza Romana, 16.I.1946 – “Discorsi e Radiomessaggi”, vol. VII, p. 340).

Como se ve, el espíritu de la democracia revolucionaria es bien diverso de aquel que debe animar una democracia conforme a la doctrina de la Iglesia.

F. Revolución, Contra-Revolución y dictadura

Las presentes consideraciones sobre la posición de la Revolución y del pensamiento católico ante las formas de gobierno suscitarán en varios lectores una interrogación: ¿es la dictadura un factor de Revolución, o de Contra-Revolución?

Para responder con claridad a una pregunta a la cual han sido dadas tantas soluciones confusas y hasta tendenciosas, es necesario establecer una distinción entre ciertos elementos que se enmarañan desordenadamente en la idea de dictadura, tal como la opinión pública la conceptúa. Confundiendo la dictadura en tesis, con lo que ella ha sido in concreto en nuestro siglo, el público entiende por dictadura un estado de cosas en el cual un jefe dotado de poderes irrestrictos gobierna un país. Para el bien de éste, dicen unos. Para el mal, dicen otros. Mas en uno y otro caso, tal estado de cosas es siempre una dictadura.

Ahora bien, este concepto envuelve dos elementos diferentes:

  • omnipotencia del Estado;
  • concentración del poder estatal en una sola persona.

En el espíritu público, parece que el segundo elemento llama más la atención. Sin embargo, el elemento básico es el primero, por lo menos si entendemos por dictadura un estado de cosas en que, suspendido todo orden jurídico, el poder público dispone a su antojo de todos los derechos. Que una dictadura pueda ser ejercida por un Rey (la dictadura real, es decir, la suspensión de todo orden jurídico y el ejercicio irrestricto del poder público por el Rey, no se confunde con el Ancien Régime, en el cual estas garantías existían en considerable medida, y mucho menos con la monarquía orgánica medieval) o un jefe popular, una aristocracia hereditaria o un clan de banqueros, o hasta por la masa, es enteramente evidente.

En sí, una dictadura ejercida por un jefe o un grupo de personas no es revolucionaria ni contra-revolucionaria. Será una u otra cosa en función de las circunstancias en que se originó, y de la obra que realice. Y esto, tanto esté en manos de un hombre como de un grupo.

Hay circunstancias que exigen, para la salus populi, una suspensión provisoria de los derechos individuales, y el ejercicio más amplio del poder público. La dictadura puede, por tanto, ser legítima en ciertos casos.

Una dictadura contra-revolucionaria y, pues, enteramente guiada por el deseo de Orden, debe presentar tres requisitos esenciales:

w Debe suspender los derechos, no para subvertir el Orden, sino para protegerlo. Y por Orden no entendemos solamente la tranquilidad material, sino la disposición de las cosas según su fin, y de acuerdo con la respectiva escala de valores. Hay, pues, una suspensión de derechos más aparente que real, el sacrificio de las garantías jurídicas de que abusaban los malos elementos en detrimento del propio orden y del bien común, sacrificio éste todo orientado a la protección de los verdaderos derechos de los buenos.

w Por definición, esta suspensión debe ser provisoria, y debe preparar las circunstancias para que lo antes posible se vuelva al orden y a la normalidad. La dictadura, en la medida en que es buena, va haciendo cesar su propia razón de ser. La intervención del Poder público en los distintos sectores de la vida nacional debe hacerse de manera que, lo más pronto posible, cada sector pueda vivir con la necesaria autonomía. Así, cada familia debe poder hacer todo aquello que por su naturaleza es capaz, siendo apoyada sólo subsidiariamente por grupos sociales superiores en aquello que sobrepase su ámbito. Esos grupos, a su vez, sólo deben recibir el apoyo del municipio en lo que excede su normal capacidad, y así sucesivamente en las relaciones entre el municipio y la región, o entre ésta y el país.

w El fin primordial de la dictadura legítima debe ser, hoy en día, la Contra-Revolución. Lo que, por lo demás, no implica afirmar que la dictadura sea normalmente un medio necesario para la derrota de la Revolución. Pero puede serlo en ciertas circunstancias.

Por el contrario, la dictadura revolucionaria tiende a eternizarse, viola los derechos auténticos y penetra en todas las esferas de la sociedad para aniquilarlas, desarticulando la vida de familia, perjudicando a las élites genuinas, subvirtiendo la jerarquía social, alimentando de utopías y de aspiraciones desordenadas a la multitud, extinguiendo la vida real de los grupos sociales, y sujetando todo al Estado: en una palabra, favoreciendo la obra de la Revolución. Ejemplo típico de tal dictadura fue el hitlerismo.

Por esto, la dictadura revolucionaria es fundamentalmente anticatólica. En efecto, en un ambiente verdaderamente católico no puede haber clima para tal situación. Lo cual no quiere decir que la dictadura revolucionaria, en éste o en aquel país, no haya procurado favorecer a la Iglesia. Pero se trata de una actitud meramente política, que se transforma en persecución franca o velada, tan pronto como la autoridad eclesiástica comience a detener el paso a la Revolución.

Capítulo IV

Las metamorfosis

del proceso revolucionario

Como se desprende del análisis hecho en el capítulo anterior, el proceso revolucionario es el desarrollo, por etapas, de ciertas tendencias desordenadas del hombre occidental y cristiano, y de los errores nacidos de ellas.

En cada etapa, esas tendencias y errores tienen un aspecto propio. La Revolución va, pues, metamorfoseándose a lo largo de la Historia.

Esas metamorfosis que se observan en las líneas generales de la Revolución se repiten, en menor escala, en el interior de cada gran episodio de la misma.

Así, el espíritu de la Revolución Francesa, en su primera fase, usó máscara y lenguaje aristocráticos y hasta eclesiásticos. Frecuentó la Corte y se sentó a la mesa del Consejo del Rey.

Después, se volvió burgués y trabajó por la extinción incruenta de la monarquía y de la nobleza, y por una velada y pacífica supresión de la Iglesia Católica.

En cuanto pudo, se hizo jacobino y se embriagó de sangre en el Terror.

Pero los excesos practicados por la facción jacobina despertaron reacciones. Volvió atrás, recorriendo las mismas etapas. De jacobino se transformó en burgués en el Directorio, con Napoleón extendió la mano a la Iglesia y abrió las puertas a la nobleza exilada, y, por fin, aplaudió el retorno de los Borbones. Terminada la Revolución Francesa, no concluye con ello el proceso revolucionario. He aquí que vuelve a explotar con la caída de Carlos X y la ascensión de Luis Felipe, y así, por sucesivas metamorfosis, aprovechando sus éxitos e inclusive sus fracasos, llegó hasta el paroxismo de nuestros días.

La Revolución usa, pues, sus metamorfosis no sólo para avanzar, sino también para practicar los retrocesos tácticos que tan frecuentemente le han sido necesarios.

A veces, movimiento siempre vivo, ella ha simulado estar muerta. Y ésta es una de sus metamorfosis más interesantes. En apariencia, la situación de un determinado país se presenta completamente tranquila. La reacción contra-revolucionaria se distiende y adormece. Pero, en las profundidades de la vida religiosa, cultural, social o económica, la fermentación revolucionaria va siempre ganando terreno. Y, al cabo de ese aparente intersticio, explota una convulsión inesperada, frecuentemente mayor que las anteriores.

Capítulo V

Las tres profundidades de la Revolución:

en las tendencias, en las ideas, en los hechos

1. La Revolución en las tendencias

Como vimos, esta Revolución es un proceso compuesto de etapas, y tiene su origen último en determinadas tendencias desordenadas que le sirven de alma y de fuerza propulsora más íntima (cfr. Parte I, cap. III, 5).

Así, podemos también distinguir en la Revolución tres profundidades, que cronológicamente hasta cierto punto se interpenetran.

La primera, es decir, la más profunda, consiste en una crisis en las tendencias. Esas tendencias desordenadas por su propia naturaleza luchan por realizarse, no conformándose ya con todo un orden de cosas que les es contrario; comienzan por modificar las mentalidades, los modos de ser, las expresiones artísticas y las costumbres, sin tocar al principio, de modo directo -habitualmente, por lo menos- en las ideas.

2. La Revolución en las ideas

De esas camadas profundas, la crisis pasa al terreno ideológico. En efecto -como Paul Bourget puso en evidencia en su célebre obra “Le Démon du Midi”- "es necesario vivir como se piensa, so pena de, tarde o temprano, acabar por pensar como se ha vivido" (op.cit., Librairie Plon, París, 1914, vol. II, p. 375). Así, inspiradas por el desarreglo de las tendencias profundas, irrumpen nuevas doctrinas. Ellas procuran a veces, al principio, un modus vivendi con las antiguas, y se expresan de tal manera que mantienen con éstas un simulacro de armonía, el cual habitualmente no tarda en romperse en lucha declarada.

3. La Revolución en los hechos

Esa transformación de las ideas se extiende, a su vez, al terreno de los hechos, donde pasa a operar, por medios cruentos o incruentos, la transformación de las instituciones, de las leyes y de las costumbres, tanto en la esfera religiosa cuanto en la sociedad temporal. Es una tercera crisis, ya enteramente en el orden de los hechos.

4. Observaciones diversas

A. Las profundidades de la Revolución

no se identifican con etapas cronológicas

Esas profundidades son, de algún modo, escalonadas. Pero un análisis atento pone en evidencia que las operaciones que la Revolución realiza en ellas de tal modo se interpenetran en el tiempo, que esas diversas profundidades no pueden ser vistas como otras tantas unidades cronológicas distintas.

B. Nitidez de las tres profundidades de la Revolución

Esas tres profundidades no siempre se diferencian nítidamente unas de las otras. El grado de nitidez varía mucho de un caso concreto a otro.

C. El proceso revolucionario no es incoercible

El caminar de un pueblo a través de esas varias profundidades no es incoercible, de tal manera que, dado el primer paso, llegue necesariamente hasta el último y resbale hacia la profundidad siguiente. Por el contrario, el libre arbitrio humano, coadyuvado por la gracia, puede vencer cualquier crisis, como puede detener y vencer la propia Revolución.

Describiendo esos aspectos, hacemos como un médico que describe la evolución completa de una enfermedad hasta la muerte, sin pretender con ello que la enfermedad sea incurable.

Capítulo VI

La marcha de la Revolución

Las consideraciones anteriores ya nos proporcionaron algunos datos sobre la marcha de la Revolución, es decir, su carácter procesivo, las metamorfosis por las cuales pasa, su irrupción en lo más recóndito del hombre y su exteriorización en actos. Como se ve, hay toda una dinámica propia de la Revolución. De esto podemos tener una mejor idea estudiando aún otros aspectos de la marcha de la Revolución.

l. La fuerza propulsora de la Revolución

A. La Revolución y las tendencias desordenadas

La más poderosa fuerza propulsora de la Revolución está en las tendencias desordenadas.

Y por esto la Revolución ha sido comparada a un tifón, a un terremoto, a un ciclón. Es que las fuerzas naturales desencadenadas son imágenes materiales de las pasiones desenfrenadas del hombre.

B. Los paroxismos de la Revolución están enteros en los gérmenes de ésta

Como los cataclismos, las malas pasiones tienen una fuerza inmensa, pero para destruir.

Esa fuerza ya tiene potencialmente, en el primer instante de sus grandes explosiones, toda la virulencia que se patentizará más tarde en sus peores excesos. En las primeras negaciones del protestantismo, por ejemplo, ya estaban implícitos los anhelos anarquistas del comunismo. Si desde el punto de vista de la formulación explícita, Lutero no era sino Lutero, todas las tendencias, todo el estado de alma, todos los imponderables de la explosión luterana ya traían consigo, de modo auténtico y pleno, aunque implícito, el espíritu de Voltaire y de Robespierre, de Marx y de Lenín (cfr. León XIII, Encíclica “Quod Apostolici Muneris”, 28.XII.1878 - "Bonne Presse", París, vol I., p. 28).

C. La Revolución exaspera sus propias causas

Esas tendencias desordenadas se desarrollan como los pruritos y los vicios, es decir, a medida que se satisfacen, crecen en intensidad. Las tendencias producen crisis morales, doctrinas erróneas y después revoluciones. Unas y otras, a su vez, exacerban las tendencias. Estas últimas llevan enseguida, por un movimiento análogo, a nuevas crisis, nuevos errores, nuevas revoluciones. Es lo que explica que nos encontremos hoy en tal paroxismo de impiedad y de inmoralidad, así como en tal abismo de desórdenes y discordias.

2. Los aparentes intersticios de la Revolución

Considerando la existencia de períodos de una calma acentuada, se diría que en ellos la Revolución cesó. Y así parece que el proceso revolucionario es discontinuo y que, por tanto, no es uno.

Ahora bien, esas calmas son meras metamorfosis de la Revolución. Los períodos de tranquilidad aparente, supuestos intersticios, han sido en general de fermentación revolucionaria sorda y profunda. Véase si no el período de la Restauración (1815-1830) - (cfr. Parte I, cap. IV).

3. La marcha de requinte(1) en requinte

Por lo que vimos (cfr. N° 1, C, supra) se explica que cada etapa de la Revolución, comparada con la anterior, no sea sino un requinte. El humanismo naturalista y el protestantismo se requintaron en la Revolución Francesa, la cual, a su vez, se requintó en el gran proceso revolucionario de la bolchevización del mundo de hoy.

Es que las pasiones desordenadas, yendo en un crescendo análogo al que produce la aceleración en la ley de la gravedad, y alimentándose de sus propias obras, acarrean consecuencias que, a su vez, se desarrollan según una intensidad proporcional. Y en la misma progresión los errores generan errores, y las revoluciones abren camino unas a las otras.

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(N. del E. 1): La palabra portuguesa requintar significa llevar algo a su más alto grado, a su extremo, a su exceso. No encontrando un equivalente suficientemente preciso en el castellano contemporáneo, preferimos conservar la expresión original.

4. Las velocidades armónicas de la Revolución

Ese proceso revolucionario se da en dos velocidades diversas. Una, rápida, está destinada generalmente al fracaso en el plano inmediato. La otra ha sido habitualmente coronada por el éxito, y es mucho más lenta.

A. La alta velocidad

Los movimientos pre-comunistas de los anabaptistas, por ejemplo, sacaron inmediatamente, en varios campos, todas o casi todas las consecuencias del espíritu y de las tendencias de la Pseudo-Reforma: fracasaron.

B. La marcha lenta

Lentamente, a lo largo de más de cuatro siglos, las corrientes más moderadas del protestantismo, caminando de requinte en requinte, por etapas de dinamismo y de inercia sucesivas, van, sin embargo, favoreciendo paulatinamente, de uno u otro modo, la marcha de Occidente hacia el mismo punto extremo (cfr. Parte II, cap. VIII, 2).

C. Cómo se armonizan estas velocidades

Es necesario estudiar el papel de cada una de esas velocidades en la marcha de la Revolución. Se diría que los movimientos más veloces son inútiles. Sin embargo, no es verdad. La explosión de esos extremismos levanta un estandarte, crea un punto de mira fijo que, por su propio radicalismo, fascina a los moderados, y hacia el cual éstos se van encaminando lentamente. Así, el socialismo repudia al comunismo pero lo admira en silencio y tiende hacia él. Más remotamente, lo mismo se podría decir del comunista Babeuf y sus secuaces en los últimos destellos de la Revolución Francesa. Fueron aplastados. Pero lentamente la sociedad va siguiendo el camino hacia donde ellos la quisieron llevar. El fracaso de los extremistas es, pues, sólo aparente. Ellos colaboran indirecta, pero poderosamente, con la Revolución, atrayendo en forma paulatina a la multitud incontable de los "prudentes", de los "moderados" y de los mediocres, para la realización de sus culpables y exacerbados devaneos.

5. Deshaciendo objeciones

Vistas estas nociones, se presenta la ocasión para deshacer algunas objeciones que, antes de esto, no podrían ser adecuadamente analizadas.

A. Revolucionarios de pequeña velocidad y "semi-contra-revolucionarios"

Lo que distingue al revolucionario que siguió el ritmo de la marcha rápida, de quien paulatinamente se va volviendo tal según el ritmo de la marcha lenta, está en que, cuando el proceso revolucionario se inició en el primero, encontró resistencias nulas, o casi nulas. La virtud y la verdad vivían en esa alma una vida de superficie. Eran como madera seca, que cualquier chispa puede incendiar. Por el contrario, cuando ese proceso se opera lentamente, es porque la chispa de la Revolución encontró, al menos en parte, leña verde. En otros términos, encontró mucha verdad o mucha virtud que se mantienen contrarias a la acción del espíritu revolucionario. Un alma en tal situación queda bipartida, y vive de dos principios opuestos, el de la Revolución y el del Orden.

De la coexistencia de esos dos principios pueden surgir situaciones bien diversas:

w a. El revolucionario de pequeña velocidad: se deja arrastrar por la Revolución, a la cual opone apenas la resistencia de la inercia.

w b. El revolucionario de velocidad lenta, pero con "coágulos" contra-revolucionarios. También éste se deja arrastrar por la Revolución. Pero en algún punto concreto la rechaza. Así, por ejemplo, será socialista en todo, pero conservará el gusto por los modales aristocráticos. Según el caso, llegará incluso a atacar la vulgaridad socialista. Sin duda, se trata de una resistencia. Pero resistencia en un pormenor, que no se remonta a los principios, toda ella constituida por hábitos e impresiones. Resistencia por eso mismo sin mayor alcance, que morirá con el individuo, y que, si se diera en un grupo social, tarde o temprano, por la violencia o por la persuasión, en una o en algunas generaciones, será desmantelada por la Revolución en su curso inexorable.

w c. El "semi-contra-revolucionario" (cfr. Parte I, cap. IX): se diferencia del anterior sólo por el hecho de que en él el proceso de "coagulación" fue más enérgico y remontó hasta la zona de los principios básicos. De algunos principios, se entiende, y no de todos. En él, la reacción contra la Revolución es más pertinaz, más viva. Constituye un obstáculo que no es sólo de inercia. Su conversión a una posición enteramente contra-revolucionaria es más fácil, por lo menos en tesis. Cualquier exceso de la Revolución puede determinar en él una transformación cabal, una cristalización de todas las tendencias buenas, en una actitud de firmeza inquebrantable. Mientras esta feliz transformación no se dé, el "semi-contra-revolucionario" no puede ser considerado un soldado de la Contra-Revolución.

Es característica del conformismo del revolucionario de marcha lenta, y del "semi-contra-revolucionario", la facilidad con que ambos aceptan las conquistas de la Revolución. Afirmando la tesis de la unión de la Iglesia y el Estado, por ejemplo, viven displicentemente en el régimen de la hipótesis, es decir, de la separación, sin intentar ningún esfuerzo serio para que se haga posible restaurar algún día, en condiciones convenientes, la unión.

B. Monarquías protestantes -Repúblicas católicas

Una objeción que se podría hacer a nuestra tesis consistiría en decir que, si el movimiento republicano universal es fruto del espíritu protestante, no se comprende cómo, actualmente, sólo haya en el mundo un Rey católico, y tantos países protestantes se conserven monárquicos.

La explicación es simple. Inglaterra, Holanda y las naciones nórdicas, por toda una serie de razones históricas, psicológicas, etc., son muy afines a la monarquía. Al penetrar en ellas, la Revolución no consiguió evitar que el sentimiento monárquico "coagulase". Así, la realeza viene sobreviviendo obstinadamente en esos países, a pesar de que en ellos la Revolución va penetrando cada vez más a fondo en otros campos. "Sobreviviendo"... sí, en la medida en que morir poco a poco puede ser llamado sobrevivir. Pues la monarquía inglesa, reducida en grandísima medida a un papel de pompa, y las demás realezas protestantes, transformadas para casi todos los efectos en repúblicas cuyo jefe es vitalicio y hereditario, van agonizando suavemente, y, de continuar así las cosas, se extinguirán sin ruido.

Sin negar que otras causas contribuyen a esta sobrevida, queremos, sin embargo, poner en evidencia ese factor -muy importante, por lo demás- que se sitúa en el ámbito de nuestra exposición.

Por el contrario, en las naciones latinas, el amor a una disciplina externa y visible, a un poder público fuerte y prestigioso, es -por muchas razones- bastante menor.

La Revolución no encontró en ellas, pues, un sentimiento monárquico tan arraigado. Derribó los tronos fácilmente. Pero hasta ahora no fue suficientemente fuerte para arrastrar a la Religión.

C. La austeridad protestante

Otra objeción a nuestro trabajo podría venir del hecho de que ciertas sectas protestantes son de una austeridad que raya en lo exagerado. ¿Cómo, pues, explicar todo el protestantismo por una explosión del deseo de gozar la vida?

Aún aquí, la objeción no es difícil de resolver. A1 penetrar en ciertos ambientes, la Revolución encontró muy vivaz el amor a la austeridad. Así, se formó un "coágulo". Y, si bien que ella haya conseguido ahí en materia de orgullo todos los triunfos, no alcanzó éxitos iguales en materia de sensualidad. En tales ambientes, se goza la vida por medio de los discretos deleites del orgullo, y no por las groseras delicias de la carne. Hasta puede ser que la austeridad, estimulada por el orgullo exacerbado, haya reaccionado exageradamente contra la sensualidad. Pero esa reacción, por más obstinada que sea, es estéril: tarde o temprano, por inanición o por la violencia, será destrozada por la Revolución. Pues no es de un puritanismo rígido, frío, momificado, de donde puede partir el soplo de vida que regenerará la tierra.

D. El frente único de la Revolución

Tales "coagulaciones" y cristalizaciones conducen normalmente al entrechoque de las fuerzas de la Revolución. Al considerar esto, se diría que las potencias del mal están divididas contra sí mismas, y que es falsa nuestra concepción unitaria del proceso revolucionario.

Ilusión. Esas fuerzas, por un instinto profundo, que muestra que son armónicas en sus elementos esenciales y contradictorias sólo en sus accidentes, tienen una sorprendente capacidad de unirse contra la Iglesia Católica, siempre que se encuentren frente a Ella.

Estériles en los elementos buenos que les resten, las fuerzas revolucionarias sólo son realmente eficientes para el mal. Y así, cada cual ataca por su lado a la Iglesia, que queda como una ciudad sitiada por un inmenso ejército.

Entre esas fuerzas de la Revolución, no se debe omitir a los católicos que profesan la doctrina de la Iglesia pero están dominados por el espíritu revolucionario. Mil veces más peligrosos que los enemigos declarados, combaten a la Ciudad Santa dentro de sus propios muros, y bien merecen lo que de ellos dijo Pío IX: "Aún cuando los hijos del siglo sean más hábiles que los hijos de la luz, sus ardides y sus violencias tendrían, sin duda, menos éxito si un gran número, entre aquellos que se llaman católicos, no les tendiesen una mano amiga. Sí, infelizmente, hay quienes parecen querer caminar de acuerdo con nuestros enemigos, y se esfuerzan por establecer una alianza entre la luz y las tinieblas, un acuerdo entre la justicia y la iniquidad por medio de esas doctrinas que se llaman católico-liberales, las cuales, apoyándose sobre los más perniciosos principios, adulan al poder civil cuando éste invade las cosas espirituales, e impulsan a las almas al respeto, o al menos a la tolerancia, de las leyes más inicuas. Como si absolutamente no estuviese escrito que nadie puede servir a dos señores. Ellos son ciertamente mucho más peligrosos y más funestos que los enemigos declarados, no sólo porque los secundan en sus esfuerzos, tal vez sin percibirlo, como también porque, manteniéndose en el extremo límite de las opiniones condenadas, toman una apariencia de integridad y de doctrina irreprochable, incitando a los imprudentes amigos de conciliaciones y engañando a las personas honestas, que se rebelarían contra un error declarado. Por eso, ellos dividen los espíritus, rasgan la unidad y debilitan las fuerzas que sería necesario reunir contra el enemigo" (Carta al Presidente y miembros del Círculo San Ambrosio de Milán, 6.III.1873, apud “I Papi e la Gioventù” - Editora A.V.E., Roma, 1944, p. 36).

6. Los agentes de la Revolución:

la Masonería y las demás fuerzas secretas

Una vez que estamos estudiando las fuerzas propulsoras de la Revolución, conviene que digamos una palabra sobre sus agentes.

No creemos que el mero dinamismo de las pasiones y de los errores de los hombres pueda conjugar medios tan diversos para la consecución de su único fin, es decir, la victoria de la Revolución.

Producir un proceso tan coherente, tan continuo, como el de la Revolución, a través de las mil vicisitudes de siglos enteros, llenos de imprevistos de todo orden, nos parece imposible sin la acción de generaciones sucesivas de conspiradores de una inteligencia y un poder extraordinarios. Pensar que sin esto la Revolución habría llegado al estado en que se encuentra, es lo mismo que admitir que centenas de letras lanzadas por una ventana pudieran disponerse espontáneamente en el suelo, de manera que formasen una obra cualquiera, por ejemplo la Oda a Satanás, de Carducci.

Las fuerzas propulsoras de la Revolución han sido manipuladas hasta aquí por agentes sagacísimos, que se han servido de ellas como medios para realizar el proceso revolucionario.

De modo general, pueden calificarse de agentes de la Revolución todas las sectas, de cualquier naturaleza, engendradas por ella, desde su nacimiento hasta nuestros días, para la difusión del pensamiento o la articulación de las tramas revolucionarias. Sin embargo, la secta-maestra, alrededor de la cual todas se articulan como simples fuerzas auxiliares -a veces conscientemente, y otras veces no- es la Masonería, según claramente se desprende de los documentos pontificios, y especialmente de la Encíclica “Humanum Genus” de León XIII, del 20 de abril de 1884 ("Bonne Presse", París, vol. 1, pp. 242-276).

El éxito que hasta aquí han alcanzado esos conspiradores, y particularmente la Masonería, se debe no sólo al hecho de que poseen una indiscutible capacidad para articularse y conspirar, sino también a su lúcido conocimiento de lo que es la esencia profunda de la Revolución, y de cómo utilizar las leyes naturales -hablamos de las de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la economía, etc.- para hacer progresar la realización de sus planes.

En este sentido los agentes del caos y de la subversión hacen como el científico, que en vez de actuar por sí solo, estudia y pone en acción las fuerzas, mil veces más poderosas, de la naturaleza.

Es lo que, además de explicar en gran parte el éxito de la Revolución, constituye una importante indicación para los soldados de la Contra-Revolución.

Capítulo VII

La esencia de la Revolución

Descripta así rápidamente la crisis del Occidente cristiano, es oportuno analizarla.

1. La Revolución por excelencia

Ese proceso crítico de que nos venimos ocupando es, ya lo dijimos, una revolución.

A. Sentido de la palabra "Revolución"

Damos a este vocablo el sentido de un movimiento que persigue destruir un poder o un orden legítimo e instalar en su lugar un estado de cosas (intencionalmente no queremos decir orden de cosas) o un poder ilegítimo.

B. Revolución cruenta e incruenta

En este sentido, en rigor, una revolución puede ser incruenta. Esta de que nos ocupamos se desarrolló y continúa desarrollándose por toda suerte de medios, algunos de los cuales cruentos, y otros no. Las dos guerras mundiales de este siglo, por ejemplo, consideradas en sus consecuencias más profundas, son capítulos de ella, y de los más sangrientos. Mientras que la legislación cada vez más socialista de todos o casi todos los pueblos de hoy constituye un progreso importantísimo e incruento de la Revolución.

C. La amplitud de esta Revolución

La Revolución ha derribado muchas veces autoridades legítimas, substituyéndolas por otras sin ningún título de legitimidad. Pero sería errado pensar que ella consiste sólo en esto. Su objetivo principal no es sólo la destrucción de estos o de aquellos derechos de personas o familias. Ella quiere destruir todo un orden de cosas legítimo, y substituirlo por una situación ilegítima. Y "orden de cosas" aún no lo dice todo. Lo que la Revolución pretende abolir es una visión del universo y un modo de ser del hombre, con la intención de substituirlos por otros radicalmente contrarios.

D. La Revolución por excelencia

En este sentido se comprende que esta Revolución no es sólo una revolución, sino que es la Revolución.

E. La destrucción del orden por excelencia

En efecto, el orden de cosas que viene siendo destruido es la Cristiandad medieval. Ahora bien, esa Cristiandad no fue un orden cualquiera, posible como serían posibles muchos otros órdenes. Fue la realización, en las circunstancias inherentes a los tiempos y lugares, del único orden verdadero entre los hombres, o sea, la civilización cristiana.

En la Encíclica “Immortale Dei”, León XIII describió en estos términos la Cristiandad medieval: "Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En esa época la influencia de la sabiduría cristiana y su virtud divina penetraban las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, todas las categorías y todas las relaciones de la sociedad civil. Entonces la religión instituida por Jesucristo, sólidamente establecida en el grado de dignidad que le es debido, era floreciente en todas partes gracias al favor de los príncipes y a la protección legítima de los magistrados. Entonces el Sacerdocio y el Imperio estaban ligados entre sí por una feliz concordia y por la permuta amistosa de buenos oficios. Organizada así, la sociedad civil dio frutos superiores a toda expectativa, cuya memoria subsiste y subsistirá, consignada como está en innumerables documentos que ningún artificio de los adversarios podrá corromper u obscurecer" (Encíclica “Immortale Dei”, l.XI.1885 - "Bonne Presse", París, vol. II, p. 39).

Así, lo que ha sido destruido, desde el siglo XV hasta ahora, aquello cuya destrucción ya está casi enteramente consumada en nuestros días, es la disposición de los hombres y de las cosas según la doctrina de la Iglesia, Maestra de la Revelación y de la Ley Natural. Esta disposición es el orden por excelencia. Lo que se quiere implantar es, per diametrum, lo contrario de esto. Por tanto, la Revolución por excelencia.

Sin duda, la presente Revolución tuvo precursores, y también prefiguras. Arrio, Mahoma, fueron, por ejemplo, prefiguras de Lutero. Hubo también utopistas en diferentes épocas, que concibieron, en sueños, días muy parecidos a los de la Revolución. Hubo por fin, en diversas ocasiones, pueblos o grupos humanos que intentaron realizar un estado de cosas análogo a las quimeras de la Revolución.

Pero todos estos sueños, todas estas prefiguras poco o nada son en comparación con la Revolución en cuyo proceso vivimos. Esta, por su radicalidad, por su universalidad, por su pujanza, fue tan hondo y está llegando tan lejos que constituye algo sin par en la Historia, y hace que muchos espíritus ponderados se pregunten si realmente no llegamos a los tiempos del Anticristo. De hecho, parece que no estamos distantes, a juzgar por las palabras del Santo Padre Juan XXIII, gloriosamente reinante: "Nos os decimos, además, que en esta hora terrible en que el espíritu del mal busca todos los medios para destruir el Reino de Dios, debéis poner en acción todas las energías para defenderlo, si queréis evitar a vuestra ciudad ruinas inmensamente mayores que las acumuladas por el terremoto de cincuenta años atrás. ¡Cuánto más difícil sería entonces el resurgimiento de las almas, una vez que hubiesen sido separadas de la Iglesia o sometidas como esclavas a las falsas ideologías de nuestro tiempo!" (Radiomensaje del 28.XII.1958, a la población de Messina, en el 50° aniversario del terremoto que destruyó esa ciudad -in "L'Osservatore Romano", edición semanal en lengua francesa del 23.I.1959).

2. Revolución y legitimidad

A. La legitimidad por excelencia

En general, la noción de legitimidad ha sido enfocada apenas en relación a dinastías y gobiernos. Atendidas las enseñanzas de León XIII en la Encíclica “Au Milieu des Sollicitudes”, del 16 de febrero de 1892 ("Bonne Presse", París, vol. III, pp.112-122), no se puede, sin embargo, hacer tabla rasa de la cuestión de la legitimidad dinástica o gubernamental, pues es cuestión moral gravísima que las conciencias rectas deben considerar con toda atención.

No obstante, no es sólo a este género de problemas que se aplica el concepto de legitimidad.

Hay una legitimidad más alta, aquella que es la característica de todo orden de cosas en que se haga efectiva la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, modelo y fuente de la legitimidad de todas las realezas y poderes terrenos. Luchar por la autoridad legítima es un deber, y hasta un deber grave. Pero es preciso ver en la legitimidad de quienes detentan la autoridad no sólo un bien excelente en sí, sino un medio para alcanzar un bien aún mucho mayor, o sea, la legitimidad de todo el orden social, de todas las instituciones y ambientes humanos, lo que se da con la disposición de todas las cosas según la doctrina de la Iglesia.

B. Cultura y civilización católicas

El ideal de la Contra-Revolución es, pues, restaurar y promover la cultura y la civilización católicas. Esta temática no estaría suficientemente enunciada, si no contuviese una definición de lo que entendemos por "cultura católica" y "civilización católica". Sabemos que los términos "civilización" y "cultura" son usados en muchos sentidos diversos. Claro está que aquí no pretendemos tomar posición en una cuestión de terminología. Y que nos limitamos a usar esos vocablos como rótulos de precisión relativa para mencionar ciertas realidades, más preocupados en dar la verdadera idea de esas realidades, que en discutir sobre los términos.

Un alma en estado de gracia está en posesión, en grado mayor o menor, de todas las virtudes. Iluminada por la fe, dispone de los elementos para formar la única visión verdadera del universo.

El elemento fundamental de la cultura católica es la visión del universo elaborada según la doctrina de la Iglesia. Esa cultura comprende no sólo la instrucción, es decir, la posesión de los datos informativos necesarios para tal elaboración, sino también un análisis y una coordinación de esos datos conforme a la doctrina católica. Ella no se ciñe al campo teológico, o filosófico, o científico, sino que abarca todo el saber humano, se refleja en el arte e implica la afirmación de valores que impregnan todos los aspectos de la existencia.

Civilización católica es la estructuración de todas las relaciones humanas, de todas las instituciones humanas y del propio Estado, según la doctrina de la Iglesia.

C. Carácter sacral de la civilización católica

Está implícito que tal orden de cosas es fundamentalmente sacral, y que comporta el reconocimiento de todos los poderes de la Santa Iglesia y particularmente del Sumo Pontífice: poder directo sobre las cosas espirituales, poder indirecto sobre las cosas temporales, en cuanto se refieren a la salvación de las almas.

Realmente, el fin de la sociedad y del Estado es la vida virtuosa en común. Ahora bien, las virtudes que el hombre está llamado a practicar son las virtudes cristianas, y de éstas la primera es el amor a Dios. La sociedad y el Estado tienen, pues, un fin sacral (cfr. Santo Tomás, “De Regimine Principum”, I, 14 y 15).

Por cierto, es a la Iglesia a quien pertenecen los medios propios para promover la salvación de las almas. Pero la sociedad y el Estado tienen medios instrumentales para el mismo fin, es decir, medios que, movidos por un agente más alto, producen un efecto superior a sí mismos.

D. Cultura y civilización por excelencia

De todos estos datos es fácil inferir que la cultura y la civilización católicas son la cultura por excelencia y la civilización por excelencia. Es preciso añadir que ellas no pueden existir sino en pueblos católicos. Realmente, si bien el hombre puede conocer los principios de la Ley Natural por su propia razón, un pueblo no puede, sin el Magisterio de la Iglesia, mantenerse durablemente en el conocimiento de todos ellos (cfr. Concilio Vaticano I, sec. III, cap. 2, D. 1786). Y, por este motivo, un pueblo que no profese la verdadera Religión no puede practicar durablemente todos los Mandamientos (cfr. Concilio de Trento, ses. VI, cap. 2, D. 812). En estas condiciones, y como sin el conocimiento y la observancia de la Ley de Dios no puede haber orden cristiano, la civilización y la cultura por excelencia sólo son posibles en el gremio de la Santa Iglesia. En efecto, de acuerdo con lo que dijo San Pío X, la civilización "es tanto más verdadera, más durable, más fecunda en frutos preciosos cuanto más puramente cristiana; tanto más decadente, para gran desgracia de la sociedad, cuanto más se substrae al ideal cristiano. Por eso, por la fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia se convierte también de hecho en la guardiana y protectora de la civilización cristiana" (Encíclica “Il Fermo Propósito”, 11.VI.1905 - "Bonne Presse", París, vol.II, p. 92).

E. La ilegitimidad por excelencia

Si en esto consisten el orden y la legitimidad, fácilmente se ve en qué consiste la Revolución. Pues es lo contrario de ese orden. Es el desorden y la ilegitimidad por excelencia.

3. La Revolución, el orgullo y la sensualidad - Los valores metafísicos de la Revolución

Dos nociones concebidas como valores metafísicos expresan bien el espíritu de la Revolución: igualdad absoluta, libertad completa. Y dos son las pasiones que más la sirven: el orgullo y la sensualidad.

Al referirnos a las pasiones, conviene esclarecer el sentido en que tomamos el vocablo en este trabajo. Para mayor brevedad, conformándonos con el uso de varios autores espirituales, siempre que hablamos de las pasiones como fautoras de la Revolución, nos referimos a las pasiones desordenadas. Y, de acuerdo con el lenguaje corriente, incluimos en las pasiones desordenadas todos los impulsos al pecado existentes en el hombre como consecuencia de la triple concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (cfr. I Jo. 2, 16).

A. Orgullo e igualitarismo

La persona orgullosa, sujeta a la autoridad de otra, odia en primer lugar el yugo que en concreto pesa sobre ella.

En un segundo grado, el orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos, y más aún el propio principio de autoridad, considerado en abstracto.

Y porque odia toda autoridad, odia también toda superioridad, de cualquier orden que sea.

En todo esto hay un verdadero odio a Dios (cfr. ítem. “m”, infra).

Este odio a cualquier desigualdad ha ido tan lejos que, movidas por él, personas colocadas en una alta situación la han puesto en grave riesgo y hasta perdido, sólo por no aceptar la superioridad de quien está más alto.

Más aún. En un auge de virulencia el orgullo podría llevar a alguien a luchar por la anarquía y a rehusar el poder supremo que le fuese ofrecido. Esto porque la simple existencia de ese poder trae implícita la afirmación del principio de autoridad, a que todo hombre en cuanto tal -y el orgulloso también- puede ser sujeto.

El orgullo puede conducir, así, al igualitarismo más radical y completo.

Son varios los aspectos de ese igualitarismo radical y metafísico:

w a. Igualdad entre los hombres y Dios: de ahí el panteísmo, el inmanentismo y todas las formas esotéricas de religión, que pretenden establecer un trato de igual a igual entre Dios y los hombres, y que tienen por objetivo saturar a estos últimos de propiedades divinas. El ateo es un igualitario que, queriendo evitar el absurdo que hay en afirmar que el hombre es Dios, cae en otro absurdo, afirmando que Dios no existe. El laicismo es una forma de ateísmo, y por tanto de igualitarismo. Afirma la imposibilidad de que se tenga certeza de la existencia de Dios. De donde, en la esfera temporal, el hombre debe actuar como si Dios no existiese. O sea, como persona que destronó a Dios.

w b. Igualdad en la esfera eclesiástica: supresión del sacerdocio dotado de los poderes del orden, magisterio y gobierno, o por lo menos de un sacerdocio con grados jerárquicos.

w c. Igualdad entre las diversas religiones: todas las discriminaciones religiosas son antipáticas porque ofenden la fundamental igualdad entre los hombres. Por esto, las diversas religiones deben tener un tratamiento rigurosamente igual. El que una religión se pretenda verdadera con exclusión de las otras es afirmar una superioridad, es contrario a la mansedumbre evangélica e impolítico, pues le cierra el acceso a los corazones.

w d. Igualdad en la esfera política: supresión, o por lo menos atenuación, de la desigualdad entre gobernantes y gobernados. El poder no viene de Dios, sino de la masa que manda, a la cual el gobierno debe obedecer. Proscripción de la monarquía y de la aristocracia como regímenes intrínsecamente malos por ser anti-igualitarios. Sólo la democracia es legítima, justa y evangélica (cfr. San Pío X, Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique”, 25.VIII.1910, A.A.S., vol. II, pp. 615-619).

w e. Igualdad en la estructura de la sociedad: supresión de las clases, especialmente de las que se perpetúan por la vía hereditaria. Abolición de toda influencia aristocrática en la dirección de la sociedad y en el tonus general de la cultura y de las costumbres. La jerarquía natural constituida por la superioridad del trabajo intelectual sobre el trabajo manual desaparecerá por la superación de la distinción entre uno y otro.

w f. Abolición de los cuerpos intermedios entre los individuos y el Estado, así como de los privilegios que son elementos inherentes a cada cuerpo social. Por más que la Revolución odie el absolutismo regio, odia más aún los cuerpos intermedios y la monarquía orgánica medieval. Es que el absolutismo monárquico tiende a poner a los súbditos, aun a los de más categoría, en un nivel de recíproca igualdad, en una situación disminuida que ya preanuncia la aniquilación del individuo y el anonimato, los cuales llegan al auge en las grandes concentraciones urbanas de la sociedad socialista. Entre los grupos intermedios que serán abolidos, ocupa el primer lugar la familia. Mientras no consigue extinguirla, la Revolución procura reducirla, mutilarla y vilipendiarla de todos los modos.

w g. Igualdad económica: nada pertenece a nadie, todo pertenece a la colectividad. Supresión de la propiedad privada, del derecho de cada cual al fruto integral de su propio trabajo y a la elección de su profesión.

w h. Igualdad en los aspectos exteriores de la existencia: la variedad redunda fácilmente en la desigualdad de nivel. Por eso, disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

w i. Igualdad de almas: la propaganda modela todas las almas según un mismo padrón, quitándoles las peculiaridades y casi la vida propia. Hasta las diferencias de psicología y de actitud entre los sexos tienden a menguar lo más posible. Por todo esto, desaparece el pueblo, que es esencialmente una gran familia de almas diversas pero armónicas, reunidas alrededor de lo que les es común. Y surge la masa, con su gran alma vacía, colectiva, esclava (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – “Discorsi e Radiomessaggi”, vol. VI, p. 239).

w j. Igualdad en todo el trato social: como entre mayores y menores, patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hijos, etc.

w k. Igualdad en el orden internacional: el Estado es constituido por un pueblo independiente que ejerce pleno dominio sobre un territorio. La soberanía es, así, en el Derecho Público, la imagen de la propiedad. Admitida la idea de pueblo, con características que lo diferencian de los otros, y la de soberanía, estamos forzosamente en presencia de desigualdades: de capacidad, de virtud, de número, etc. Admitida la idea de territorio, tenemos la desigualdad cuantitativa y cualitativa de los diversos espacios territoriales. Se comprende, pues, que la Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados en una sola raza, un solo pueblo y un solo Estado (cfr. Parte I, cap. XI, 3).

w l. Igualdad entre las diversas partes del país: por las mismas razones y por un mecanismo análogo, la Revolución tiende a abolir en el interior de las patrias ahora existentes todo sano regionalismo político, cultural, etc.

w m. Igualitarismo y odio a Dios: Santo Tomás enseña (cfr. “Summa Contra Gentiles”, II, 45; “Summa Teologica”, I, q. 47, a. 2) que la diversidad de las criaturas y su escalonamiento jerárquico son un bien en sí, pues así resplandecen mejor en la creación las perfecciones del Creador. Y dice que tanto entre los Angeles (cfr. “Summa Teologica”, I, q. 50, a. 4) como entre los hombres, en el Paraíso Terrenal como en esta tierra de exilio (cfr. op. cit., I, q. 96, a. 3-4), la Providencia instituyó la desigualdad. Por eso, un universo de criaturas iguales sería un mundo en que se habría eliminado, en toda la medida de lo posible, la semejanza entre criaturas y Creador. Odiar, en principio, toda y cualquier desigualdad es, pues, colocarse metafísicamente contra los mejores elementos de semejanza entre el Creador y la creación, es odiar a Dios.

w n. Los límites de la desigualdad: claro está que de toda esta explanación doctrinaria no se puede concluir que la desigualdad es siempre y necesariamente un bien.

Todos los hombres son iguales por naturaleza, y diferentes sólo en sus accidentes. Los derechos que les vienen del simple hecho de ser hombres son iguales para todos: derecho a la vida, a la honra, a condiciones de existencia suficientes, al trabajo y, pues, a la propiedad, a la constitución de una familia, y sobre todo al conocimiento y práctica de la verdadera Religión. Y las desigualdades que atenten contra esos derechos son contrarias al orden de la Providencia. Sin embargo, dentro de estos límites, las desigualdades provenientes de accidentes como la virtud, el talento, la belleza, la fuerza, la familia, la tradición, etc., son justas y conformes al orden del universo (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 – “Discorsi e Radiomessaggi”, vol. VI, p. 239).

B. Sensualidad y liberalismo

A la par del orgullo, generador de todo igualitarismo, la sensualidad, en el más amplio sentido del término, es la causa del liberalismo. Es en estas tristes profundidades donde se encuentra la conjunción entre esos dos principios metafísicos de la Revolución, la igualdad y la libertad, contradictorios bajo tantos puntos de vista.

w a. La jerarquía en el alma: Dios, que imprimió un cuño jerárquico en toda la creación, visible e invisible, lo hizo también en el alma humana. La inteligencia debe guiar la voluntad, y ésta debe gobernar la sensibilidad. Como consecuencia del pecado original, existe en el hombre una constante fricción entre los apetitos sensibles y la voluntad guiada por la razón: "Veo en mis miembros otra ley, que combate contra la ley de mi razón" (Rom. 7, 23).

Pero la voluntad, reina reducida a gobernar súbditos puestos en continuas tentativas de rebelión, tiene medios para vencer siempre... mientras no resista a la gracia de Dios (cfr. Rom. 7, 25).

w b. El igualitarismo en el alma: el proceso revolucionario, que tiene como objetivo la nivelación general -pero que tantas veces no ha sido sino la usurpación de la función rectora por parte de quien debería obedecer- una vez transpuesto a las relaciones entre las potencias del alma, habría de producir la lamentable tiranía de todas las pasiones desenfrenadas, sobre una voluntad débil y quebrada y una inteligencia obnubilada. Especialmente el dominio de una sensualidad abrasada sobre todos los sentimientos de recato y de pudor.

Cuando la Revolución proclama la libertad absoluta como un principio metafísico, lo hace únicamente para justificar el libre curso de las peores pasiones y de los errores más funestos.

w c. Igualitarismo y liberalismo: la inversión de que hablamos, es decir, el derecho a pensar, sentir y hacer todo cuanto las pasiones desenfrenadas exigen, es la esencia del liberalismo. Esto se muestra bien en las formas más exacerbadas de la doctrina liberal. Analizándolas, se percibe que al liberalismo poco le importa la libertad para el bien. Sólo le interesa la libertad para el mal. Cuando está en el poder, fácilmente, y hasta alegremente, le cohibe al bien la libertad, en toda la medida de lo posible. Pero protege, favorece, prestigia, de muchas maneras, la libertad para el mal. En lo cual se muestra opuesto a la civilización católica, que da al bien todo el apoyo y toda la libertad, y cercena en lo posible al mal.

Ahora bien, esa libertad para el mal es precisamente la libertad para el hombre en cuanto interiormente "revolucionario", es decir, en cuanto consiente en la tiranía de las pasiones sobre su inteligencia y su voluntad.

Y así, el liberalismo es fruto del mismo árbol que el igualitarismo.

Por lo demás, el orgullo, en cuanto genera el odio a cualquier autoridad (cfr. ítem. “A”, supra), induce a una actitud nítidamente liberal. Y a este título debe ser considerado un factor activo del liberalismo. Sin embargo, cuando la Revolución se dio cuenta de que, si se dejara libres a los hombres, desiguales por sus aptitudes y su aplicación, la libertad engendraría la desigualdad, deliberó, por odio a ésta, sacrificar aquella. De ahí nació su fase socialista. Esta fase no constituye sino una etapa. La Revolución espera, en su término final, realizar un estado de cosas en que la completa libertad coexista con la plena igualdad.

Así, históricamente, el movimiento socialista es un mero requinte del movimiento liberal. Lo que lleva a un liberal auténtico a aceptar el socialismo es precisamente que, en éste, se prohiben tiránicamente mil cosas buenas, o por lo menos inocentes, pero se favorece la satisfacción metódica, y a veces con aspectos de austeridad, de las peores y más violentas pasiones, como la envidia, la pereza, la lujuria. Y por otro lado, el liberal entrevé que la ampliación de la autoridad en el régimen socialista no pasa, dentro de la lógica del sistema, de ser un medio para llegar a la tan ansiada anarquía final.

Los entrechoques de ciertos liberales ingenuos o retardados con los socialistas, son, pues, meros episodios superficiales en el proceso revolucionario, inocuos quid pro quo que no perturban la lógica profunda de la Revolución, ni su marcha inexorable en un sentido que, bien vistas las cosas, es al mismo tiempo socialista y liberal.

w d. La generación del "rock and roll": el proceso revolucionario en las almas, así descripto, produjo en las generaciones más recientes, y especialmente en los adolescentes actuales que se hipnotizan con el rock and roll, una forma de espíritu que se caracteriza por la espontaneidad de las reacciones primarias, sin el control de la inteligencia ni la participación efectiva de la voluntad; por el predominio de la fantasía y de las "vivencias" sobre el análisis metódico de la realidad: fruto, todo, en gran medida, de una pedagogía que reduce a casi nada el papel de la lógica y de la verdadera formación de la voluntad.

w e. Igualitarismo, liberalismo y anarquismo: conforme a los ítems anteriores (a-d), si la efervescencia de las pasiones desordenadas despierta por un lado el odio a cualquier freno y cualquier ley, por otro lado provoca el odio contra cualquier desigualdad. Tal efervescencia conduce así a la concepción utópica del "anarquismo" marxista, según la cual una humanidad evolucionada, que viviere en una sociedad sin clases ni gobierno, podría gozar del orden perfecto y de la más entera libertad, sin que de ésta se originase desigualdad alguna. Como se ve, el ideal simultáneamente más liberal y más igualitario que se pueda imaginar.

En efecto, la utopía anárquica del marxismo consiste en un estado de cosas en el cual la personalidad humana habría alcanzado un alto grado de progreso, de tal manera que le sería posible desarrollarse libremente en una sociedad sin Estado ni gobierno.

En esa sociedad -que, a pesar de no tener gobierno, viviría en pleno orden- la producción económica estaría organizada y muy desarrollada, y la distinción entre trabajo intelectual y manual estaría superada. Un proceso selectivo aún no determinado llevaría a la dirección de la economía a los más capaces, sin que de ahí se derivase la formación de clases.

Estos serían los únicos e insignificantes residuos de desigualdad. Pero, como esa sociedad comunista anárquica no es el término final de la Historia, parece legítimo suponer que tales residuos serían abolidos en una ulterior evolución.

Capítulo VIII

La inteligencia, la voluntad y la sensibilidad,

en la determinación de los actos humanos

Las anteriores consideraciones piden un desarrollo respecto al papel de la inteligencia, de la voluntad y de la sensibilidad, en las relaciones entre error y pasión.

Podría parecer, en efecto, que afirmamos que todo error es concebido por la inteligencia para justificar alguna pasión desordenada. Así, el moralista que afirmase una máxima liberal sería siempre movido por una tendencia liberal.

No es lo que pensamos. Puede suceder que únicamente por debilidad de la inteligencia afectada por el pecado original, el moralista llegue a una conclusión liberal.

En tal caso, ¿habrá habido necesariamente alguna falta moral de otra naturaleza, o descuido, por ejemplo? -Es una cuestión ajena a nuestro estudio.

Afirmamos, eso sí, que, históricamente, esta Revolución tuvo su primer origen en una violentísima fermentación de pasiones. Y estamos lejos de negar el gran papel de los errores doctrinarios en ese proceso.

Muchos han sido los estudios de autores de gran valía, como De Maistre, De Bonald, Donoso Cortés y tantos otros, sobre tales errores y el modo por el cual fueron derivando unos de los otros, del siglo XV al siglo XVI, y así hasta el siglo XX. No es, pues, nuestra intención insistir aquí sobre el asunto.

Nos parece, sin embargo, particularmente oportuno enfocar la importancia de los factores "pasionales" y la influencia de éstos en los aspectos estrictamente ideológicos del proceso revolucionario en que nos encontramos. Pues, a nuestro modo de ver, las atenciones están poco dirigidas hacia este punto, lo que trae una visión incompleta de la Revolución, y acarrea en consecuencia la adopción de métodos contra-revolucionarios inadecuados.

Sobre el modo por el cual las pasiones pueden influir en las ideas, hay algo que añadir aquí.

l. La naturaleza caída, la gracia y el libre albedrío

El hombre, por las simples fuerzas de su naturaleza, puede conocer muchas verdades y practicar varias virtudes. No obstante, no le es posible, sin el auxilio de la gracia, permanecer durablemente en el conocimiento y en la práctica de todos los Mandamientos (cfr. Parte I, cap. VII, 2, D).

Esto quiere decir que en todo hombre caído existe siempre la debilidad de la inteligencia y una tendencia primera y anterior a cualquier raciocinio, que lo incita a rebelarse contra la Ley (Donoso Cortés, en el "Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo" - Obras Completas, B.A.C., Madrid, 1946, tomo II, p. 377- hace un importante desarrollo de esa verdad, la cual se relaciona mucho con el presente trabajo).

2. El germen de la Revolución

Tal tendencia fundamental a la rebelión puede, en un momento dado, tener el consentimiento del libre albedrío. El hombre caído peca, así, violando uno u otro Mandamiento. Pero su rebelión puede ir más allá, y llegar hasta el odio, más o menos inconfesado, al propio orden moral en su conjunto. Ese odio, revolucionario por esencia, puede generar errores doctrinarios, y hasta llevar a la profesión consciente y explícita de principios contrarios a la Ley Moral y a la doctrina revelada, en cuanto tales, lo que constituye un pecado contra el Espíritu Santo. Cuando ese odio comenzó a dirigir las tendencias más profundas de la Historia de Occidente, tuvo inicio la Revolución cuyo proceso aun hoy se desarrolla y en cuyos errores doctrinarios aquél imprimió vigorosamente su marca. Este odio es la causa más activa de la gran apostasía de nuestros días. Por su naturaleza, es algo que no puede ser reducido simplemente a un sistema doctrinario: es la pasión desordenada, en altísimo grado de exacerbación.

Como es fácil ver, tal afirmación, relativa a esta Revolución en concreto, no implica decir que haya siempre una pasión desordenada en la raíz de todo error.

Y tampoco implica negar que muchas veces fue un error lo que desencadenó en esta o en aquella alma, o incluso en este o en aquel grupo social, el desarreglo de las pasiones.

Afirmamos tan sólo que el proceso revolucionario, considerado en su conjunto, y también en sus principales episodios, tuvo por germen más activo y profundo el desarreglo de las pasiones.

3. Revolución y mala fe

Se podría tal vez oponer la siguiente objeción: si tal es la importancia de las pasiones en el proceso revolucionario, parece que su víctima está siempre, por lo menos en alguna medida, de mala fe. Por ejemplo, si el protestantismo es hijo de la Revolución, ¿está de mala fe todo protestante? ¿No se contradice esto con la doctrina de la Iglesia que admite que haya, en otras religiones, almas de buena fe?

Es obvio que una persona de entera buena fe, y dotada de un espíritu fundamentalmente contra-revolucionario, puede estar presa en las redes de los sofismas revolucionarios (sean de índole religiosa, filosófica, política u otra cualquiera) por una ignorancia invencible. En personas así no hay culpa alguna.

Mutatis mutandis, se puede decir lo mismo respecto a las que tienen la doctrina de la Revolución en uno u otro punto circunscripto, por un lapso involuntario de la inteligencia.

Pero si alguien participa del espíritu de la Revolución movido por las pasiones desordenadas inherentes a ella, la respuesta ha de ser otra.

Un revolucionario puede, en estas condiciones, estar persuadido de las excelencias de sus máximas subversivas. No será por tanto insincero. Pero tendrá culpa por el error en que cayó.

Y puede también suceder que el revolucionario profese una doctrina de la cual no esté persuadido, o de la cual tenga una convicción incompleta.

En este caso, será parcial o totalmente insincero...

A este propósito, nos parece que casi no sería necesario acentuar que, cuando afirmamos que las doctrinas de Marx estaban implícitas en las negaciones de la Pseudo-Reforma y de la Revolución Francesa, no queremos decir que los adeptos de aquellos dos movimientos eran, conscientemente, marxistas avant la lettre, y que ocultaban hipócritamente sus opiniones.

Lo propio de la virtud cristiana es la recta disposición de las potencias del alma y, por tanto, el incremento de la lucidez de la inteligencia iluminada por la gracia y guiada por el Magisterio de la Iglesia. No es por otra razón que todo santo es un modelo de equilibrio y de imparcialidad. La objetividad de sus juicios y la firme orientación de su voluntad para el bien no son debilitadas, ni siquiera levemente, por el hálito venenoso de las pasiones desordenadas.

Por el contrario, a medida que el hombre decae en la virtud y se entrega al yugo de esas pasiones, va menguando en él la objetividad en todo cuanto se relacione con las mismas. De modo particular, esa objetividad resulta perturbada en los juicios que el hombre formule sobre sí mismo.

Hasta qué punto un revolucionario "de marcha lenta" del siglo XVI o del siglo XVIII, obnubilado por el espíritu de la Revolución, se daba cuenta del sentido profundo y de las últimas consecuencias de su doctrina, es, en cada caso concreto, el secreto de Dios.

De cualquier forma, la hipótesis de que todos ellos fuesen marxistas conscientes se debe excluir enteramente.

Capítulo IX

También es hijo de la Revolución el "semi-contra-revolucionario"

Todo lo que aquí se dijo fundamenta una observación de importancia práctica.

Ciertos espíritus marcados por esa Revolución interior podrán tal vez, por algún juego de circunstancias y de coincidencias, como una educación en un medio fuertemente tradicionalista y moralizado, conservar en uno o en muchos puntos una actitud contra-revolucionaria (cfr. Parte I, cap. VI, 5, A).

Sin embargo, en la mentalidad de estos "semi-contra-revolucionarios" se habrá entronizado el espíritu de la Revolución. Y en un pueblo donde la mayoría esté en tal estado de alma, la Revolución será incoercible mientras éste no cambie.

Así, la unidad de la Revolución trae, como contrapartida, que el contra-revolucionario auténtico sólo podrá serlo totalmente.

En cuanto a los "semi-contra-revolucionarios" en cuya alma comienza a vacilar el ídolo de la Revolución, la situación es un tanto diversa. Tratamos del asunto en la Parte II, cap. XII, 10.

Capítulo X

La cultura, el arte y los ambientes en la Revolución

Así descriptas la complejidad y amplitud que el proceso revolucionario tiene en las zonas más profundas de las almas, y por tanto de la mentalidad de los pueblos, es más fácil señalar toda la importancia de la cultura, de las artes y de los ambientes en la marcha de la Revolución.

l. La cultura

Las ideas revolucionarias proporcionan a las tendencias de las que nacieron, el medio de afirmarse con fueros de ciudadanía, a los ojos del propio individuo y de terceros. Ellas sirven al revolucionario para debilitar, en estos últimos, las convicciones verdaderas y así desencadenar o agravar la rebelión de las pasiones. Son inspiración y molde para las instituciones generadas por la Revolución. Esas ideas pueden encontrarse en las más variadas ramas del saber o de la cultura, pues es difícil que alguna de ellas no esté implicada, por lo menos indirectamente, en la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución.

2. Las artes

En cuanto a las artes, como Dios estableció misteriosas y admirables relaciones entre ciertas formas, colores, sonidos, perfumes, sabores, y ciertos estados de alma, es claro que por estos medios se puede influenciar a fondo las mentalidades e inducir a personas, familias y pueblos a la formación de un estado de espíritu profundamente revolucionario. Basta recordar la analogía entre el espíritu de la Revolución Francesa y las modas que durante ella surgieron. O entre las efervescencias revolucionarias de hoy y las presentes extravagancias de las modas y de las escuelas artísticas llamadas avanzadas.

3. Los ambientes

En cuanto a los ambientes, en la medida en que favorecen costumbres buenas o malas, pueden oponer a la Revolución las admirables barreras de reacción, o por lo menos de inercia, de todo cuanto es sanamente consuetudinario; o pueden comunicar a las almas las toxinas y las energías tremendas del espíritu revolucionario.

4. Papel histórico de las artes y de los ambientes en el proceso revolucionario

Por esto, en concreto, es necesario reconocer que la democratización general de las costumbres y de los estilos de vida, llevada a los extremos de una vulgaridad sistemática y creciente, y la acción proletarizante de cierto arte moderno, contribuyeron al triunfo del igualitarismo tanto o más que la implantación de ciertas leyes, o de ciertas instituciones esencialmente políticas.

Como también es preciso reconocer que quien, por ejemplo, consiguiese hacer cesar el cine o la televisión inmorales o agnósticos, habría hecho por la Contra-Revolución mucho más que si provocase la caída de un gabinete izquierdista, en la rutina de un régimen parlamentario.

Capítulo XI

La Revolución, el pecado y la Redención - La utopía revolucionaria

Entre los múltiples aspectos de la Revolución, es importante resaltar que ella induce a sus hijos a subestimar o negar las nociones del bien y del mal, del pecado original y de la Redención.

1. La Revolución niega el pecado y la Redención

La Revolución es, como vimos, hija del pecado. Pero si lo reconociese, se desenmascararía y se volvería contra su propia causa.

Así se explica por qué la Revolución tiende, no sólo a silenciar la raíz de pecado de la cual brotó, sino también a negar la propia noción de pecado. Negación radical que incluye tanto la culpa original cuanto la actual, y se efectúa principalmente:

w Por sistemas filosóficos o jurídicos que niegan la validez y la existencia de cualquier ley moral o dan a ésta los fundamentos vanos y ridículos del laicismo.

w Por los mil procesos de propaganda que crean en las multitudes un estado de alma en el cual, sin afirmar directamente que la moral no existe, se hace abstracción de ella, y toda la veneración debida a la virtud es tributada a ídolos como el oro, el trabajo, la eficiencia, el éxito, la seguridad, la salud, la belleza física, la fuerza muscular, el goce de los sentidos, etc.

Es la propia noción de pecado, la misma distinción entre el bien y el mal, lo que la Revolución va destruyendo en el hombre contemporáneo. E, ipso facto, va negando la Redención de Nuestro Señor Jesucristo, que, sin el pecado, se vuelve incomprensible y pierde toda relación lógica con la Historia y la vida.

2. Ejemplificación histórica:

negación del pecado en el liberalismo y en el socialismo

En cada una de sus etapas, la Revolución ha procurado subestimar o negar radicalmente el pecado.

A. La concepción inmaculada del individuo

En la fase liberal e individualista, ella enseñó que el hombre está dotado de una razón infalible, de una voluntad fuerte y de pasiones sin desarreglo. De ahí una concepción del orden humano, en la cual el individuo, reputado un ente perfecto, era todo, y el Estado nada, o casi nada, un mal necesario... provisionalmente necesario, tal vez. Fue el período en que se pensaba que la causa única de todos los errores y crímenes era la ignorancia. Abrir escuelas era cerrar prisiones. El dogma básico de estas ilusiones fue la concepción inmaculada del individuo.

La gran arma del liberal, para defenderse contra las posibles prepotencias del Estado, y para impedir la formación de camarillas que le quitasen la dirección de la cosa pública, eran las libertades políticas y el sufragio universal.

B. La concepción inmaculada de las masas y del Estado

Ya en el siglo pasado, el desacierto de esta concepción se volvió patente, por lo menos en parte. Pero la Revolución no retrocedió. En vez de reconocer su error, lo substituyó por otro. Fue la concepción inmaculada de las masas y del Estado. Los individuos son propensos al egoísmo y pueden errar. Pero las masas aciertan siempre y jamás se dejan llevar por las pasiones. Su impecable medio de acción es el Estado. Su infalible medio de expresión es el sufragio universal, del cual emanan los parlamentos impregnados de pensamiento socialista, o la voluntad fuerte de un dictador carismático, que guía siempre a las masas hacia la realización de la voluntad de éstas.

3. La Redención por la ciencia y por la técnica: la utopía revolucionaria

De cualquier manera, depositando toda su confianza en el individuo considerado aisladamente, en las masas o en el Estado, es en el hombre en quien la Revolución confía. Autosuficiente por la ciencia y por la técnica, él puede resolver todos sus problemas, eliminar el dolor, la pobreza, la ignorancia, la inseguridad, en fin, todo aquello que llamamos efecto del pecado original o actual.

Un mundo en cuyo seno las patrias unificadas en una República Universal no sean sino denominaciones geográficas, un mundo sin desigualdades sociales ni económicas, dirigido por la ciencia y por la técnica, por la propaganda y por la psicología, para realizar, sin lo sobrenatural, la felicidad definitiva del hombre: he aquí la utopía hacia la cual la Revolución nos va encaminando.

En ese mundo, la Redención de Nuestro Señor Jesucristo nada tiene que hacer. Pues el hombre habrá superado el mal por la ciencia y habrá transformado la tierra en un "cielo" técnicamente delicioso. Y por la prolongación indefinida de la vida esperará vencer un día a la muerte.

Capítulo XII

Carácter pacifista y antimilitarista de la Revolución

Lo expuesto en el capítulo anterior nos hace comprender fácilmente el carácter pacifista, y por tanto antimilitarista, de la Revolución.

1. La ciencia abolirá las guerras, las Fuerzas Armadas y la policía

En el paraíso técnico de la Revolución, la paz tiene que ser perpetua. Pues la ciencia demuestra que la guerra es un mal. Y la técnica consigue evitar todas las causas de las guerras.

De ahí una incompatibilidad fundamental entre la Revolución y las Fuerzas Armadas, las cuales deberán ser enteramente abolidas. En la República Universal habrá sólo una policía, mientras los progresos de la ciencia y de la técnica no acaben de eliminar el crimen.

2. Incompatibilidad doctrinaria entre la Revolución y el uniforme

El uniforme, por su simple presencia, afirma implícitamente algunas verdades, un tanto genéricas, sin duda, pero de índole ciertamente contra-revolucionaria:

w La existencia de valores que importan más que la vida y por los cuales se debe morir; lo que es contrario a la mentalidad socialista, toda hecha de horror al riesgo y al dolor, de adoración de la seguridad, y de supremo apego a la vida terrena.

w La existencia de una moral, pues la condición militar está totalmente fundada sobre ideas de honor, de fuerza puesta al servicio del bien y dirigida contra el mal, etc.

3. El "temperamento" de la Revolución es contrario a la vida militar

Por fin, entre la Revolución y el espíritu militar existe una antipatía "temperamental". La Revolución, mientras no tiene todas las riendas en la mano, es locuaz, enredadora, declamatoria. Resolver las cosas directa, drástica y secamente, more militari, desagrada a lo que podríamos llamar el actual temperamento de la Revolución. "Actual", recalcamos, para aludir a ésta en la etapa en que se encuentra entre nosotros. Pues nada más despótico y cruel que la Revolución cuando es omnipotente: Rusia da de esto un elocuente ejemplo. Pero aun ahí la divergencia subsiste, puesto que el espíritu militar es algo bien diferente del espíritu del verdugo.

* * *

Analizada así en sus varios aspectos la utopía revolucionaria, damos por concluido el estudio de la Revolución.


PARTE II:

LA CONTRA-REVOLUCION


Capítulo I

Contra-Revolución y reacción

1. La Contra-Revolución, lucha específica y directa contra la Revolución

Si tal es la Revolución, la Contra-Revolución es, en el sentido literal de la palabra, despojado de las conexiones ilegítimas y más o menos demagógicas que a ella se juntaron en el lenguaje corriente, una "re-acción". Es decir, una acción que es dirigida contra otra acción. Ella es frente a la Revolución lo que, por ejemplo, la Contra-Reforma fue frente a la Pseudo-Reforma.

2. Nobleza de esa reacción

Y de este carácter de reacción le viene a la Contra-Revolución su nobleza y su importancia. En efecto, si la Revolución es lo que nos va matando, nada es más indispensable que una reacción que tenga en vista aplastarla. Ser opuesto, en principio, a una reacción contra-revolucionaria, es lo mismo que querer entregar el mundo al dominio de la Revolución.

3. Reacción dirigida también contra los adversarios de hoy

Conviene añadir que la Contra-Revolución, así vista, no es ni puede ser un movimiento en las nubes, que combata fantasmas. Ella tiene que ser la Contra-Revolución del siglo XX, hecha contra la Revolución como hoy en concreto ésta existe y, por lo tanto, contra las pasiones revolucionarias como hoy crepitan, contra las ideas revolucionarias como hoy se formulan, los ambientes revolucionarios como hoy se presentan, el arte y la cultura revolucionarios como hoy son, las corrientes y los hombres que, en cualquier nivel, son actualmente los fautores más activos de la Revolución. La Contra-Revolución no es, pues, una mera retrospección de los maleficios de la Revolución en el pasado, sino un esfuerzo para cortarle el camino en el presente.

4. Modernidad e integridad de la Contra-Revolución

La modernidad de la Contra-Revolución no consiste en cerrar los ojos ni en pactar, aunque sea en proporciones insignificantes, con la Revolución. Por el contrario, consiste en conocerla en su esencia invariable y en sus tan relevantes accidentes contemporáneos, combatiéndola en éstos y en aquélla, inteligente, perspicaz y planeadamente, con todos los medios lícitos, y utilizando el concurso de todos los hijos de la luz.

Capítulo II

Reacción e inmobilismo histórico

1. Qué restaurar

Si la Revolución es el desorden, la Contra-Revolución es la restauración del Orden. Y por Orden entendemos la paz de Cristo en el Reino de Cristo. O sea, la civilización cristiana, austera y jerárquica, fundamentalmente sacral, antiigualitaria y antiliberal.

2. Qué innovar

Sin embargo, por fuerza de la ley histórica según la cual el inmovilismo no existe en las cosas terrenas, el Orden nacido de la Contra-Revolución deberá tener características propias que lo distingan del Orden existente antes de la Revolución. Claro está que esta afirmación no se refiere a los principios, sino a los accidentes. Accidentes, no obstante, de tal importancia que merecen ser mencionados.

En la imposibilidad de extendernos sobre este asunto, digamos simplemente que, en general, cuando en un organismo se produce una fractura o dilaceración, la zona de soldadura o recomposición presenta dispositivos de protección especiales. Es, por las causas segundas, el desvelo amoroso de la Providencia contra la eventualidad de un nuevo desastre. Se observa esto con los huesos fracturados, cuya soldadura constituye un refuerzo en la propia zona de la fractura, o con los tejidos cicatrizados. Esta es una imagen material de un hecho análogo que sucede en el orden espiritual. El pecador que verdaderamente se enmienda tiene, por regla general, mayor horror al pecado del que tuvo en los mejores años anteriores a la caída. Es la historia de los Santos penitentes. Así también, después de cada prueba, la Iglesia emerge particularmente armada contra el mal que procuró postrarla. Ejemplo típico de esto es la Contra-Reforma.

En virtud de esa ley, el Orden nacido de la Contra-Revolución deberá refulgir, más aún que el de la Edad Media, en los tres puntos capitales en que éste fue vulnerado por la Revolución:

w Un profundo respeto de los derechos de la Iglesia y del Papado y una sacralización, en toda la extensión de lo posible, de los valores de la vida temporal, todo por oposición al laicismo, al interconfesionalismo, al ateísmo y al panteísmo, así como a sus respectivas secuelas.

w Un espíritu de jerarquía que marque todos los aspectos de la sociedad y del Estado, de la cultura y de la vida, por oposición a la metafísica igualitaria de la Revolución.

w Una diligencia en detectar y en combatir el mal en sus formas embrionarias o veladas, en fulminarlo con execración y nota de infamia, en punirlo con inquebrantable firmeza en todas sus manifestaciones, particularmente en las que atenten contra la ortodoxia y la pureza de las costumbres, todo ello por oposición a la metafísica liberal de la Revolución y a la tendencia de ésta a dar libre curso y protección al mal.

Capítulo III

La Contra-Revolución y el prurito de novedades

La tendencia de tantos de nuestros contemporáneos, hijos de la Revolución, a amar sin restricciones el presente, adorar el futuro y relegar incondicionalmente el pasado al desprecio y al odio, suscita respecto a la Contra-Revolución un conjunto de incomprensiones que importa hacer cesar. Sobre todo, muchas personas se figuran que el carácter tradicionalista y conservador de esta última hace de ella una adversaria nata del progreso humano.

1. La Contra-Revolución es tradicionalista

A. Razón

La Contra-Revolución, como vimos, es un esfuerzo que se desarrolla en función de una Revolución. Esta se vuelve constantemente contra todo un legado de instituciones, de doctrinas, de costumbres, de modos de ver, sentir y pensar cristianos que recibimos de nuestros mayores, que aún no están completamente abolidos. La Contra-Revolución es, pues, la defensora de las tradiciones cristianas.

B. La mecha que aún humea

La Revolución ataca a la civilización cristiana más o menos como cierto árbol de la selva brasileña, la higuera brava (urostigma olearia), que, creciendo en el tronco de otro árbol, lo envuelve completamente y lo mata. En sus corrientes "moderadas" y de velocidad lenta, la Revolución se acercó a la civilización cristiana para envolverla del todo y matarla. Estamos en un período en el que ese extraño fenómeno de destrucción aún no se completó, es decir, en una situación híbrida en que aquello a lo que casi llamaríamos restos mortales de la civilización cristiana, sumado al perfume y a la acción remota de muchas tradiciones -sólo recientemente abolidas, pero que todavía tienen algo de vivo en la memoria de los hombres- coexiste con muchas instituciones y costumbres revolucionarias.

Frente a esa lucha entre una espléndida tradición cristiana en la cual aún palpita la vida, y una acción revolucionaria inspirada por la manía de novedades a la que se refería León XIII en las palabras iniciales de la Encíclica "Rerum Novarum", es natural que el verdadero contra-revolucionario sea el defensor nato del tesoro de las buenas tradiciones, porque ellas son los valores del pasado cristiano todavía existentes y que se trata exactamente de salvar. En ese sentido, el contra-revolucionario actúa como Nuestro Señor, que no vino a apagar la mecha que aún humea, ni a romper el arbusto partido (cfr. Mt. 12, 20). Debe, por tanto, procurar salvar amorosamente todas esas tradiciones cristianas. Una acción contra-revolucionaria es, esencialmente, una acción tradicionalista.

C. Falso tradicionalismo

El espíritu tradicionalista de la Contra-Revolución nada tiene en común con un falso y estrecho tradicionalismo que conserva ciertos ritos, estilos o costumbres por mero amor a las formas antiguas y sin aprecio alguno por la doctrina que los engendró. Esto sería arqueologismo, no sano y vivo tradicionalismo.

2. La Contra-Revolución es conservadora

¿Es conservadora la Contra-Revolución? -En un sentido, sí, y profundamente. Y en otro sentido, no, también profundamente.

Si se trata de conservar, en el presente, algo que es bueno y merece vivir, la Contra-Revolución es conservadora. Pero si se trata de perpetuar la situación híbrida en que nos encontramos, de detener el proceso revolucionario en esta etapa, manteniéndonos inmóviles como una estatua de sal, al margen del camino de la Historia y del Tiempo, abrazados a lo que hay de bueno y de malo en nuestro siglo, buscando así una coexistencia perpetua y armónica del bien y del mal, la Contra-Revolución no es ni puede ser conservadora.

3. La Contra-Revolución es condición esencial de verdadero progreso

¿Es progresista la Contra Revolución? –Sí, si el progreso fuere auténtico. Y no, si fuere la marcha hacia la realización de la utopía revolucionaria.

En su aspecto material, el verdadero progreso consiste en el recto aprovechamiento de las fuerzas de la naturaleza, según la Ley de Dios y a servicio del hombre. Por eso, la Contra-Revolución no pacta con el tecnicismo hipertrofiado de hoy, con la adoración de las novedades, de las velocidades y de las máquinas, ni con la deplorable tendencia a organizar more m e c h a n i c o la sociedad humana. Estos son excesos que Pío XII condenó con profundidad y precisión (cfr. Radiomensaje de Navidad de 1957, “Discorsi e Radiomessaggi”, vol. XIX, p. 670).

Tampoco es el progreso material de un pueblo el elemento capital del progreso cristianamente entendido. Este consiste, sobre todo, en el pleno desarrollo de todas sus potencialidades de alma y en la ascensión de los hombres rumbo a la perfección moral. Una concepción contra-revolucionaria del progreso implica, pues, que los aspectos espirituales de éste prevalecen sobre los aspectos materiales. En consecuencia, es propio de la Contra-Revolución promover, entre los individuos y las multitudes, un aprecio mucho mayor por todo cuanto se refiera a la verdadera Religión, a la verdadera filosofía, al verdadero arte y a la verdadera literatura, que por lo relacionado con el bien del cuerpo y el aprovechamiento de la materia.

Por fin, para marcar la diferencia entre los conceptos revolucionario y contra-revolucionario del progreso, conviene notar que el último toma en consideración que este mundo será siempre un valle de lágrimas y un tránsito para el Cielo, mientras que para el primero el progreso debe hacer de la tierra un paraíso en el cual el hombre viva feliz, sin pensar en la eternidad.

Por la propia noción de recto progreso, se ve que éste es lo contrario al proceso de la Revolución.

Así, la Contra-Revolución es condición esencial para que sea preservado el desarrollo normal del verdadero progreso y derrotada la utopía revolucionaria, que de progreso sólo tiene apariencias falaces.

Capítulo IV

¿Qué es un contra-revolucionario?

Se puede responder a la pregunta del enunciado de dos maneras:

1. En estado actual

En estado actual, contra-revolucionario es quien:

w Conoce la Revolución, el Orden y la Contra-Revolución en su espíritu, sus doctrinas y sus métodos respectivos.

w Ama la Contra-Revolución y el Orden cristiano, odia la Revolución y el "anti-orden".

w Hace de ese amor y de ese odio el eje en torno del cual gravitan todos sus ideales, preferencias y actividades.

Claro está que esa actitud de alma no exige instrucción superior.Así como Santa Juana de Arco no era teóloga pero sorprendió a sus jueces por la profundidad teológica de sus pensamientos, así los mejores soldados de la Contra-Revolución, animados por una admirable comprensión de su espíritu y de sus objetivos, han sido muchas veces simples campesinos, de Navarra, por ejemplo, de la Vendée o del Tirol.

2. En estado potencial

En estado potencial, contra-revolucionarios son quienes tienen una u otra de las opiniones y de los modos de sentir de los revolucionarios, por inadvertencia o por cualquier otra razón ocasional, sin que el propio fondo de su personalidad esté afectado por el espíritu de la Revolución. Alertadas, esclarecidas, orientadas, esas personas adoptan fácilmente una posición contra-revolucionaria. Y en esto se distinguen de los "semi-contra-revolucionarios" de que atrás hablábamos (Parte I, cap. IX).

Capítulo V

La táctica de la Contra-Revolución

La táctica de la Contra-Revolución puede ser considerada en personas, grupos o corrientes de opinión, en función de tres tipos de mentalidad: el contra-revolucionario actual, el contra-revolucionario potencial y el revolucionario.

1. En relación al contra-revolucionario actual

El contra-revolucionario actual es menos raro de lo que nos parece a primera vista. Posee una clara visión de las cosas, un amor fundamental a la coherencia y un ánimo fuerte. Por esto tiene una noción lúcida de los desórdenes del mundo contemporáneo y de las catástrofes que se acumulan en el horizonte. Pero su propia lucidez le hace percibir toda la extensión del aislamiento en que tan frecuentemente se encuentra, en un caos que le parece sin solución. Entonces el contra-revolucionario, muchas veces, se calla, abatido. Triste situación: "Vae soli", dice la Escritura (Ecle. 4, 10).

Una acción contra-revolucionaria debe tener en vista, ante todo, detectar a esos elementos, hacer que se conozcan, que se apoyen los unos a los otros para la profesión pública de sus convicciones. Ella puede realizarse de dos modos diversos:

A. Acción individual

Esta acción debe ser hecha ante todo en escala individual. Nada más eficiente que la toma de posición contra-revolucionaria franca y ufana de un joven universitario, de un oficial, de un profesor, de un sacerdote sobre todo, de un aristócrata o de un obrero influyente en su medio. La primera reacción que obtendrá será a veces de indignación. Pero si perseverare por un tiempo, que será más o menos largo según las circunstancias, verá, poco a poco, que aparecerán compañeros.

B. Acción en conjunto

Esos contactos individuales tienden, naturalmente, a suscitar en los diversos ambientes varios contra-revolucionarios que se unen en una familia de almas cuyas fuerzas se multiplican por el propio hecho de la unión.

2. En relación al contra-revolucionario potencial

Los contra-revolucionarios deben presentar la Revolución y la Contra-Revolución en todos sus aspectos: religioso, político, social, económico, cultural, artístico, etc. Pues los contra-revolucionarios potenciales las ven, en general, sólo por alguna faceta particular, y por ésta pueden y deben ser atraídos para la visión total de una y de otra. Un contra-revolucionario que argumentase solamente en un plano, el político, por ejemplo, limitaría mucho su campo de atracción, exponiendo su acción a la esterilidad, y, por tanto, a la decadencia y a la muerte.

3. En relación al revolucionario

A. La iniciativa contra-revolucionaria

Frente a la Revolución y a la Contra-Revolución no hay neutrales. Puede haber, eso sí, no combatientes, cuya voluntad o cuyas veleidades están, sin embargo, conscientemente o no, en uno de los dos campos. Por revolucionarios entendemos, pues, no sólo a los partidarios integrales y declarados de la Revolución, sino también a los "semi-contra-revolucionarios".

La Revolución ha progresado, como vimos, a costa de ocultar su dimensión total, su espíritu verdadero, sus fines últimos.

El medio más eficiente de refutarla frente a los revolucionarios consiste en mostrarla por entero, ya sea en su espíritu y en las grandes líneas de su acción, ya sea en cada una de sus manifestaciones o maniobras aparentemente inocentes e insignificantes. Arrancarle, así, los velos es asestarle el más duro de los golpes.

Por esta razón, el esfuerzo contra-revolucionario debe entregarse a esta tarea con el mayor empeño. Secundariamente, claro está, los otros recursos de una buena dialéctica son indispensables para el éxito de una acción contra-revolucionaria.

Con el "semi-contra-revolucionario", así como también con el revolucionario que tiene "coágulos" contra-revolucionarios, hay ciertas posibilidades de colaboración, y esta colaboración crea un problema especial: ¿hasta qué punto es prudente? -A nuestro modo de ver, la lucha contra la Revolución sólo se desarrolla convenientemente vinculando entre sí a personas radical y enteramente exentas del virus de ésta. Que los grupos contra-revolucionarios puedan colaborar con elementos como los arriba mencionados, en algunos objetivos concretos, se concibe fácilmente. Pero, admitir una colaboración omnímoda y estable con personas infectadas de cualquier influencia de la Revolución es la más flagrante de las imprudencias y tal vez la causa de la mayor parte de 1os fracasos contra-revolucionarios.

B. La contraofensiva revolucionaria

El revolucionario, por regla general, es petulante, locuaz y exhibicionista, cuando no tiene adversarios ante sí, o los tiene débiles. No obstante, si encuentra quien lo enfrente con ufanía y arrojo, se calla y organiza la campaña del silencio. Un silencio en medio del cual se advierte, sí, el discreto zumbar de la calumnia, o algún murmullo contra el "exceso de lógica" del adversario. Pero un silencio confuso y avergonzado que jamás es interrumpido por alguna réplica de valor. Ante ese silencio de confusión y derrota, podríamos decir al contra-revolucionario victorioso las espirituosas palabras escritas por Veuillot en otra ocasión: "Preguntad al silencio y nada os responderá" (“Oeuvres Complètes”, P.Lethielleux, Librairie-Editeur, París, vol. XXXIII, p. 349).

4. Elites y masas en la táctica contra-revolucionaria

La Contra-Revolución debe procurar, en lo posible, conquistar a las multitudes. Sin embargo, no debe hacer de eso, en el plano inmediato, su objetivo principal; un contra-revolucionario no tiene razón para desanimarse por el hecho de que la gran mayoría de los hombres no esté actualmente de su lado. Un estudio exacto de la Historia nos muestra, en efecto, que no fueron las masas las que hicieron la Revolución. Ellas se movieron en un sentido revolucionario porque tuvieron por detrás élites revolucionarias. Si hubiesen tenido detrás de sí élites de orientación opuesta, probablemente se habrían movido en un sentido contrario. El factor masa, según muestra la visión objetiva de la Historia, es secundario; lo principal es la formación de las élites. Ahora bien, para esa formación, el contra-revolucionario puede estar siempre aparejado con los recursos de su acción individual y puede, pues, obtener buenos frutos, a pesar de la carencia de medios materiales y técnicos con que, a veces, tenga que luchar.

Capítulo VI

Los medios de acción de la Contra-Revolución

1. Tender a los grandes medios de acción

En principio, claro está, la acción contra-revolucionaria merece tener a su disposición los mejores medios de televisión, radio, gran prensa, propaganda racional, eficiente y brillante. El verdadero contra-revolucionario debe tender siempre a la utilización de tales medios, venciendo el estado de espíritu derrotista de algunos de sus compañeros, quienes, de antemano, abandonan la esperanza de disponer de ellos porque los ven siempre en poder de los hijos de las tinieblas.

No obstante, debemos reconocer que, en concreto, la acción contra-revolucionaria tendrá que realizarse muchas veces sin esos recursos.

2. Utilizar también los medios modestos: su eficacia

Aun así, y con medios de los más modestos, podrá alcanzar resultados muy apreciables, si tales medios fueren utilizados con rectitud de espíritu e inteligencia. Como vimos, es concebible una acción contra-revolucionaria reducida a la mera actuación individual. Pero no se la puede concebir sin esta última, la cual, siempre que sea bien hecha, abre las puertas a todos los progresos.

Los pequeños periódicos de inspiración contra-revolucionaria, si son de buen nivel, tienen una eficacia sorprendente, principalmente para la tarea primordial de hacer que los contra-revolucionarios se conozcan.

Tanto o más eficientes pueden ser el libro, la tribuna y la cátedra al servicio de la Contra-Revolución.

Capítulo VII

Obstáculos a la Contra-Revolución

1. Escollos que los contra-revolucionarios deben evitar

Los escollos que los contra-revolucionarios deben evitar consisten, muchas veces, en ciertos malos hábitos de agentes de la Contra-Revolución.

En las reuniones o en los impresos contra-revolucionarios la temática debe ser cuidadosamente seleccionada. La Contra-Revolución debe mostrar siempre un aspecto ideológico, incluso cuando trata de cuestiones muy menudas y contingentes. Resolver, por ejemplo, los problemas político-partidistas de la Historia reciente o de la actualidad puede ser útil. Pero dar excesivo realce a pequeñas cuestiones personales, hacer de la lucha con adversarios ideológicos locales lo principal de la acción contra-revolucionaria, presentar la Contra-Revolución como si fuese una simple nostalgia (no negamos, claro está, la legitimidad de esa nostalgia) o un mero deber de fidelidad personal, por más santo y justo que éste sea, es presentar lo particular como si fuese lo general, la parte como si fuera el todo, es mutilar la causa que se quiere servir.

2. Los “slogans” de la Revolución

Otras veces estos obstáculos consisten en “slogans” revolucionarios, no pocas veces aceptados como dogmas hasta en los mejores ambientes.

A. "La Contra-Revolución es estéril por ser anacrónica"

El más insistente y nocivo de esos “slogans” consiste en afirmar que en nuestra época la Contra-Revolución no puede prosperar porque es contraria al espíritu de los tiempos. La Historia, se dice, no vuelve atrás.

Según ese singular principio, la Religión Católica no existiría. Pues no se puede negar que el Evangelio era radicalmente contrario al medio en que Nuestro Señor Jesucristo y los Apóstoles lo predicaron. Y la España católica, germano-romana, tampoco existiría. Pues nada se parece más a una resurrección -y por tanto, de algún modo, a una vuelta al pasado- que la plena reconstitución de la grandeza cristiana de España, al cabo de ocho siglos que van de Covadonga hasta la caída de Granada. El mismo Renacimiento, tan caro a los revolucionarios, fue, por lo menos bajo varios aspectos, la vuelta a un naturalismo cultural y artístico fosilizado hacía más de mil años.

La Historia, por tanto, comporta vaivenes, ya sea en las vías del bien, ya sea en las del mal.

Por lo demás, cuando se ve que la Revolución considera algo como coherente con el espíritu de los tiempos, es preciso circunspección. Pues no pocas veces se trata de alguna antigualla de los tiempos paganos, que ella quiere restaurar.

¿Qué tienen de nuevo, por ejemplo, el divorcio o el nudismo, la tiranía o la demagogia, tan generalizados en el mundo antiguo?

¿Por qué será moderno el divorcista y anacrónico el defensor de la indisolubilidad?

El concepto de "moderno" para la Revolución se cifra en lo siguiente: es todo lo que dé libre curso al orgullo y al igualitarismo, así como a la sed de placeres y al liberalismo.

B. "La Contra-Revolución es estéril por ser esencialmente negativista"

Otro “slogan”: la Contra-Revolución se define por su propio nombre como algo negativo, y por tanto estéril. Simple juego de palabras. Pues el espíritu humano, partiendo del hecho de que la negación de la negación implica una afirmación, expresa de modo negativo muchos de sus conceptos más positivos: in-falibilidad, in-dependencia, in-nocencia, etc. ¿Sería negativismo luchar por cualquiera de esos tres objetivos, sólo por causa de la formulación negativa con que ellos se presentan? ¿Hizo obra negativista el Concilio Vaticano I, cuando definió la infalibilidad papal? ¿Es la Inmaculada Concepción una prerrogativa negativista de la Madre de Dios?

Si se entiende por negativista, de acuerdo con el lenguaje corriente, algo que insiste en negar, en atacar, y en tener los ojos continuamente vueltos hacia el adversario, se debe decir que la Contra-Revolución, sin ser sólo negación, tiene en su esencia algo fundamental y sanamente negativista. Constituye, como dijimos, un movimiento dirigido contra otro movimiento, y no se comprende que, en una lucha, un adversario no tenga los ojos puestos sobre el otro y no esté en una actitud de polémica con él, de ataque y contra-ataque.

C. "La argumentación contra-revolucionaria es polémica y nociva"

El tercer “slogan” consiste en censurar las obras intelectuales de los contra-revolucionarios, por su carácter negativista y polémico, que las llevaría a insistir demasiado en la refutación del error, en lugar de hacer la exposición límpida y despreocupada de la verdad. Ellas serían, así, contraproducentes, pues irritarían y apartarían al adversario. Excepción hecha de posibles demasías, ese cuño aparentemente negativista tiene una profunda razón de ser.

Según lo que fue dicho en este trabajo, la doctrina de la Revolución estaba contenida en las negaciones de Lutero y de los primeros revolucionarios, pero sólo muy lentamente se fue haciendo explícita en el transcurso de los siglos. De manera que los autores contra-revolucionarios sintieron, desde el principio, y legítimamente, en todas las formulaciones revolucionarias, algo que excedía a la propia formulación. Hay mucho más para ser considerado en la mentalidad de la Revolución en cada etapa del proceso revolucionario, que simplemente la ideología enunciada en esta etapa. Para hacer un trabajo profundo, eficiente y enteramente objetivo es, pues, necesario acompañar paso a paso la marcha de la Revolución, en un penoso esfuerzo de explicitación de las cosas implícitas en el proceso revolucionario. Sólo así es posible atacar a la Revolución como de hecho ella debe ser atacada. Todo esto ha obligado a los contra-revolucionarios a tener constantemente puestos los ojos en la Revolución, pensando y afirmando sus tesis en función de los errores de ella. En este duro trabajo intelectual, las doctrinas de verdad y de orden existentes en el depósito sagrado del Magisterio de la Iglesia son, para el contra-revolucionario, el tesoro del cual va sacando cosas nuevas y viejas (cfr. Mt. 13, 52) para refutar la Revolución, a medida que va viendo más a fondo en sus tenebrosos abismos.

Así, pues, en varios de sus más importantes aspectos, el trabajo contra-revolucionario es sanamente negativista y polémico. Es, por lo demás, por razones no muy diversas que, la mayoría de las veces, el Magisterio Eclesiástico va definiendo las verdades en función de las diversas herejías que van surgiendo a lo largo de la Historia, formulándolas como condenaciones de los errores que les son opuestos. Actuando así, la Iglesia nunca receló hacer mal a las almas.

3. Actitudes erradas frente a los “slogans” de la Revolución

A. Hacer abstracción de los “slogans” revolucionarios

El esfuerzo contra-revolucionario no debe ser libresco, es decir, no puede contentarse con una dialéctica con la Revolución en el plano puramente científico y universitario. Reconociéndole a ese plano toda su gran y hasta grandísima importancia, el punto de mira habitual de la Contra-Revolución debe ser la Revolución tal cual es pensada, sentida y vivida por la opinión pública en su conjunto. En este sentido los contra-revolucionarios deben atribuir una importancia muy particular a la refutación de los “slogans” revolucionarios,

B. Eliminar los aspectos polémicos de la acción contra-revolucionaria

La idea de presentar la Contra-Revolución bajo una luz más "simpática" y "positiva", haciendo que ella no ataque a la Revolución, es lo más tristemente eficiente que puede haber para empobrecerla de contenido y de dinamismo (cfr. Parte II, cap. VIII, 3, B).

Quien actuase según esa lamentable táctica mostraría la misma falta de sentido de un Jefe de Estado que, frente a tropas enemigas que transponen la frontera, hiciese cesar toda resistencia armada, con la intención de cautivar la simpatía del invasor y, así, paralizarlo. En realidad, anularía el ímpetu de la reacción, sin detener al enemigo. Es decir, entregaría la patria...

Esto no quiere decir que el lenguaje del contra-revolucionario no sea matizado según las circunstancias.

El Divino Maestro, predicando en Judea, que estaba bajo la acción próxima de los pérfidos fariseos, usó un lenguaje candente. En Galilea, por el contrario, donde predominaba el pueblo sencillo y era menor la influencia de los fariseos, su lenguaje tenía un tono más docente y menos polémico.

Capítulo VIII

El carácter procesivo de la Contra-Revolución y el "choque"

contra-revolucionario

l. Existe un proceso contra-revolucionario

Es evidente que, tal como la Revolución, la Contra-Revolución es un proceso, y que por tanto se puede estudiar su marcha progresiva y metódica hacia el Orden.

Aun así, hay algunas características que hacen diferir profundamente esa marcha del caminar de la Revolución hacia el desorden integral. Esto proviene del hecho de que el dinamismo del bien y el del mal son radicalmente diversos.

2. Aspectos típicos del proceso revolucionario

A. En la marcha rápida

Cuando tratamos de las dos velocidades de la Revolución (cfr. Parte I, cap. VI, 4), vimos que algunas almas se arrebatan por sus máximas en un solo lance y sacan de una vez todas las consecuencias del error.

B. En la marcha lenta

Y que hay otras que van aceptando lentamente y paso a paso las doctrinas revolucionarias. Muchas veces, inclusive, ese proceso se desarrolla con continuidad a través de las generaciones. Un "semi-contra-revolucionario" muy opuesto a los paroxismos de la Revolución tiene un hijo menos contrario a éstos, un nieto indiferente y un bisnieto plenamente integrado en el flujo revolucionario. La razón de este hecho, como dijimos, está en que ciertas familias tienen en su mentalidad, en su subconsciente, en sus modos de sentir, un residuo de hábitos y fermentos contra-revolucionarios que las mantienen, en parte, ligadas al Orden. En ellas la corrupción revolucionaria no es tan dinámica y, por esto mismo, el error sólo puede progresar en su espíritu paso a paso y disfrazándose.

La misma lentitud de ritmo explica cómo muchas personas cambian enormemente de opinión en el transcurso de la vida. Cuando son adolescentes tienen, por ejemplo, respecto a las modas indecentes, una opinión severa, consonante con el ambiente en que viven. Más tarde, con el "evolucionar" de las costumbres en un sentido cada vez más relajado, esas personas se van adaptando a las sucesivas modas. Y, al final de la vida, aplauden trajes que en su juventud habrían reprobado enérgicamente.

Llegaron a esa posición porque fueron caminando lenta e imperceptiblemente a través de las etapas matizadas de la Revolución. No tuvieron la perspicacia y la energía necesarias para notar hacia dónde estaba siendo conducida la Revolución que se realizaba en ellas y a su alrededor. Y, gradualmente, acabaron llegando tal vez tan lejos cuanto un revolucionario de la misma edad que en la adolescencia hubiese adoptado la primera velocidad.

La verdad y el bien existen en esas almas en un estado de derrota, pero no tan derrotados que, ante un grave error y un grave mal, no puedan tener un sobresalto a veces victorioso y salvador que las haga percibir el fondo perverso de la Revolución y las lleve a una actitud categórica y sistemática contra todas sus manifestaciones. Es para evitar esos sanos sobresaltos de alma y esas cristalizaciones contra-revolucionarias, que la Revolución anda paso a paso.

3. Cómo destrozar el proceso revolucionario

Si es así como la Revolución conduce a la inmensa mayoría de sus víctimas, cabe preguntarse de qué modo puede una de ellas desembarazarse de ese proceso; y si tal modo es distinto del que tienen que seguir, para convertirse a la Contra-Revolución, las personas arrastradas por la marcha revolucionaria de gran velocidad.

A. La variedad de las vías del Espíritu Santo

Nadie puede fijar límites a la inagotable variedad de las vías de Dios en las almas. Sería absurdo reducir a esquemas asunto tan complejo. No se puede, pues, en esta materia, ir más allá de la indicación de algunos errores que conviene evitar y de algunas actitudes prudentes que es necesario proponer.

Toda conversión es fruto de la acción del Espíritu Santo quien, aunque hablando a cada cual según sus necesidades, ora con majestuosa severidad, ora con suavidad materna, sin embargo nunca miente.

B. No esconder nada

Así, en el itinerario del error hacia la verdad, no existen para el alma los bellacos silencios de la Revolución, ni sus metamorfosis fraudulentas. Es preciso no ocultarle cosa alguna que ella deba saber. La verdad y el bien le son enseñados integralmente por la Iglesia. No es escondiendo sistemáticamente a los hombres el último término de su formación, sino mostrándolo y haciéndolo siempre más deseado, que se obtiene de ellos el progreso en el bien.

La Contra-Revolución no debe, pues, disimular su carácter total. Debe hacer suyas las sapientísimas normas establecidas por San Pío X para el proceder habitual del verdadero apóstol: "No es leal ni digno ocultar, cubriéndola con una bandera equívoca, la calidad de católico, como si ésta fuese mercadería averiada y de contrabando" (Carta al Conde Medolago Albani, Presidente de la Unión Económico-Social de Italia, fechada el 22 de noviembre de 1909 - "Bonne Presse", París, vol. V, p. 76). Los católicos no deben "ocultar bajo un velo los preceptos más importantes del Evangelio, temerosos de ser tal vez menos oídos o hasta completamente abandonados" (Encíclica “Jucunda Sane”, l2.III.1904 - "Bonne Presse", París, vol. 1, p. 158). A lo que juiciosamente añadía el Santo Pontífice: "Sin duda, no será ajeno a la prudencia, también al proponer la verdad, usar de cierta contemporización, cuando se trate de esclarecer a los hombres hostiles a nuestras instituciones y completamente alejados de Dios. Las heridas que es preciso cortar -dice San Gregorio- antes deben ser palpadas con mano delicada. Pero esa misma habilidad asumiría el aspecto de prudencia carnal si se la erigiese en regla de conducta constante y común; tanto más que de ese modo parecería tenerse en poca cuenta la Gracia Divina, que no es concedida solamente al sacerdocio y a sus ministros, sino a todos los fieles de Cristo, a fin de que nuestros actos y nuestras palabras toquen sus almas" (doc. cit., ibid.).

C. El "choque" de las grandes conversiones

Censurando, como lo hicimos, el esquematismo en esta materia, nos parece, sin embargo, que la adhesión plena y consciente a la Revolución, como ésta en concreto se presenta, constituye un inmenso pecado, una apostasía radical, de la cual sólo por medio de una conversión igualmente radical se puede volver.

Ahora bien, según la Historia, parece que las grandes conversiones se dan la mayoría de las veces por un lance de alma fulminante, provocado por la gracia con ocasión de cualquier hecho interno o externo. Ese lance difiere en cada caso, pero presenta con frecuencia ciertos rasgos comunes. Concretamente, la conversión del revolucionario a la Contra-Revolución, no pocas veces y en líneas generales, se produce así:

w a. En el alma empedernida del pecador que, por un proceso de gran velocidad, llegó de una vez al extremo de la Revolución, restan siempre recursos de inteligencia y sentido común, tendencias más o menos definidas hacia el bien. Dios, aun cuando no las prive jamás de la gracia suficiente, espera, no pocas veces, que esas almas lleguen a lo más profundo de la miseria, para hacerles ver de una sola vez, como en un fulgurante “flash”, la enormidad de sus errores y de sus pecados. Cuando el hijo pródigo descendió hasta el punto de querer alimentarse de las bellotas de los cerdos, fue que cayó en sí y volvió a la casa paterna (cfr. Lc. 15, 16-19).

w b. En el alma tibia y miope que va resbalando lentamente en la rampa de la Revolución, actúan aún, no enteramente rechazados, ciertos fermentos sobrenaturales; hay valores de tradición, de orden, de Religión, que todavía crepitan como brasas bajo la ceniza. También esas almas pueden, por un sano sobresalto, en un momento de desgracia extrema, abrir los ojos y reavivar en un instante todo cuanto en ellas decaía y amenazaba morir: es el reencenderse de la mecha que aún humea (cfr. Mt. 12, 20).

D. La plausibilidad de ese "choque" en nuestros días

Ahora bien, toda la humanidad se encuentra en la inminencia de una catástrofe, y en esto parece estar precisamente la gran ocasión preparada por la misericordia de Dios. Unos y otros -los de velocidad rápida o lenta- en este terrible crepúsculo en que vivimos, pueden abrir los ojos y convertirse a Dios.

El contra-revolucionario debe, pues, aprovechar celosamente el tremendo espectáculo de nuestras tinieblas para -sin demagogia, sin exageración, pero también sin debilidad- hacer comprender a los hijos de la Revolución el lenguaje de los hechos, y así producir en ellos el “flash” salvador. Señalar varonilmente los peligros de nuestra situación es rasgo esencial de una acción auténticamente contra-revolucionaria.

E. Mostrar el rostro total de la Revolución

No se trata sólo de señalar el riesgo en que nos encontramos, de la total desaparición de la civilización. Es preciso saber mostrar, en el caos que nos envuelve, el rostro total de la Revolución, en su inmensa hediondez. Siempre que este rostro se revela, aparecen impulsos de vigorosa reacción.

Es por este motivo que, con ocasión de la Revolución Francesa, y en el transcurso del siglo XIX, hubo en Francia un movimiento contra-revolucionario mejor que el que jamás hubiera anteriormente en aquel país. Nunca se había visto tan bien el rostro de la Revolución. La inmensidad de la vorágine en que había naufragado el antiguo orden de cosas había abierto muchos ojos, súbitamente, a toda una gama de verdades silenciadas o negadas, a lo largo de siglos, por la Revolución. Sobre todo, el espíritu de ésta se les había hecho patente en toda su malicia, y en todas sus conexiones profundas con ideas y hábitos durante mucho tiempo reputados inocentes por la mayoría de las personas. Así, el contra-revolucionario debe, con frecuencia, desenmascarar el aspecto general de la Revolución, a fin de exorcizar el maleficio que ésta ejerce sobre sus víctimas.

F. Señalar los aspectos metafísicos de la Contra-Revolución

La quintaesencia del espíritu revolucionario consiste, como vimos, en odiar por principio, en el plano metafísico, toda desigualdad y toda ley, especialmente la Ley Moral.

Uno de los puntos más importantes del trabajo contra-revolucionario es, pues, enseñar el amor a la desigualdad, vista en el plano metafísico, al principio de autoridad, y también a la Ley Moral y a la pureza; porque exactamente el orgullo, la rebeldía y la impureza son los factores que más impulsan a los hombres por la senda de la Revolución (cfr. Parte I, cap. VII, 3).

G. Las dos etapas de la Contra-Revolución

w a. Obtenida la radical modificación del revolucionario en contra-revolucionario, es la primera etapa de la Contra-Revolución que en él se completa.

w b. Viene después una segunda etapa que puede ser bastante lenta, a lo largo de la cual el alma va ajustando todas sus ideas y todos sus modos de sentir a la posición tomada en el acto de su conversión.

w c. Y es así que se puede delinear en muchas almas, en dos grandes etapas bien diversas, el proceso de la Contra-Revolución.

Describimos las etapas de este proceso en cuanto realizadas en un alma, individualmente considerada. Mutatis mutandis, ellas pueden ocurrir también en grandes grupos humanos, y hasta en pueblos enteros.

Capítulo IX

La fuerza propulsora de la Contra-Revolución

Existe una fuerza propulsora de la Contra-Revolución, así como existe otra para la Revolución.

1. Virtud y Contra-Revolución

Señalamos como la más potente fuerza propulsora de la Revolución, el dinamismo de las pasiones humanas desencadenadas en un odio metafísico contra Dios, contra la virtud, contra el bien y, especialmente, contra la jerarquía y contra la pureza. Simétricamente, existe también una dinámica contra-revolucionaria, pero de naturaleza por completo diversa. Las pasiones, en cuanto tales -tomada aquí la palabra en su sentido técnico- son moralmente indiferentes; es su desarreglo lo que las vuelve malas. Sin embargo, en cuanto reguladas, son buenas y obedecen fielmente a la voluntad y a la razón. Y es en el vigor de alma -que le viene al hombre por el hecho de que en él Dios gobierna la razón, la razón domina la voluntad, y ésta domina la sensibilidad- donde es preciso procurar la serena, noble y eficientísima fuerza propulsora de la Contra-Revolución.

2. Vida sobrenatural y Contra-Revolución

Tal vigor de alma no puede ser concebido sin tomar en consideración la vida sobrenatural. El papel de la gracia consiste exactamente en iluminar la inteligencia, en robustecer la voluntad y en templar la sensibilidad de manera que se vuelvan hacia el bien. De suerte que el alma lucra inconmensurablemente con la vida sobrenatural, que la eleva por encima de las miserias de la naturaleza caída y del propio nivel de la naturaleza humana. Es en esa fuerza de alma cristiana que está el dinamismo de la Contra-Revolución.

3. Invencibilidad de la Contra-Revolución

Se puede preguntar de qué valor es ese dinamismo. Respondemos que, en tesis, es incalculable, y ciertamente superior al de la Revolución: "Omnia possum in eo qui me confortat" (Filip. 4, 13) (1).

Cuando los hombres resuelven cooperar con la gracia de Dios, se operan las maravillas de la Historia: es la conversión del Imperio Romano, es la formación de la Edad Media, es la reconquista de España a partir de Covadonga, son todos esos acontecimientos que se dan como fruto de las grandes resurrecciones de alma de que los pueblos son también susceptibles. Resurrecciones invencibles, porque no hay nada que derrote a un pueblo virtuoso y que verdaderamente ame a Dios.

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(N. del E. 1): “Todo puedo en Aquél que me da fuerzas”.

Capítulo X

La Contra-Revolución, el pecado y la Redención

1. La Contra-Revolución debe reavivar la noción del bien y del mal

La Contra-Revolución tiene, como una de sus misiones más salientes, la de restablecer o reavivar la distinción entre el bien y el mal, la noción del pecado en tesis, del pecado original y del pecado actual. Esa tarea, cuando es ejecutada con una profunda compenetración del espíritu de la Iglesia, no trae consigo el riesgo de desesperar de la Misericordia Divina, hipocondrismo, misantropía, etc., de que tanto hablan ciertos autores más o menos infiltrados por las máximas de la Revolución.

2. Cómo reavivar la noción del bien y del mal

Se puede reavivar la noción del bien y del mal de varios modos, entre los cuales:

w Evitar todas las formulaciones que tengan sabor de moral laica o interconfesional, pues el laicismo y el interconfesionalismo conducen, lógicamente, al amoralismo.

w Resaltar, en las ocasiones oportunas, que Dios tiene el derecho de ser obedecido, y que, por tanto, sus Mandamientos son verdaderas leyes, a las cuales nos conformamos en espíritu de obediencia, y no sólo porque ellas nos agradan.

w Acentuar que la Ley de Dios es intrínsecamente buena y conforme al orden del universo, en el cual se refleja la perfección del Creador. Por lo que debe no sólo ser obedecida, sino amada, y el mal no sólo debe ser evitado, sino odiado.

w Divulgar la noción de un premio y de un castigo post mortem.

w Favorecer las costumbres sociales y leyes en que el bien sea honrado y el mal sufra sanciones públicas.

w Favorecer las costumbres y las leyes que tiendan a evitar las ocasiones próximas de pecado e incluso aquello que, teniendo mera apariencia de mal, pueda ser nocivo a la moralidad pública.

w Insistir en los efectos del pecado original sobre el hombre y su fragilidad; en la fecundidad de la Redención de Nuestro Señor Jesucristo así como en la necesidad de la gracia, de la oración y de la vigilancia para que el hombre persevere.

w Aprovechar todas las ocasiones para señalar la misión de la Iglesia como maestra de virtud, fuente de la gracia y enemiga irreconciliable del error y del pecado.

Capítulo XI

La Contra-Revolución y la sociedad temporal

La Contra-Revolución y la sociedad temporal es un tema ya tratado a fondo, desde diversos ángulos, en muchas obras de valor. No pudiendo abarcarlo todo, el presente trabajo se ciñe a dar los principios más generales de un orden temporal contra-revolucionario (cfr. especialmente Parte I, cap. VII, 2) y a estudiar las relaciones entre la Contra-Revolución y algunas de las organizaciones más importantes que luchan por un buen orden temporal.

1. La Contra-Revolución y las entidades de carácter social

En la sociedad temporal actúan numerosos organismos destinados a resolver la cuestión social, teniendo en vista, directa o indirectamente, el mismo fin supremo de la Contra-Revolución, la instauración del Reinado de Nuestro Señor Jesucristo. Dada esta comunidad de fines (cfr. Parte II, cap. XII, 7) es importante estudiar las relaciones entre la Contra-Revolución y aquellos organismos.

A. Obras de caridad, servicio social, asistencia social, asociaciones de patrones, de obreros, etc.

w a. En la medida en que las obras del enunciado normalizan la vida económica y social, perjudican el desarrollo del proceso revolucionario. Y, en este sentido, son ipso facto, y aunque de modo apenas implícito e indirecto, auxiliares preciosos de la Contra-Revolución.

w b. Empero, conviene recordar algunas verdades que, desgraciadamente, no es tan raro encontrar obscurecidas entre quienes con abnegación se dedican a esas obras:

X Es cierto que tales obras pueden aliviar, y en ciertos casos suprimir, las necesidades materiales generadoras de tanta rebeldía en las masas. Pero el espíritu de Revolución no nace sobre todo de la miseria. Su raíz es moral, y por tanto religiosa (cfr. León XIII, Encíclica “Graves de Communi”, 18.I.1901, "Bonne Presse", París, vol. VI, p. 212). Así, es preciso que en las obras de que tratamos se fomente, en la medida en que lo permita la naturaleza especial de cada una, la formación religiosa y moral, con especial cuidado de advertir a las almas contra el virus revolucionario, tan fuerte en nuestros días.

X La Iglesia, Madre compasiva, estimula todo cuanto pueda traer alivio a las miserias humanas. Ella no nutre la ilusión de que las eliminará todas. Y predica una santa conformidad con la enfermedad, la pobreza y otras privaciones.

X Es cierto que en esas obras se presentan ocasiones preciosas para crear un clima de comprensión y caridad entre patrones y obreros, y en consecuencia se puede realizar una desmovilización de los espíritus dispuestos para la lucha de clases. Pero sería errado suponer que la bondad desarma siempre la maldad humana. Ni siquiera los incontables beneficios de Nuestro Señor en su vida terrena consiguieron evitar el odio que le tuvieron los malos. Así, aunque en la lucha contra la Revolución de preferencia se deba guiar y esclarecer con cordialidad a los espíritus, es patente que un combate directo y expreso, por todos los medios justos y legales, contra sus varias formas -el comunismo, por ejemplo- es lícito y, generalmente, hasta indispensable.

X Es preciso observar, en particular, que esas obras deben inspirar en sus beneficiarios o asociados una verdadera gratitud por los favores recibidos, o, cuando no se trate de favores sino de actos de justicia, un real aprecio por la rectitud moral inspiradora de tales actos.

X En los párrafos anteriores tuvimos en vista sobre todo al trabajador. Conviene destacar que el contra-revolucionario no es sistemáticamente favorable a una u otra clase social. Muy celoso del derecho de propiedad, debe, sin embargo, recordar a las clases altas que no les basta combatir a la Revolución en los campos en que ésta les ataca sus ventajas, y paradójicamente favorecerla -como tantas veces se ve por las palabras o por el ejemplo, en todos los otros terrenos, como la vida de familia, las playas, las piscinas y otras diversiones, las actividades intelectuales, artísticas, etc. Una clase obrera que siga su ejemplo y acepte sus ideas revolucionarias será forzosamente utilizada por la Revolución contra las élites "semi-contra-revolucionarias".

X De igual forma, será nocivo a la aristocracia y a la burguesía, para desarmar a la Revolución, vulgarizarse en los modales y en los trajes. Una autoridad social que se degrada también es comparable a la sal que no sala. Sólo sirve para ser tirada a la calle, para que sobre ella pisen los transeúntes (cfr. Mt. 5, 13). Así lo harán, en la mayoría de los casos, las multitudes llenas de desprecio.

X Conservándose con dignidad y energía en su situación, las clases altas deben tener un trato directo y benévolo con las demás. La caridad y la justicia practicadas a distancia, no bastan para establecer entre las clases relaciones de amor verdaderamente cristiano.

X Sobre todo recuerden los propietarios que, si hay muchas personas dispuestas a defender contra el comunismo la propiedad privada (concebida, claro está, como un derecho individual con función también social), es por el principio de que ella es deseada por Dios e intrínsecamente conforme a la Ley Natural. Ahora bien, tal principio se refiere tanto a la propiedad del patrón cuanto a la del obrero. En consecuencia, el mismo principio de la lucha contra el comunismo debe llevar al patrón a respetar el derecho del trabajador a un salario justo, adecuado a sus necesidades y a las de su familia. Conviene recordarlo para acentuar que la Contra-Revolución no es sólo la defensora de la propiedad patronal, sino de la de ambas clases. Ella no lucha por intereses de grupos o categorías sociales, sino por principios.

B. Lucha contra el comunismo

Nos referimos con este subtítulo a las organizaciones que no se dedican principalmente a la construcción de un orden social bueno, sino sólo al combate contra el comunismo. Por los motivos ya expuestos en este trabajo, reputamos legítimo y muchas veces hasta indispensable tal tipo de organización. Claro está que de esta forma no identificamos a la Contra-Revolución con abusos que organismos de esta clase puedan haber practicado en uno u otro país.

Sin embargo, consideramos que la eficacia contra-revolucionaria de tales organismos puede ser aumentada en mucho si, aunque conservándose en su terreno especializado, sus miembros tuvieren siempre en vista algunas verdades esenciales:

w Sólo es eficaz una refutación inteligente del comunismo. La mera repetición de “slogans”, aun cuando sean inteligentes y hábiles, no basta.

w Esa refutación, en los medios cultos, debe tener en vista los últimos fundamentos doctrinarios del comunismo. Es importante señalar su carácter esencial de secta filosófica, que deduce de sus principios una peculiar concepción del hombre, de la sociedad, del Estado, de la Historia, de la cultura, etc. Exactamente como la Iglesia deduce de la Revelación y de la Ley Moral todos los principios de la civilización y de la cultura católicas. Entre el comunismo, secta que contiene en sí la plenitud de la Revolución, y la Iglesia, no hay, pues, conciliación posible.

w Las multitudes ignoran el llamado comunismo científico, y no es la doctrina de Marx lo que atrae a las masas. Una acción ideológica anticomunista debe tener en vista en el gran público un estado de espíritu muy difundido, que produce a menudo en los propios adversarios del comunismo cierta vergüenza de volverse contra éste. Procede tal estado de espíritu de la idea, más o menos consciente, de que toda desigualdad es una injusticia, y de que se debe acabar, no sólo con las grandes fortunas, sino también con las medianas, pues si no hubiese ricos tampoco habría pobres. Es, como se ve, un residuo de ciertas escuelas socialistas del siglo XIX, perfumado por un sentimentalismo romántico. De ahí nace una mentalidad que, profesándose anticomunista, sin embargo, frecuentemente, se titula a sí misma de socialista. Esta mentalidad, cada vez más poderosa en Occidente, constituye un peligro mucho mayor que el adoctrinamiento propiamente marxista. Ella nos conduce lentamente por un declive de concesiones, que podrán llegar hasta el punto extremo de transformar en repúblicas comunistas a las naciones de este lado de la Cortina de Hierro. Tales concesiones, que dejan ver una tendencia al igualitarismo económico y al dirigismo, se van notando en todos los campos. La iniciativa privada va siendo cada vez más cercenada. Los impuestos de transmisión causa mortis son tan onerosos que en ciertos casos el Fisco es el mayor heredero. Las interferencias oficiales en materia de cambio, exportación e importación colocan bajo la dependencia del Estado todos los intereses industriales, comerciales y bancarios. En los salarios, en los alquileres, en los precios, en todo interviene el Estado. Tiene industrias, bancos, universidades, periódicos, radioemisoras, canales de televisión, etc. Y al mismo tiempo que el dirigismo igualitario va transformando así la economía, la inmoralidad y el liberalismo van disolviendo la familia y preparando el llamado amor libre.

Sin un combate específico a esta mentalidad, aunque un cataclismo tragara a Rusia y a China, dentro de cincuenta o cien años Occidente sería comunista.

w El derecho de propiedad es tan sagrado que, aunque un régimen diese a la Iglesia toda la libertad, y hasta todo el apoyo, Ella no podría aceptar como lícita una organización social en que todos los bienes fuesen colectivos.

2. Cristiandad y República Universal

La Contra-Revolución, enemiga de la República Universal, tampoco es favorable a la situación inestable y anorgánica creada por la escisión de la Cristiandad y por la secularización de la vida internacional en los Tiempos Modernos.

La plena soberanía de cada nación no se opone a que los pueblos que viven dentro de la Iglesia, formando una vasta familia espiritual, constituyan, para resolver sus cuestiones en el plano internacional, órganos profundamente impregnados de espíritu cristiano y quizá presididos por representantes de la Santa Sede. Tales órganos podrían también favorecer la cooperación de los pueblos católicos para el bien común en todos sus aspectos, en especial en lo que se refiere a la defensa de la Iglesia contra los infieles y a la protección de la libertad de los misioneros en tierras gentílicas o dominadas por el comunismo. Tales órganos podrían, por fin, entrar en contacto con pueblos no católicos para mantener el buen orden en las relaciones internacionales.

Sin negar los importantes servicios que en diversas ocasiones puedan haber prestado en este sentido organismos laicos, la Contra-Revolución debe hacer ver siempre la terrible laguna que significa el carácter laico de éstos, así como alertar a los espíritus contra el riesgo de que esos organismos se transformen en un germen de República Universal (cfr. Parte I, cap. VII, 3, A, k).

3. Contra-Revolución y nacionalismo

En este orden de ideas, la Contra-Revolución deberá favorecer el mantenimiento de todas las sanas características locales, en cualquier terreno, en la cultura, en las costumbres, etc.

Pero su nacionalismo no tiene el carácter de menosprecio sistemático de lo que es de otros, ni de adoración de los valores patrios como si fuesen desligados del gran acervo de la civilización cristiana.

La grandeza que la Contra-Revolución desea para todos los países sólo es y sólo puede ser una: la grandeza cristiana, que implica la preservación de los valores peculiares de cada uno, en la convivencia fraterna entre todos.

4. La Contra-Revolución y el militarismo

El contra-revolucionario debe lamentar la paz armada, odiar la guerra injusta y deplorar la carrera armamentista de nuestros días.

Como, sin embargo, no tiene la ilusión de que la paz reinará siempre, considera una necesidad de este mundo de exilio la existencia de la clase militar, para la cual pide toda la simpatía, todo el reconocimiento, toda la admiración de que se hacen merecedores quienes tienen la misión de luchar

y morir para el bien de todos (cfr. Parte I, cap. XII).

Capítulo XII

La Iglesia y la Contra-Revolución

La Revolución nació, como vimos, de una explosión de pasiones desordenadas, que va conduciendo a la destrucción de toda la sociedad temporal, a la completa subversión del orden moral, a la negación de Dios. El gran blanco de la Revolución es, pues, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, Maestra infalible de la verdad, tutora de la Ley Natural y, así, fundamento último del propio orden temporal.

Establecido esto, conviene estudiar la relación entre la Institución divina que la Revolución quiere destruir, y la Contra-Revolución.

1. La Iglesia es algo mucho más alto y más amplio que la Revolución y la Contra-Revolución

La Revolución y la Contra-Revolución son episodios importantísimos de la Historia de la Iglesia, pues constituyen el propio drama de la apostasía y de la conversión del Occidente cristiano. Pero, en fin, son meros episodios.

La misión de la Iglesia no se extiende sólo a Occidente, ni se circunscribe cronológicamente a la duración del proceso revolucionario. "Alios ego vidi ventos; alias prospexi animo procellas" (Cicerón, Familiares, 12, 25, 5), podría Ella decir ufana y tranquila en medio de las tormentas por las que hoy pasa. La Iglesia ya luchó en otras tierras, con adversarios oriundos de otros pueblos, y por cierto enfrentará todavía, hasta el fin de los tiempos, problemas y enemigos bien diversos de los de hoy.

Su objetivo consiste en ejercer su poder espiritual directo y su poder temporal indirecto, para la salvación de las almas. La Revolución fue un obstáculo que se levantó contra el ejercicio de esa misión. La lucha contra tal obstáculo concreto, entre tantos otros, no es para la Iglesia sino un medio circunscripto a las dimensiones del obstáculo; medio importantísimo, claro está, pero simple medio.

Así, aunque la Revolución no existiese, la Iglesia haría todo cuanto hace para la salvación de las almas.

Podremos dilucidar el asunto si comparamos la posición. de la Iglesia, frente a la Revolución y a la Contra-Revolución, con la de una nación en guerra.

Cuando Aníbal estaba a las puertas de Roma, fue necesario levantar y dirigir contra él todas las fuerzas de la República. Era una reacción vital contra el poderosísimo y casi victorioso adversario. ¿Era Roma sólo la reacción contra Aníbal? ¿Cómo pretenderlo?

Igualmente absurdo sería imaginar que la Iglesia es sólo la Contra-Revolución.

Por otra parte, corresponde aclarar que la Contra-Revolución no está destinada a salvar a la Esposa de Cristo. Apoyada en la promesa de su Fundador, Esta no precisa de los hombres para sobrevivir.

Por el contrario, la Iglesia es quien da vida a la Contra-Revolución, la cual, sin Ella, no sería factible, ni siquiera concebible.

La Contra-Revolución quiere concurrir para que se salven tantas almas amenazadas por la Revolución, y se alejen los cataclismos que amenazan a la sociedad temporal. Para esto debe apoyarse en la Iglesia, y humildemente servirla, en lugar de imaginar orgullosamente que la salva.

2. La Iglesia tiene el mayor interés en el aplastamiento de la Revolución

Si la Revolución existe, si ella es lo que es, está en la misión de la Iglesia, es del interés de la salvación de las almas, es capital para la mayor gloria de Dios que la Revolución sea aplastada.

3. La Iglesia es, pues, una fuerza fundamentalmente contra-revolucionaria

Tomando el vocablo Revolución en el sentido que le damos, el enunciado es la conclusión obvia de lo que arriba dijimos. Afirmar lo contrario sería decir que la Iglesia no cumple su misión.

4. La Iglesia es la mayor de las fuerzas contra-revolucionarias

La primacía de la Iglesia entre las fuerzas contra-revolucionarias es obvia, si consideramos el número de los católicos, su unidad, su influencia en el mundo. Pero esta legítima consideración de recursos naturales tiene una importancia muy secundaria. La verdadera fuerza de la Iglesia está en ser el Cuerpo Místico de Nuestro Señor Jesucristo.

5. La Iglesia es el alma de la Contra-Revolución

Si la Contra-Revolución es la lucha para extinguir la Revolución y construir la Cristiandad nueva, resplandeciente de fe, de humilde espíritu jerárquico y de inmaculada pureza, es claro que esto se realizará sobre todo por una acción profunda en los corazones. Ahora bien, esta acción es obra propia de la Iglesia, que enseña la doctrina católica y la hace amar y practicar. La Iglesia es, pues, la propia alma de la Contra-Revolución.

6. La exaltación de la Iglesia es el ideal de la Contra-Revolución

Proposición evidente. Si la Revolución es lo contrario de la Iglesia, es imposible odiar la Revolución (considerada en su globalidad, y no en algún aspecto aislado) y combatirla, sin ipso facto tener por ideal la exaltación de la Iglesia.

7. El ámbito de la Contra-Revolución excede, de algún modo, al de la Iglesia

Por lo que quedó dicho, la acción contra-revolucionaria implica una reorganización de toda la sociedad temporal: "Hay todo un mundo que debe ser reconstruido desde sus fundamentos", dijo Pío XII ante los escombros con que la Revolución cubrió la tierra entera (Exhortación a los fieles de Roma, 10.II.1952, “Discorsi e Radiomessaggi”, vol. XIII, p. 471).

Ahora bien, si, por una parte, esta tarea de una fundamental reorganización contra-revolucionaria de la sociedad temporal debe ser del todo inspirada por la doctrina de la Iglesia, por otra, envuelve un sinnúmero de aspectos concretos y prácticos que están propiamente en el orden civil. Y a este título la Contra-Revolución rebasa el ámbito eclesiástico, aunque continúa siempre profundamente ligada a la Iglesia en lo que se refiere al Magisterio y a su poder indirecto.

8. Si todo católico debe ser contra-revolucionario

En la medida en que es apóstol, el católico es contra-revolucionario. Pero puede serlo de diferentes modos.

A. El contra-revolucionario implícito

Puede serlo implícita y, por así decirlo, inconscientemente. Es el caso de una Hermana de la Caridad en un hospital. Su acción directa tiene en vista la cura de los cuerpos, y sobre todo el bien de las almas. Ella puede ejercer esta acción sin hablar de Revolución y Contra-Revolución. Puede inclusive vivir en condiciones tan especiales que ignore el fenómeno “Revolución y Contra-Revolución”. Sin embargo, en la medida en que realmente haga bien a las almas, estará obligando a retroceder en ellas la influencia de la Revolución, lo que implícitamente es hacer Contra-Revolución.

B. Modernidad de una explicitación contra-revolucionaria

En una época como la nuestra, toda inmersa en el fenómeno “Revolución y Contra-Revolución”, nos parece condición de sana modernidad conocerlo a fondo y tomar ante él la actitud perspicaz y enérgica que las circunstancias piden.

Así, creemos sumamente deseable que todo apostolado actual, siempre que fuere el caso, tenga una intención y un tonus explícitamente contra-revolucionario.

En otros términos, juzgamos que el apóstol realmente moderno, cualquiera que sea el campo a que se dedique, aumentará mucho la eficacia de su trabajo si supiere discernir en él la Revolución, y marcar, como corresponde, con un cuño contra-revolucionario todo cuanto hiciere.

C. El contra-revolucionario explícito

No obstante, nadie negará que sea lícito que ciertas personas tomen como tarea propia desarrollar en los medios católicos y no católicos un apostolado específicamente contra-revolucionario. Esto lo harán proclamando la existencia de la Revolución, describiendo su espíritu, su método, sus doctrinas, e incitando a todos a la acción contra-revolucionaria.

Haciéndolo, estarán poniendo sus actividades al servicio de un apostolado especializado tan natural y meritorio (y por cierto más profundo) cuanto el de los que se especializan en la lucha contra otros adversarios de la Iglesia, como el espiritismo o el protestantismo.

Ejercer influencia en los más variados medios católicos o no católicos a fin de alertar a los espíritus contra los males del protestantismo, por ejemplo, es ciertamente legítimo, y necesario para una acción antiprotestante inteligente y eficaz. Análogo procedimiento deberán tener los católicos que se entreguen al apostolado de la Contra-Revolución.

Los posibles excesos de ese apostolado -que los puede tener como otro cualquiera- no invalidan el principio que establecemos. Pues "abusus non tollit usum".

D. Acción contra-revolucionaria que no constituye apostolado

Hay, en fin, contra-revolucionarios que no hacen apostolado en sentido estricto, pues se dedican a la lucha en ciertos campos como el de la acción específicamente cívico-partidista, o del combate a la Revolución por medio de iniciativas económicas. Se trata, por lo demás, de actividades muy relevantes, que sólo pueden ser vistas con simpatía.

9. Acción Católica y Contra-Revolución

Si empleamos la palabra Acción Católica en el sentido legítimo que le dio Pío XII, es decir, conjunto de asociaciones que, bajo la dirección de la Jerarquía, colaboran con el apostolado de ésta, la Contra-Revolución en sus aspectos religiosos y morales es, a nuestro modo de ver, parte importantísima del programa de una Acción Católica sanamente moderna.

La acción contra-revolucionaria puede ser hecha, naturalmente, por una sola persona, o por la conjugación, a título privado, de varias. Y, con la debida aprobación eclesiástica, puede hasta culminar en la formación de una asociación religiosa especialmente destinada a la lucha contra la Revolución.

Es obvio que la acción contra-revolucionaria en el terreno estrictamente partidista o económico no forma parte de los fines de la Acción Católica.

10. La Contra-Revolución y los no católicos

¿Puede la Contra-Revolución aceptar la cooperación de no católicos? ¿Podemos hablar de contra-revolucionarios protestantes, musulmanes, etc.? La respuesta precisa ser muy matizada.

Fuera de la Iglesia no existe auténtica Contra-Revolución (cfr. N° 5, supra). Pero podemos admitir que, por ejemplo, determinados protestantes o musulmanes se encuentren en el estado de alma de quien comienza a percibir toda la malicia de la Revolución y a tomar posición contra ella. De personas así es de esperar que lleguen a oponer a la Revolución barreras a veces muy importantes: si correspondieren a la gracia, podrán volverse católicos excelentes y, por tanto, contra-revolucionarios eficientes. Mientras no lo fueren, en todo caso crean obstáculos en alguna medida a la Revolución y pueden hasta hacerla retroceder. En el sentido pleno y verdadero de la palabra, ellos no son contra-revolucionarios.

Pero se puede y hasta se debe aprovechar su cooperación, con el cuidado que, según las directrices de la Iglesia, tal cooperación exige.

Particularmente deben ser tomados en cuenta por los católicos los peligros inherentes a las asociaciones interconfesionales, según sabiamente advirtió San Pío X: "En efecto, sin hablar de otros puntos, son incontestablemente graves los peligros a que, por causa de asociaciones de esta especie, los nuestros exponen o con certeza pueden exponer, sea la integridad de su fe, sea la justa obediencia a las leyes y preceptos de la Iglesia Católica" (Encíclica “Singulari Quadam”, 24.IX.1912, "Bonne Presse", París, vol. II, p. 275).

El mejor apostolado llamado "de conquista" debe tener por objeto esos no católicos de tendencias contra-revolucionarias.


Parte III:

“Revolución y Contra-Revolución”

VEINTE AÑOS DESPUÉS

Agregada en 1976, y comentada por el Autor en 1992*

* Los comentarios del Autor, de 1992, están indicados expresamente.


Nota del Editor sobre la Parte IIII

  • Los comentarios agregados por el Autor a esta Parte III en 1992 van intercalados en el texto, precedidos de signos que indican el comienzo y término de cada uno.
  • Incluyen afirmaciones del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, cuya elevación al supremo Pontificado como Benedicto XVI realza el valor y alcance de las mismas.
  • Son del Autor las notas a esta Parte III, salvo las identificadas como “Nota del editor”.

Capítulo I

La Revolución, un proceso en continua transformación

Aquí terminaba, en sus anteriores ediciones, el ensayo “Revolución y Contra Revolución”; seguíanse sólo las breves palabras de piedad y de entusiasmo que constituían la "Conclusión".

Habiendo transcurrido desde 1959 hasta aquí tanto tiempo -repleto de acontecimientos- cabría preguntar si, sobre las materias que trata el ensayo, habría hoy algo más que decir. La respuesta no podría dejar de ser afirmativa. Es lo que se presenta enseguida al lector.

1. “Revolución y Contra-Revolución” y TFPs: Veinte años de acción y de lucha

... "Veinte años después": el título de la novela de Alejandro Dumas -tan apreciada por los adolescentes de Brasil hasta el momento, ya distante, en que profundas transformaciones psicológicas destruyeron el gusto por ese género literario- viene a nuestro espíritu, por una asociación de imágenes, cuando comenzamos a escribir estas notas.

Nos volvimos, hace poco, al año 1959. Estamos terminando el año 1976. Ya no está lejos, pues, el fin de la segunda década en que este libro circula. -Veinte años...

En este período, las ediciones de este ensayo se han multiplicado (1).

“Revolución y Contra-Revolución”: no tuvimos el propósito de hacer de él un mero estudio. Lo escribimos también con la intención de que fuese un libro de cabecera para cerca de un centenar de jóvenes brasileños que nos pidieron que orientásemos y coordinásemos sus esfuerzos, teniendo en

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(N. del Editor 1): publicado inicialmente en la revista “Catolicismo”, de Brasil, “Revolución y Contra-Revolución” ha tenido amplia difusión mundial. Hasta el presente ha habido 35 ediciones de “Revolución y Contra-Revolución”, en 8 idiomas y en 16 países, totalizando más de 150 mil ejemplares.

vista los problemas y los deberes que entonces enfrentaban. Ese puñado inicial -semilla de la futura TFP- se extendió enseguida por el territorio brasileño, de dimensiones continentales. Circunstancias propicias favorecieron, pari passu, la formación y el desarrollo de entidades hermanas y autónomas en toda América del Sur. Lo mismo fue sucediendo, después, en los Estados Unidos, Canadá, España y Francia. Afinidades de pensamiento y relaciones cordiales promisorias están comenzando a vincular, más recientemente, esa extensa familia de entidades, a personalidades y asociaciones de otros países de Europa. El Bureau “Tradition, Famille, Propriété”, fundado en París en 1973, viene dedicándose a fomentar en lo posible los contactos y aproximaciones que de ahí resulten.

Estos veinte años fueron, pues, de expansión. Sí, de expansión, pero también de intensa lucha contra-revolucionaria.

Los resultados alcanzados de esa forma han sido considerables. No es éste el momento de enumerarlos a todos (2). Nos ceñimos a decir que, en cada uno de los países donde existe una TFP u organización afín, ésta viene combatiendo sin tregua a la Revolución, o sea, de modo especial, en el campo religioso, al llamado izquierdismo católico; y en el temporal, al comunismo. Incluimos como genuino combate al comunismo la lucha contra todas las modalidades de socialismo, pues éstas son sólo etapas preparatorias o formas larvadas de aquel. Tal combate se ha desarrollado siempre según los principios, las metas y las normas de la Parte II de este estudio (3).

Los frutos así obtenidos demuestran bien el acierto de lo que, sobre los temas indisociables de la Revolución y de la Contra-Revolución, está dicho en la presente obra.

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(N. del Editor 2): ver el libro: “Tradición, Familia, Propiedad, Un ldeal, un Lema, una Gesta -La Cruzada del Siglo XX”, San Pablo, 1990, que incluye amplios datos históricos acerca de las TFP, así como de los Bureaux-TFP, existentes en 22 países, en los cinco continentes, y los sitios de internet respectivos y de la revista “Catolicismo”.

(N. del Editor 3): a respecto del combate a las formas de socialismo más recientemente difundidas, merece especial destaque el Mensaje del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira “El socialismo autogestionario, frente al comunismo: ¿barrera o cabeza de puente?”, amplísimamente divulgado en 1982 (publicado en 50 grandes diarios y revistas de Occidente, con un total de más de 33 millones de ejemplares). Con motivo del Mensaje, el Autor recibió carta altamente elogiosa de Friedrich A. Hayek, Premio Nobel de Economía.

2. En un mundo que se viene transformando continua y aceleradamente, ¿permanece actual en los presentes días “Revolución y Contra-Revolución”? - La respuesta es afirmativa

Al mismo tiempo que se multiplicaban en los cinco continentes las ediciones y los frutos de “Revolución y Contra-Revolución” (4), el mundo -impelido por el proceso revolucionario que desde hace cuatro siglos lo viene subyugando- pasó por tan rápidas y profundas transformaciones que, al lanzar esta nueva edición, cabe preguntar, según ya consignamos, si en función de ellas debería ser rectificado o agregado algo en relación a lo que fue por nosotros escrito en 1959.

“Revolución y Contra-Revolución” se sitúa, sea en el campo doctrinario, sea en un campo doctrinario-práctico muy próximo de la pura doctrina. Así, no debe sorprender que, a nuestro juicio, no haya ocurrido hecho alguno capaz de alterar lo que en el estudio está contenido.

Por cierto, muchos métodos y estilos de acción usados por la TFP brasileña, entidad en vías de constituirse en 1959 -así como por sus entidades hermanas- fueron substituidos o adaptados a nuevas circunstancias. Y otros fueron innovados. Pero ellos se sitúan, todos, en un campo inferior, ejecutivo y práctico. De ellos no trata, por tanto, “Revolución y Contra-Revolución”. De ahí que no haya que introducir modificaciones en la obra.

A pesar de todo esto, mucho habría que añadir si quisiésemos relacionar “Revolución y Contra-Revolución” con los nuevos horizontes que la Historia viene abriendo. Ello no cabría en este simple añadido. Pensamos, no obstante, que una reseña de lo que hizo la Revolución en estos veinte años, una mise au point del panorama mundial por ella transformado, puede ser útil para que el lector relacione fácil y cómodamente el contenido del libro con la realidad presente. Es lo que haremos a continuación.

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(N. del Editor 4): “Revolución y Contra-Revolución” ha tenido también expresiva difusión en Australia, Africa del Sur y Filipinas.

Capítulo II

Apogeo y crisis de la Tercera Revolución

1. Apogeo de la III Revolución

Como vimos (cfr. Introducción y Parte I, cap. III, 3, A-D), tres grandes revoluciones constituyeron las etapas capitales del proceso de gradual demolición de la Iglesia y de la civilización cristiana: en el siglo XVI, el Humanismo, el Renacimiento y el Protestantismo (I Revolución); en el siglo XVIII, la Revolución Francesa (II Revolución); y en la segunda década de este siglo, el Comunismo (III Revolución).

Esas tres revoluciones sólo son comprensibles como partes de un inmenso todo, es decir, la Revolución.

Siendo la Revolución un proceso, desde 1917 hasta aquí la III Revolución obviamente continuó su marcha. Ella se encuentra, en este momento, en un verdadero apogeo.

P Comentario agregado por el Autor en 1992

Crisis en la III Revolución, consecuencia inevitable

de las utopías marxistas

En la más amplia de las escalas, esto es, en la escala internacional, ese apogeo era notorio. Lo dice el texto un poco más adelante. Con el pasar del tiempo ese cuadro puede ser pintado con trazos aún más amplios, sea por la extensión y por la población de las naciones efectiva y plenamente sujetas a regímenes comunistas, sea por la amplitud de la propaganda roja y por la importancia de los partidos comunistas en el mundo occidental, sea, en fin, por la penetración de las tendencias comunistas en los diversos dominios de la cultura de esos países. Todo esto, aumentado por el pánico mundial generado por la amenaza atómica que la agresividad soviética, servida por un poder nuclear innegable, hacía pender sobre todos los continentes.

Tan múltiples factores daban origen a una política de blandura y de capitulación casi universal en relación a Moscú. La “Ostpolitik” alemana y la vaticana, el viento mundial de un pacifismo incondicionalmente desarmamentista, el pulular de “slogans” y de fórmulas políticas que preparaban tantas burguesías aún no comunistas para aceptar el comunismo como un hecho que sería consumado en un futuro no distante: todos hemos vivido bajo la compresión psicológica de ese optimismo de izquierda, que era enigmático como una esfinge para los centristas indolentes, y amenazador como un Leviatán para quien, como las TFPs y los seguidores de “Revolución y Contra-Revolución” en tantos países, discernía bien el "apocalipsis" a que todo eso iba conduciendo.

¡Cuán pocos eran, entonces, los que advertían que ese Leviatán cargaba en sí una crisis in crescendo que no lograba resolver, porque era el

fruto inevitable de las utopías marxistas! La crisis fue creciendo y parece haber desintegrado el Leviatán. Pero, como se verá adelante, esa desintegración a su vez difundió por todo el Universo un clima de crisis aún más letal.

* * *

O

Continuación del texto de 1976

Considerados los territorios y las poblaciones sometidos a regímenes comunistas, la III Revolución dispone de un imperio mundial sin precedentes en la Historia. Este imperio es factor continuo de inseguridad y de división entre las mayores naciones no comunistas.

Por otro lado, están en las manos de los líderes de la III Revolución los hilos que mueven, en todo el mundo no comunista, a los partidos declaradamente comunistas y a la inmensa red de cripto-comunistas, para-comunìstas e idiotas-útiles, infiltrados no sólo en los partidos no declaradamente comunistas -socialistas y otros- sino también en las iglesias(*), en las organizaciones profesionales y culturales, en los bancos, en la prensa, en la televisión, en la radio, en el cine, etc.

Y, como si todo esto no bastase, la III Revolución maneja con terrible eficacia las tácticas de conquista psicológica de las que más adelante hablaremos. Por medio de éstas, el comunismo está consiguiendo reducir a un sopor displicente y abobado a inmensas parcelas no-comunistas de la opinión pública occidental. Tales tácticas permiten a la III Revolución esperar, en este terreno, éxitos aún más útiles para ella, y desconcertantes para los observadores que analizan los hechos desde fuera de ella.

La inercia, cuando no la ostensible y substanciosa colaboración de tanto gobierno burgués de Occidente con el tan poderoso comunismo, configura un terrible cuadro de conjunto.

En estas condiciones, si el curso del proceso revolucionario continúa como hasta aquí, es humanamente inevitable que el triunfo general de la III Revolución acabe imponiéndose en el mundo entero. ¿Dentro de cuánto tiempo? Muchos se asustarán si, a título de mera hipótesis, sugerimos veinte años más. Les parecerá sorprendentemente exiguo el plazo. Sin embargo, en realidad, ¿quién podrá garantizar que ese desenlace no sobrevenga dentro de diez o de cinco años, o aun antes?

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(*)

Hablamos de la infiltración del comunismo en las varias iglesias. Es indispensable registrar que tal infiltración constituye un peligro supremo para el mundo, específicamente en cuanto llevada a cabo en la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana. Pues ésta no es sólo una especie en el género "iglesias". Es la única Iglesia viva y verdadera del Dios vivo y verdadero, la única Esposa mística de Nuestro Señor Jesucristo, la cual no está en relación a las otras iglesias como un brillante mayor y más rutilante en relación a brillantes menores y menos rutilantes; sino como el único brillante verdadero en relación a "congéneres" de vidrio...

Comparando los horizontes de 1959 con los de 1976, la proximidad o la eventual inminencia de esta gran hecatombe es sin duda una de las notas que indican mayor transformación en la coyuntura mundial.

A. En la ruta del apogeo, la III Revolución evitó cuidadosamente las aventuras totales e inútiles

Si bien que esté en las manos de los mentores de la III Revolución lanzarse, de un momento a otro, a una aventura para la conquista total del mundo mediante una serie de guerras, de jugadas políticas, de crisis económicas y de revoluciones sangrientas, es fácil ver que tal aventura presenta considerables riesgos. Los mentores de la III Revolución sólo aceptarán correrlos si esto les pareciere indispensable.

En efecto, si el empleo continuo de los métodos clásicos llevó al comunismo al actual ápice de poder, sin exponer el proceso revolucionario sino a riesgos cuidadosamente circunscriptos y calculados, es explicable que los guías de la Revolución mundial esperen alcanzar la cabal dominación del mundo sin someter su obra al riesgo de catástrofes irremediables, inherente a toda gran aventura.

B. ¿Aventura, en las próximas etapas de la III Revolución?

Ahora bien, el éxito de los métodos habituales de la III Revolución está comprometido por el surgimiento de circunstancias psicológicas desfavorables, las cuales se acentuaron fuertemente a lo largo de los últimos veinte años. ¿Forzarán tales circunstancias al comunismo a optar, de aquí en más, por la aventura?

P Comentario agregado en 1992

Perestroika y glasnost: ¿Desmantelamiento de la III Revolución

o metamorfosis del comunismo?

En el ocaso del año 1989 les pareció, a los supremos dirigentes del comunismo internacional, llegado por fin el momento de lanzar una inmensa maniobra política, la mayor de la historia del comunismo. Esta consistiría en derribar la Cortina de Hierro y el Muro de Berlín, lo cual, produciendo sus efectos en forma simultánea a la ejecución de los programas "liberalizantes" de la glasnost (1985) y de la perestroika (1986), precipitaría el aparente desmantelamiento de la III Revolución en el mundo soviético.

A su vez, tal desmantelamiento le atraería a su supremo promotor y ejecutor, Mikhail Gorbachev, la simpatía enfática y la confianza sin reservas de las potencias occidentales y de muchos de los poderes económicos privados del Primer Mundo.

A partir de esto, el Kremlin podría esperar un flujo asombroso de recursos financieros en favor de sus vacías arcas. Esas esperanzas fueron amplísimamente confirmadas por los hechos, proporcionándole a Gorbachev y a su equipo la posibilidad de continuar flotando, con el timón en la mano, sobre el mar de miseria, de indolencia y de inacción frente al cual la infeliz población rusa, sujeta hasta hace poco al capitalismo de Estado integral, se va comportando hasta el momento con una pasividad desconcertante. Pasividad ésta propicia a la generalización del marasmo, del caos y, quizás, a la formación de una crisis conflictiva interna susceptible, a su vez, de degenerar en una guerra civil... o mundial (5).

Fue en este cuadro que irrumpieron los sensacionales y brumosos acontecimientos de agosto de 1991, protagonizados por Gorbachev, Yeltsin y otros co-autores de esa jugada, quienes abrieron paso a la transformación de la URSS en una floja confederación de Estados y, después, a su desmantelamiento.

Se habla de la eventual caída del régimen de Fidel Castro en Cuba y de la posible invasión de Europa occidental por hordas de hambrientos venidos del Este y del Magreb. Los diversos intentos de desvalidos albaneses de penetrar en Italia habrían sido algo así como un primer ensayo de esta nueva “invasión de bárbaros" a Europa.

No faltan quienes, en la Península Ibérica como en otros países de Europa, vean tales hipótesis en conjunción con la acción de presencia de las multitudes de mahometanos, despreocupadamente admitidas en años anteriores en varios puntos de ese continente, y con los proyectos de construcción de un puente sobre el estrecho de Gibraltar, que ligaría el Norte de Africa al territorio español, lo que favorecería a su vez otras invasiones musulmanas a Europa.

¡Curiosa semejanza de efectos de la caída de la Cortina de Hierro y de la construcción de tal puente: ambos abrirían ese continente a invasiones análogas a las que Carlomagno rechazó victoriosamente, es decir, la de hordas bárbaras o semi-bárbaras venidas del Este y hordas mahometanas venidas de regiones al sur del continente europeo!

Se diría que el cuadro pre-medieval se recompone. Pero algo falta: el ardor de la Fe primaveral de las poblaciones católicas llamadas a hacer frente simultáneamente a ambos impactos. Pero sobre todo falta alguien; pues ¿dónde encontrar hoy en día un hombre de la estatura de Carlomagno?

Si imaginamos el desarrollo de las hipótesis enunciadas, cuyo principal escenario sería Occidente, sin duda nos asombrará la magnitud y

el dramatismo de las consecuencias que las mismas traerían consigo.

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(N. del Editor 5): bajo el título “Comunismo y Anti-comunismo en el umbral de la última década de este milenio”, fue lanzada, a partir de febrero de 1990, una firme interpelación del Autor a los líderes comunistas rusos y occidentales, a propósito de la perestroika. Publicada en 50 diarios de 20 países, alcanzó gran repercusión, especialmente en Italia.

Sin embargo, esta visión de conjunto ni de lejos abarca la totalidad de los efectos que voces autorizadas, procedentes de círculos intelectuales sensiblemente opuestos entre sí y de imparciales órganos de comunicación, nos anuncian en estos días.

Por ejemplo, la creciente oposición entre países consumidores y países pobres. O, en otros términos, entre naciones ricas industrializadas y otras que son meras productoras de materias primas.

Nacería de allí un entrechoque de proporciones mundiales entre ideologías diversas, agrupadas, de un lado, en torno al enriquecimiento indefinido, y del otro, al sub-consumo miserabilista. En vista de ese eventual entrechoque, es imposible no recordar la lucha de clases preconizada por Marx. Y de ahí surge naturalmente una pregunta: ¿será tal lucha una proyección, en términos mundiales, de un embate análogo al que Marx concibió ante todo como fenómeno socio-económico interno de las naciones, conflicto en el cual participaría cada una de ellas con características propias?

En esa hipótesis, ¿la lucha entre el Primer y el Tercer Mundo pasará a servir de camuflaje por medio del cual el marxismo, avergonzado de su catastrófico fracaso socio-económico, y metamorfoseado, trataría de alcanzar la victoria final, con renovadas posibilidades de éxito? Victoria que, hasta el momento, escapó de las manos de Gorbachev, quien, si bien no es ciertamente el doctor, es, al menos, una mezcla de bardo y de prestidigitador de la perestroika...

De la perestroika, sí, de la cual no es posible dudar que sea un requinte(6) del comunismo, pues lo confiesa su propio autor en el ensayo propagandístico “Perestroika - Nuevas ideas para mi país y el mundo” (Ed. Best Seller, San Pablo, 1987, pág. 35): "La finalidad de esta reforma es garantizar (...) la transición de un sistema de dirección, excesivamente centralizado y dependiente de órdenes superiores, a un sistema democrático, basado en una combinación de centralismo democrático y autogestión" . Autogestión ésta que, por lo demás, era "el objetivo supremo del Estado soviético", según lo establecía la propia Constitución de la ex-URSS en su Preámbulo.

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(N. del Editor 6): una acentuación, un perfeccionamiento, una radicalización, cfr. Parte I, cap. VI, 3.

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O

Continuación del texto de 1976

2. Obstáculos inesperados para la aplicación de los métodos clásicos de la III Revolución

A. Declinación del poder persuasivo

Examinemos ante todo tales circunstancias (desfavorables al comunismo, enunciadas en el ít. 1, B).

La primera de ellas es la declinación del poder persuasivo del proselitismo comunista.

Hubo un tiempo en que el adoctrinamiento explícito y categórico fue, para el comunismo internacional, el principal medio de reclutamiento de adeptos.

Por motivos que sería largo enumerar, en amplios sectores de la opinión pública de casi todo Occidente, las condiciones se volvieron hoy en muy ponderable medida adversas a tal adoctrinamiento. Disminuyó visiblemente el poder persuasivo de la dialéctica y de la propaganda comunista doctrinaria, integral y ostensible.

Así se explica que, en nuestros días, la propaganda comunista procure cada vez más hacerse de modo camuflado, suave y lento. Tal camuflaje se hace o bien difundiendo los principios marxistas, dispersos y velados, en la literatura socialista, o bien insinuando en la propia cultura que llamaríamos "centrista" principios que, a la manera de gérmenes, se multiplican, llevando a los centristas a la aceptación inadvertida y gradual de toda la doctrina comunista.

B. Declinación del poder de liderazgo revolucionario

A la disminución del poder persuasivo directo del credo rojo sobre las multitudes, que denota el recurso a dichos medios oblicuos, lentos y trabajosos, se agrega la correlativa caída del poder de liderazgo revolucionario del comunismo.

Examinemos cómo se manifiestan esos fenómenos correlativos y cuáles son sus frutos.

w Odio, lucha de clases, Revolución

En esencia, el movimiento comunista es y se considera a sí mismo una revolución nacida del odio de clases. La violencia es el método más coherente con ésta. Es el método directo y fulminante, del cual los mentores del comunismo esperaban, con el mínimo de riesgos, el máximo de resultados en el mínimo de tiempo.

El presupuesto de este método es la capacidad de liderazgo de los varios Partidos Comunistas, por medio de la cual les era dado a éstos crear descontentos, transformar los descontentos en odios, articular esos odios en una inmensa conjuración y llevar así a cabo, con la fuerza "atómica" del ímpetu de esos odios, la demolición del orden actual y la implantación del

comunismo.

w Declinación del liderazgo del odio y del uso de la violencia

Ahora bien, también ese liderazgo del odio va escapando de las manos de los comunistas.

No nos extendemos aquí en la explicación de las complejas causas de tal hecho. Nos limitamos a hacer notar que, en el transcurso de esos veinte años, la violencia les fue dando ventajas cada vez menores. Para probarlo baste recordar el invariable fracaso de las guerrillas y del terrorismo diseminados por Cuba en toda América Latina.

Es verdad que, en Africa, la violencia viene arrastrando a casi todo el Continente en dirección al comunismo. Pero el hecho es muy poco representativo de las tendencias de la opinión pública en el resto del mundo. Pues el primitivismo de la mayor parte de las poblaciones aborígenes de dicho Continente las sitúa en condiciones peculiares e inconfundibles. Y la violencia allí no logró obtener adeptos por motivos ideológicos principalmente, sino también por resentimientos anticolonialistas, de los que la propaganda comunista supo valerse con su acostumbrada astucia.

w Fruto y prueba de esa caída:

la III Revolución se metamorfosea en revolución risueña

La prueba más clara de que la III Revolución viene perdiendo en los últimos veinte o treinta años su capacidad de crear y de liderar el odio revolucionario es la metamorfosis que ella se impuso.

En la época del deshielo post-staliniano con Occidente, la III Revolución se puso una máscara sonriente, de polémica se volvió dialogante, simuló estar cambiando de mentalidad y de actitud temperamental y se abrió a toda especie de colaboraciones con los adversarios que antes intentaba aplastar por la violencia.

En la esfera internacional, la Revolución pasó así, sucesivamente, de la guerra fría a la coexistencia pacífica, después a la “caída de las barreras ideológicas" y, por fin, a la franca colaboración con las potencias capitalistas, designada, en el lenguaje publicitario, como "Ostpolitik" o "détente”.

En la esfera interna de los diversos países de Occidente, la “politique de la main tendue”, que fuera, en la era de Stalin un mero artificio para seducir a pequeñas minorías católicas izquierdistas, se transformó en una verdadera "détente” entre comunistas y pro-capitalistas, medio ideal usado por los rojos para entablar relaciones cordiales y aproximaciones dolosas con todos sus adversarios, pertenecientes ya a la esfera espiritual, ya a la temporal. De ahí derivó una serie de tácticas "amistosas", como la de los compañeros de ruta, la del eurocomunismo legalista, afable y prevenido contra Moscú, la del compromiso histórico, etc.

Como ya dijimos, todas estas estratagemas presentan hoy ventajas para la III Revolución. Pero estas ventajas son lentas, graduales y subordinadas en su fructificación a mil factores variables.

En el auge de su poder, la III Revolución dejó de amenazar y agredir, y pasó a sonreír y pedir. Dejó de avanzar a paso militar, usando botas de cosaco, para progresar lentamente, a paso discreto. Abandonó el camino recto -siempre el más corto- y escogió un zig-zag en cuyo recorrido no faltan las incertidumbres.

¡Qué inmensa transformación en veinte años!

C. Objeción: los éxitos comunistas en Italia y en Francia

Alguien dirá, empero, que los éxitos alcanzados por el comunismo por medio de dicha táctica, tanto en Italia como en Francia, no permiten afirmar que esté en retroceso en el mundo libre. O que, por lo menos, su progreso sea más lento que el del sañudo comunismo de las eras de Lenín y de Stalin.

Ante todo, a tal objeción se debe responder que las recientes elecciones generales en Suecia, en Alemania Occidental y en Finlandia, como también las elecciones regionales y la presente inestabilidad del gabinete laborista en Inglaterra, hablan elocuentemente de la inapetencia de las grandes masas respecto a los "paraísos" socialistas, la violencia comunista, etc. (*) .

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(*) Esa tan amplia saturación anti-socialista en Europa occidental, aunque se trate fundamentalmente de un fortalecimiento del centro y no de la derecha, tiene un alcance indiscutible en la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución. Pues en la medida en que el socialismo europeo sienta que va perdiendo sus bases, sus jefes tendrán que hacer alardes de distanciamiento y hasta de desconfianza en relación al comunismo. A su vez, las corrientes centristas, para no ser confundidas por sus propios electorados con los socialistas, tendrán que manifestar una posición anticomunista aún más acentuada que la de estos últimos. Y las alas derechas de los partidos centristas tendrán que declararse hasta militantemente anti-socialistas.

En otros términos, pasará con las corrientes izquierdistas y centristas favorables a la colaboración con el comunismo, lo mismo que ocurre con un tren cuando la locomotora es frenada de modo brusco. El vagón que le sigue inmediatamente recibe el choque y es proyectado en dirección opuesta al rumbo que venía siguiendo. A su vez ese primer vagón comunica el choque, con efecto análogo, al segundo vagón. Y así sucesivamente hasta el fin del convoy.

¿Será la presente acentuación de la alergia anti-socialista tan sólo la primera manifestación de un fenómeno profundo, llamado a empobrecer en forma duradera el proceso revolucionario? ¿O será un mero espasmo ambiguo y pasajero del sentido común, en medio del caos contemporáneo? -Es lo que los hechos hasta aquí ocurridos no nos permiten aún decir.

Hay expresivos síntomas de que el ejemplo de esos países ya comenzó a repercutir en aquellas dos grandes naciones católicas y latinas de Europa Occidental, perjudicando así los progresos comunistas.

Pero, a nuestro modo de ver, es necesario ante todo poner en duda la autenticidad comunista de las crecientes votaciones obtenidas por el PC italiano o por el PS francés (y hablamos del PS, ya que el PC francés se encuentra estancado).

Tanto un partido como el otro (PSF y PCI) están lejos de haberse beneficiado únicamente del voto de su propio electorado. Apoyos católicos por cierto considerables -y cuya amplitud real sólo la Historia revelará un día en toda su extensión- han creado en torno al PC italiano ilusiones, debilidades, atonías, complicidades enteramente excepcionales. La proyección electoral de esas circunstancias pasmosas y artificiales explica, en amplia medida, el aumento del número de votantes pro-PC, muchos de los cuales no son en modo alguno electores comunistas. Y es necesario no olvidar, en el mismo orden de hechos, la influencia directa o indirecta, sobre la votación, de ciertos Cresos cuya actitud francamente colaboracionista en relación al comunismo da ocasión a maniobras electorales de las que la III Revolución saca evidente provecho. Análogas observaciones se pueden hacer en relación al PS francés.

3. El odio y la violencia metamorfoseados, generan la guerra psicológica revolucionaria total

Para comprender mejor el alcance de esas inmensas transformaciones ocurridas en el cuadro de la III Revolución en los últimos veinte años, será necesario analizar en su conjunto la gran esperanza actual del comunismo, que es la guerra psicológica revolucionaria.

Aunque nacido necesariamente del odio -y dirigido por su propia lógica interna al uso de la violencia, ejercida por medio de guerras, revoluciones y atentados- el comunismo internacional se vio compelido por grandes y profundas modificaciones en la opinión pública a disimular su rencor, así como a fingir haber desistido de las guerras y de las revoluciones. Ya lo hemos dicho.

Ahora bien, si tales desistencias fuesen sinceras, él se desmentiría a sí mismo de tal manera, que se autodemolería. Lejos de hacerlo, usa la sonrisa tan sólo como arma de agresión y de guerra, y tampoco extingue la violencia, sino que la transfiere del campo de operaciones de lo físico y lo palpable al de las actuaciones psicológicas impalpables. Su objetivo: alcanzar, en el interior de las almas, por etapas e invisiblemente, la victoria que ciertas circunstancias le estaban impidiendo conquistar de modo drástico y visible, según los métodos clásicos.

Por supuesto, no se trata aquí de efectuar, en el campo del espíritu, algunas operaciones dispersas y esporádicas. Se trata, por el contrario, de una verdadera guerra de conquista -psicológica, sí, pero total- teniendo en vista a todo el hombre, y a todos los hombres en todos los países.

P Comentario agregado en 1992:

Guerra psicológica revolucionaria: “Revolución cultural” y Revolución en las tendencias

Como una modalidad de guerra psicológica revolucionaria, a partir de la rebelión estudiantil de La Sorbonne, en mayo de 1968, numerosos autores socialistas y marxistas en general pasaron a reconocer la necesidad de una forma de revolución previa a las transformaciones políticas y socio-económicas, que operase en la vida cotidiana, en las costumbres, en las mentalidades, en los modos de ser, de sentir y de vivir. Es la llamada revolución cultural.

Consideran ellos que esta revolución preponderantemente psicológica y tendencial es una etapa indispensable para llegar al cambio de mentalidad que haría posible la implantación de la utopía igualitaria, pues, sin tal preparación, esa transformación revolucionaria y los consiguientes "cambios de estructura" resultarían efímeros. El referido concepto de “revolución cultural” abarca con impresionante analogía el mismo campo ya designado por “Revolución y Contra-Revolución”, en 1959, como propio de la Revolución en las tendencias (cfr. Parte I, Cap. 5).

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O

Continuación del texto de 1976

Insistimos en este concepto de guerra psicológica revolucionaria total.

En efecto, la guerra psicológica tiene como objetivo toda la psiquis del hombre, es decir, lo "trabaja" en las varias potencias de su alma y en todas las fibras de su mentalidad.

Tiene por objeto a todos los hombres, es decir, tanto a partidarios o simpatizantes de la III Revolución, cuanto a neutros y hasta a adversarios.

Ella echa mano de todos los medios; a cada paso le es necesario disponer de un factor específico para llevar insensiblemente a cada grupo social y hasta a cada hombre a aproximarse, por poco que sea, al comunismo. Y esto en cualquier terreno: en las convicciones religiosas, políticas, sociales o económicas; en las impostaciones culturales, en las preferencias artísticas, en los modos de ser y de actuar en familia, en la profesión, en la sociedad.

A. Las dos grandes metas de

la guerra psicológica revolucionaria

Dadas las actuales dificultades de reclutamiento ideológico de la III Revolución, lo más útil de sus actividades no se ejerce sobre los amigos y simpatizantes, sino sobre los irreductiblemente neutros y sobre los adversarios:

w a. engañar y adormecer en forma paulatina a los irreductiblemente neutros;

w b. dividir a cada paso, desarticular, aislar, aterrorizar, difamar, perseguir y bloquear a los adversarios;

-éstas son, a nuestro modo de ver, las dos grandes metas de la guerra psicológica revolucionaria.

De esta manera, la III Revolución se vuelve capaz de vencer, pero más por el aniquilamiento del adversario que por la multiplicación de los amigos.

Obviamente, para conducir esta guerra, el comunismo moviliza todos los medios de acción con que cuenta en los países occidentales, gracias al apogeo en que en éstos se encuentra la ofensiva de la III Revolución.

B. La guerra psicológica revolucionaria total,

una resultante del apogeo de la III Revolución

y de los embarazos por los que ésta pasa

La guerra psicológica revolucionaria total es, por lo tanto, una resultante de la composición de los dos factores contradictorios ya mencionados: el auge de influencia del comunismo sobre casi todos los puntos clave de esa gran máquina que es la sociedad occidental, y, por otro lado, la declinación de su capacidad de persuasión y liderazgo sobre los estratos más profundos de la opinión pública de Occidente.

4. La ofensiva psicológica de la III Revolución en la Iglesia

No sería posible describir esta guerra psicológica sin tratar cuidadosamente de su desarrollo en aquello que es la propia alma de Occidente, o sea, el cristianismo, y más precisamente la Religión Católica, que es el cristianismo en su plenitud absoluta y en su autenticidad única.

A. El Concilio Vaticano II

Dentro de la perspectiva de “Revolución y Contra-Revolución”, el éxito de los éxitos alcanzado por el comunismo post-staliniano sonriente fue el silencio enigmático, desconcertante, pasmoso y apocalípticamente trágico del Concilio Vaticano II respecto al comunismo.

Este Concilio quiso ser pastoral y no dogmático. Alcance dogmático realmente no lo tuvo. Además de esto, su omisión sobre el comunismo puede hacerlo pasar a la Historia como el Concilio a-pastoral.

Explicamos el sentido especial en que tomamos esta afirmación.

Imagine el lector un inmenso rebaño languideciendo en campos pobres y áridos, atacado por todas partes por enjambres de abejas, avispas y aves de rapiña.

Los pastores se ponen a regar la pradera y a alejar los enjambres. ¿Puede esta actividad ser calificada de pastoral? En tesis, ciertamente. Sin embargo, en la hipótesis de que, al mismo tiempo, el rebaño estuviese siendo atacado por manadas de lobos voraces, muchos de ellos con piel de oveja, y los pastores se abstuviesen completamente de desenmascararlos y ahuyentarlos, luchando entre tanto contra los insectos y las aves, ¿podría considerarse pastoral su obra, o sea, propia de buenos y fieles pastores?

En otros términos, ¿actuaron como verdaderos Pastores quienes, en el Concilio Vaticano II, quisieron espantar a los adversarios minores y dejaron -por el silencio- libre curso al adversario maior?

Con tácticas “aggiornate” (7) -de las que, por lo demás, lo menos que se puede decir es que son cuestionables en el plano teórico y que se vienen mostrando ruinosas en la práctica- el Concilio Vaticano II intentó ahuyentar, digamos, abejas, avispas y aves de rapiña. Su silencio sobre el comunismo dejó a los lobos en total libertad. La obra de ese Concilio no puede estar inscripta, en cuanto efectivamente pastoral, ni en la Historia, ni en el Libro de la Vida.

Es penoso decirlo. Pero la evidencia de los hechos señala, en este sentido, al Concilio Vaticano II como una de las mayores calamidades, si no la mayor, de la Historia de la Iglesia. A partir de él penetró en la Iglesia, en proporciones impensables, la "humareda de Satanás" que día a día se va dilatando más, con la terrible fuerza de expansión de los gases. Para escándalo de incontables almas, el Cuerpo Místico de Cristo entró en el siniestro proceso de la como que autodemolición.

P Comentario agregado en 1992:

Calamidades sorprendentes en la fase post-conciliar de la Iglesia

Sobre las calamidades en la fase post-conciliar de la Iglesia es de fundamental importancia la declaración histórica de Paulo VI en la Alocución “Resistite fortes in Fide”, del 29 de junio de 1972, que citamos aquí en la versión de la Poliglotta Vaticana: "Refiriéndose a la situación de la Iglesia de hoy, el Santo Padre afirma tener la sensación de que ‘por alguna fisura haya entrado el humo de Satanás en el templo de Dios'. Existe -transcribe la Poliglotta- la duda, la incertidumbre, lo complejo de los problemas, la inquietud, la insatisfacción, la confrontación. No se confía

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(N. del Editor 7): “al día”.

más en la Iglesia; se confía en el primer profeta profano (extraño a la Iglesia) que nos venga a hablar, por medio de algún diario o movimiento social, a fin de correr atrás de él y preguntarle si tiene la fórmula de la verdadera vida. Y no nos damos cuenta de que ya la poseemos y somos maestros de ella. Entró la duda en nuestras conciencias, y entró por ventanas que debían estar abiertas a la luz. (...)

"También en la Iglesia reina ese estado de incertidumbre. Se creía que, después del Concilio, vendría un día soleado para la Historia de la Iglesia. Vino, por el contrario, un día lleno de nubes, de tempestad, de obscuridad, de indagación, de incertidumbre. Predicamos el ecumenismo, y nos apartamos cada vez más los unos de los otros. Tratamos de cavar abismos en vez de llenarlos.

"¿Cómo sucedió esto? El Papa confía a los presentes un pensamiento suyo: que haya habido la intervención de un poder adverso. Su nombre es el diablo, este misterioso ser al que también alude San Pedro en su Epístola" (cfr. “Insegnamenti di Paolo VI”, Tipografía Poliglotta Vaticana, vol. X, pp. 707-709).

Algunos años antes el mismo Pontífice, en la Alocución a los alumnos del Seminario Lombardo, el 7-XII-1968, había afirmado que "La Iglesia atraviesa hoy un momento de inquietud. Algunos practican la autocrítica, se diría que hasta la autodemolición. Es como una perturbación interior, aguda y compleja, que nadie habría esperado después del Concilio. Se pensaba en un florecimiento, en una expansión serena de conceptos madurados en la gran asamblea conciliar. Hay aún este aspecto en la Iglesia, el del florecimiento. Pero, puesto que ‘bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu', se fija la atención más especialmente sobre el aspecto doloroso. La Iglesia es golpeada también por quienes de Ella forman parte" (cfr. “Insegnamenti di Paolo VI”, Tipografía Poliglotta Vaticana, vol. VI, p. 1188).

S. S. Juan Pablo II trazó también un panorama sombrío de la situación de la Iglesia: "Es necesario admitir con realismo y con profunda y sentida sensibilidad que los cristianos hoy, en gran parte, se sienten perdidos, confundidos, perplejos y hasta desilusionados: fueron divulgadas pródigamente ideas que contrastan con la Verdad revelada y desde siempre enseñada; fueron difundidas verdaderas y propias herejías, en el campo dogmático y moral, creando dudas, confusiones y rebeliones; se alteró incluso la Liturgia; sumergidos en el ‘relativismo' intelectual y moral y por consiguiente en el permisivismo, los cristianos son tentados por el ateísmo, por el agnosticismo, por el iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico, sin dogmas definidos y sin moral objetiva" (Alocución del 6-II-1981 a los Religiosos y Sacerdotes participantes del I Congreso nacional italiano sobre el tema “Misiones al pueblo para los años ‘80” in "L'Osservatore Romano", 7-2-81).

En un sentido semejante se pronunció posteriormente el Emmo. Cardenal Joseph Ratzinger(8), Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe: "Los resultados que se siguieron al Concilio parecen cruelmente opuestos a las expectativas de todos, comenzando por las del Papa Juan XXIII y después de Paulo VI. (...) Los Papas y los padres conciliares esperaban una nueva unidad católica y en vez de eso se fue al encuentro de una disensión que -para usar las palabras de Paulo VI- pareció pasar de la autocrítica a la autodemolición. Se esperaba un nuevo entusiasmo y en lugar de él se acabó con demasiada frecuencia en el fastidio y en el desánimo. Se esperaba un salto hacia adelante y en vez de eso nos encontramos ante un proceso de decadencia progresiva (...)". Y concluye: "Se afirma con letras claras que una real reforma de la Iglesia presupone un inequívoco abandono de las vías erradas que llevaron a consecuencias indiscutiblemente negativas" (cfr. Vittorio Messori “A colloquio con il cardinale Joseph Ratzinger - Rapporto sulla Fede", Edizioni Paoline, Milano, 1985, pp. 27-28).

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O

Continuación del texto de 1976

La Historia narra los innumerables dramas que la Iglesia sufrió en sus veinte siglos de existencia. Oposiciones que germinaron fuera de Ella, y desde fuera intentaron destruirla. Tumores formados dentro de Ella, por Ella extirpados, y que, ya entonces de fuera hacia dentro, intentan destruirla con ferocidad.

Sin embargo, ¿cuándo vio Ia Historia antes de nuestros días una tentativa de demolición de la Iglesia, no hecha por un adversario, sino calificada de "autodemolición" en altísimo pronunciamiento de repercusión mundial?

De ahí resultó para la Iglesia y para lo que aún resta de civilización cristiana un inmenso desmoronamiento. Por ejemplo, la “Ostpolitik” vaticana y la gigantesca infiltración del comunismo en los medios católicos son efectos de todas estas calamidades. Y constituyen otros tantos éxitos de la ofensiva psicológica de la III Revolución contra la Iglesia.

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(N. del Editor 8): sobre la importancia especial de este pronunciamiento del actual Sumo Pontífice Benedicto XVI, ver nota al principio de esta III Parte.

P Comentario agregado en 1976

La “Ostpolitik” vaticana: efectos que también sorprenden

Hoy en día, leyendo estas líneas sobre la “Ostpolitik”, alguien podría preguntar, ante la enorme transformación que hubo en Rusia, si ésta no resulta de una jugada "genial" de la Jerarquía Eclesiástica. El Vaticano, basado en informaciones del mejor quilate, habría previsto que el comunismo, corroído por crisis internas, comenzaría a su vez a autodemolerse. Y para estimular al Cuartel General mundial del ateismo materialista a practicar esa autodemolición, la Iglesia Católica, situada en el otro extremo del panorama ideológico, habría simulado su propia autodemolición. Con ello habría atenuado muy sensiblemente la persecución que entonces sufría de parte del comunismo: entre moribundos ciertas connivencias serían concebibles. La flexibilización de la Iglesia habría, pues, creado condiciones para la flexibilización del mundo comunista.

Cabría responder que, si la Sagrada Jerarquía tenía noción de que el comunismo estaba en tales condiciones de indigencia y de ruina que habría de autodemolerse, Ella debía denunciar esa situación y convocar a todos los pueblos de Occidente a preparar las vías de lo que sería el saneamiento de Rusia y del mundo, cuando el comunismo efectivamente cayese; y no debía callar sobre el hecho, dejando que el fenómeno se produjera al margen de la influencia católica y de la cooperación generosa y solícita de los gobiernos occidentales. Pues sólo haciendo tal denuncia sería posible evitar que el derrumbe soviético llegase a la situación en la que se encuentra hoy; esto es, un callejón sin salida, donde todo es miseria e “imbroglio”.

De cualquier forma, es falso que la autodemolición de la Iglesia haya apresurado la autodemolición del comunismo, a menos que se suponga la existencia de un tratado oculto entre ambos en ese sentido -una especie de pacto suicida-; tratado ése, por decir lo menos, carente de legitimidad y de utilidad para el mundo católico. Esto, para no mencionar todo lo que esa mera hipótesis contiene de ofensivo a los Papas en cuyos pontificados esta doble eutanasia se habría verificado.

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O

Continuación del texto de 1976:

B. La Iglesia, moderno centro de embate entre la Revolución y la Contra-Revolución

En 1959, fecha en que escribimos “Revolución y Contra-Revolución”, la Iglesia era considerada como la gran fuerza espiritual contra la expansión mundial de la secta comunista. En 1976, incontables eclesiásticos, inclusive obispos, figuran como cómplices por omisión, colaboradores y hasta propulsores de la III Revolución. El progresismo, instalado por casi todas partes, va convirtiendo en leña fácilmente incendiable por el comunismo el bosque otrora reverdeciente de la Iglesia Católica.

En una palabra, el alcance de esta transformación es tal que no dudamos en afirmar que el centro, el punto más sensible y más verdaderamente decisivo de la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución se desplazó de la sociedad temporal a la espiritual y pasó a ser la Santa Iglesia, en la cual se enfrentan, de un lado, progresistas, cripto-comunistas y pro-comunistas, y del otro, anti-progresistas y anticomunistas (*).

C. Reacciones basadas en “Revolución y Contra-Revolución”

A la vista de tantas transformaciones, ¿quedó anulada la eficacia de “Revolución y Contra-Revolución”? Por el contrario.

En 1968, las TFPs hasta entonces existentes en América del Sur, inspiradas en la Parte II de este ensayo –“La Contra-Revolución"- organizaron un conjunto de peticiones colectivas dirigidas a Paulo VI, en las que se pedían medidas contra la infiltración izquierdista en el clero y en el laicado católicos de América del Sur.

Tales peticiones alcanzaron en el lapso de 58 días, en Brasil, Argentina, Chile y Uruguay, un total de 2.025.201 firmas. Fue, hasta entonces, que sepamos, la única recolección masiva de firmas que -sobre cualquier tema- haya englobado a hijos de cuatro naciones de América del Sur. Y en cada uno de los países en los que se realizó, fue -también, que sepamos- la mayor recolección de firmas de su respectiva historia (9).

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(*) Desde los años 30, con el grupo que más tarde fundó la TFP brasileña, empleamos lo mejor de nuestro tiempo y de nuestras posibilidades de acción y de lucha en las batallas precursoras del gran combate interno de la Iglesia. El primer lance de envergadura en esa lucha fue la publicación del libro “Em Defesa da Ação Católica” (Editora Ave María, San Pablo, 1943), que denunciaba el resurgimiento de los errores modernistas incubados en la Acción Católica del Brasil. Cabe mencionar también nuestro posterior estudio “La Iglesia ante la escalada de la amenaza comunista - Llamado a los Obispos Silenciosos” (Editora Vera Cruz, San Pablo, 1976, pp. 37-53).

Hoy, transcurridos más de cuarenta años, la lucha está en su clímax y deja prever desdoblamientos de amplitud e intensidad difíciles de medir. En esta lucha sentimos con alegría la presencia, en los cuadros de las TFPs y entidades afines, de tantos nuevos hermanos de ideal, en más de veinte paises, en los cinco continentes. También en el campo de batalla es legítimo que los soldados del bien se digan unos a otros: "Quam bonum et quam jucundum habitare fratres in unum" - "¡Cuán bueno y regocijante es que los hermanos habiten en uno" (Ps. 132,1).

(N. del Editor 9): posteriormente, en 1990, las TFPs entonces existentes promovieron la petición colectiva que reunió el mayor número de adhesiones de la Historia, por la liberación de Lituania, entonces bajo el yugo soviético, obteniendo la impresionante cifra de 5.212.580 firmas.

La respuesta de Paulo VI no fue tan sólo el silencio y la inacción. Fue también -cuánto nos duele decirlo- un conjunto de actos cuyo efecto perdura hasta hoy, que dotan de prestigio y de facilidad de acción a muchos propulsores del izquierdismo católico.

Ante esta creciente marea de la infiltración comunista en la Santa Iglesia, las TFPs y entidades afines no desanimaron. Y, en 1974, cada una de ellas publicó una declaración(10) en la que expresaban su disconformidad con la “Ostpolitik” vaticana y su propósito de "resistirle de frente" (Gal. 2, 11). Una frase de la declaración, relativa a Paulo VI, expresa el espíritu del documento: "Y de rodillas, mirando con veneración la figura de S.S. el Papa Paulo VI, le manifestamos toda nuestra fidelidad. En este acto filial, decimos al Pastor de los Pastores: nuestra alma es vuestra, nuestra vida es vuestra. Mandadnos lo que queráis. Pero no nos mandéis que crucemos los brazos ante el lobo rojo que ataca. A esto nuestra conciencia se opone."

No satisfechas con estos lances, las TFPs y entidades afines promovieron en sus respectivos países, a partir de 1976, ediciones del best-seller de la TFP chilena La Iglesia del Silencio en Chile - la TFP proclama la verdad entera” (11).

En casi todos esos países, la respectiva edición de “La Iglesia del Silencio en Chile” fue precedida de un prólogo que describía múltiples e impresionantes hechos locales consonantes con lo ocurrido en Chile.

La acogida a ese gran esfuerzo publicitario ya puede ser calificada de victoriosa: en total fueron impresos, entre ediciones completas y resúmenes, 88.500 ejemplares, casi todos en América del Sur, donde, en los países más poblados, la edición de un libro de esa naturaleza, cuando es amplia, suele ser de 5.000 ejemplares.

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(N. del Editor 10): se trata de la declaración publicada bajo el título “La política de distensión del Vaticano frente a los gobiernos comunistas -Para la TFP: ¿cesar la lucha o resistir?”. Dicha declaración -verdadero Manifiesto- fue publicada sucesivamente, a partir de abril de 1974, en 57 diarios de once países, entre ellos “La Nación” de Bs. As.

(N. del Editor 11): esta obra monumental por su documentación, por su argumentación y por las tesis que defiende, tuvo una precursora verdaderamente épica, antes de la instalación del comunismo en Chile. Se trata del libro de Fabio Vidigal Xavier da Silveira “Frei, el Kerensky chileno”, que denunció la colaboración decisiva del Partido Demócrata Cristiano de ese país, y de su líder, Eduardo Frei, entonces Presidente de la República, en la preparación de la victoria marxista. El libro, publicado sucesivamente en Brasil, Argentina, Colombia, Ecuador, Italia y Venezuela, alcanzó diecisiete ediciones, cruzando la barrera de los 100.000 ejemplares.

En España se llevó a cabo una impresionante recolección de firmas de más de 1.000 sacerdotes seculares y regulares de todas las regiones del país, manifestando a la Sociedad Cultural Covadonga su decidido apoyo al valiente prólogo de la edición española.

D. Utilidad de la actuación de las TFPs y entidades afines, inspirada en “Revolución y Contra-Revolución”

¿Qué utilidad práctica ha tenido, en este campo específico de batalla, la actividad contra-revolucionaria de las TFPs, inspirada en “Revolución y Contra-Revolución”?

Denunciando el peligro de la infiltración comunista, ellas le han abierto los ojos a la opinión católica sobre las urdiduras de los Pastores infieles. El resultado es que éstos van llevando cada vez menos ovejas por los caminos de perdición en que se embreñaron. Es lo que una observación de los hechos, aun sumaria, permite constatar.

No es esto, por sí solo, una victoria. Pero es una preciosa e indispensable condición para ella. Las TFPs dan gracias a Nuestra Señora por estar prestando, de esta manera, dentro del espíritu y de los métodos de la Segunda Parte de “Revolución y Contra-Revolución”, su contribución para la gran lucha en que también otras fuerzas sanas -una u otra de gran envergadura y capacidad de acción- se encuentran empeñadas.

5. Balance de veinte años de III Revolución, según los criterios de “Revolución y Contra-Revolución”

Queda así delineada la situación de la III Revolución y de la Contra-Revolución, tal como ellas se presentan poco antes del vigésimo aniversario de la publicación del libro.

Por un lado, el apogeo de la III Revolución torna más difícil que nunca un éxito de la Contra-Revolución a corto plazo. Por otro, la misma alergia antisocialista, que constituye actualmente un grave impedimento para la victoria del comunismo, crea, a mediano plazo, condiciones acentuadamente propicias para la Contra-Revolución. Cabe a los diversos grupos contra-revolucionarios esparcidos por el mundo la noble responsabilidad histórica de aprovecharlas.

Las TFPs han procurado hacer su parte en el esfuerzo común, extendiéndose durante estos casi veinte años por América, en Francia con una novel TFP, suscitando una dinámica organización afín en la Península Ibérica y proyectando su nombre y sus contactos en otros países del Viejo Mundo, con vivos deseos de colaboración con los demás grupos contra-revolucionarios que allí combaten (12).

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(N. del Editor 12): hasta la fecha (julio de 2007) existen TFPs y entidades afines en Alemania, Argentina, Australia, Austria, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, España, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Irlanda, Italia, Lituania, Paraguay, Perú , Polonia, Portugal, Reino Unido, Sudáfrica y Uruguay, las que también han establecido oficinas de representación en Roma, París, Frankfurt-am-Main, Londres, Edimburgo y Sydney.

Veinte años después del lanzamiento de “Revolución y Contra-Revolución”, las TFPs y entidades afines se encuentran hombro a hombro junto a las organizaciones de primera línea, en la lucha contra-revolucionaria.

Capítulo III

La Cuarta Revolución que nace

El panorama que así se presenta no sería completo si no nos refiriésemos a una transformación interna en la III Revolución. Es la IV Revolución que de ella va naciendo.

Naciendo, sí, a la manera de requinte matricida. Cuando la II Revolución nació, requintó (cfr. Parte I, cap. VI, 3), venció y golpeó de muerte a la primera. Lo mismo ocurrió cuando, por un proceso análogo, la III Revolución brotó de la segunda. Todo indica que ha llegado ahora para la III Revolución el momento, al mismo tiempo pinacular y fatal, en que ella genera la IV Revolución y se expone a ser muerta por ésta.

En el entrechoque entre la III Revolución y la Contra-Revolución, ¿habrá tiempo para que el proceso generador de la IV Revolución se desarrolle por entero? ¿Abrirá esta última efectivamente una nueva etapa en la historia de la Revolución? ¿O será simplemente un fenómeno abortivo, que va surgiendo y que desaparecerá, sin influencia capital en el entrechoque entre la III Revolución y la Contra-Revolución? El mayor o menor espacio que se reserve para la IV Revolución naciente, en estas notas tan apresuradas y sumarias, estaría dependiendo de la respuesta a esa pregunta. Respuesta ésa que, por lo demás, sólo el futuro podrá dar de modo cabal.

A lo incierto no conviene tratarlo como si tuviese una importancia cierta. Consagremos aquí, pues, un espacio muy limitado a lo que parece ser la IV Revolución.

1. La IV Revolución prevista por los autores de la III Revolución

Como es bien sabido, ni Marx ni la generalidad de sus más notorios secuaces, tanto "ortodoxos" como "heterodoxos", vieron en la dictadura del proletariado la etapa terminal del proceso revolucionario. Esta no es, según ellos, sino el aspecto más quintaesenciado y dinámico de la Revolución universal. Y, en la mitología evolucionista inherente al pensamiento de Marx y de sus seguidores, así como la evolución se desarrollará hasta el infinito con el correr de los siglos, así también la Revolución carecerá de término. De la I Revolución nacieron ya otras dos. La tercera, a su vez, generará una más. Y así sucesivamente...

Es imposible prever, dentro de la perspectiva marxista, cómo sería una Revolución número XX o número L. No es imposible, empero, prever cómo será la IV Revolución. Los propios marxistas ya hicieron esa previsión.

Ella deberá consistir en el derrocamiento de la dictadura del proletariado como consecuencia de una nueva crisis, por fuerza de la cual el Estado hipertrofiado será víctima de su propia hipertrofia. Y desaparecerá dando origen a un orden de cosas cientificista y cooperativista, en el cual -dicen los comunistas- el hombre habrá alcanzado un grado de libertad, de igualdad y de fraternidad hasta aquí insospechado.

2. IV Revolución y tribalismo: una eventualidad

¿Cómo? -Es imposible no preguntarse si la sociedad tribal soñada por las actuales corrientes estructural-tribalistas da una respuesta a esta indagación. El estructuralismo ve en la vida tribal una síntesis ilusoria entre el auge de la libertad individual y del colectivismo consentido, en la que este último acaba por devorar la libertad. Según tal colectivismo, los varios "yo" o las personas individuales, con su inteligencia, su voluntad, su sensibilidad y consecuentemente sus modos de ser, característicos y discrepantes, se funden y se disuelven, según ellos, en la personalidad colectiva de la tribu generadora de un pensar, de un querer, de un estilo de ser densamente comunes.

Evidentemente, el camino hacia el estado de cosas tribal tiene que pasar por una extinción de los viejos cánones de reflexión, volición y sensibilidad individuales, gradualmente substituidos por modos de pensamiento, deliberación y sensibilidad cada vez más colectivos. Es en este campo, por tanto, donde debe darse principalmente la transformación.

¿De qué forma? En las tribus la cohesión entre los miembros está asegurada, ante todo, por un pensar y un sentir comunes, del cual derivan hábitos comunes y un querer común. En ellas la razón individual queda circunscripta a casi nada, es decir, a los primeros y más elementales movimientos que su estado atrofiado le consiente (cfr. Claude Lévy-Strauss, “La pensée sauvage” - Plon, París, 1969). "Pensamiento salvaje", pensamiento que no piensa y se vuelve sólo hacia lo concreto. Tal es el precio de la fusión colectivista tribal. Al hechicero le corresponde mantener, en un plano místico, esta vida psíquica colectiva, por medio de cultos totémicos cargados de "mensajes" confusos, pero "ricos" en los fuegos fatuos o incluso en las fulguraciones provenientes muchas veces de los misteriosos mundos de la transpsicología o de la parapsicología. Y es por la adquisición de esas "riquezas" que el hombre compensaría la atrofia de la razón.

De la razón, sí, otrora hipertrofiada por el libre examen, por el cartesianismo, etc., divinizada por la Revolución Francesa, utilizada hasta el abuso más exacerbado en toda escuela de pensamiento comunista, y ahora, finalmente, atrofiada y esclavizada al servicio del totemismo transpsicológico y parapsicológico...

A. La IV Revolución y lo preternatural

"Omnes dii gentium daemonia", dice la Escritura (Ps. 95, 5) (*). En esta perspectiva estructuralista, en que la magia es presentada como forma de conocimiento, ¿hasta qué punto es dado a un católico divisar las fulguraciones engañosas, el cántico al mismo tiempo siniestro y atrayente, emoliente y delirante, ateo y fetichísticamente crédulo con el que, desde el fondo de los abismos en que yace eternamente, el príncipe de las tinieblas atrae a los hombres que negaron a Jesucristo y a su Iglesia?

Es una pregunta sobre la cual pueden y deben discutir los teólogos. Me refiero a los teólogos verdaderos, o sea, los pocos que aún creen en la existencia del demonio y del infierno. Especialmente los pocos, entre esos pocos, que tienen el coraje de enfrentar escarnios y persecuciones publicitarias, y de hablar.

B. Estructuralismo - Tendencias pre-tribales

Sea como fuere, en la medida en que se vea en el movimiento estructuralista una prefigura -más exacta o menos, pero en todo caso precursora de dicha Revolución- determinados fenómenos afines con él, que se generalizaron en los últimos diez o veinte años, deben ser vistos, a su vez, como preparatorios y propulsores del propio ímpetu estructuralista.

Así, la caída de las tradiciones indumentarias de Occidente, corroídas cada vez más por el nudismo, tiende obviamente a la aparición o consolidación de hábitos en los cuales se tolerará, a lo sumo, el cinturón de plumas de aves de ciertas tribus, alternado, donde el frío lo exija, con ropajes más o menos a la manera de los usados por los lapones.

La rápida desaparición de las fórmulas de cortesía sólo puede tener como punto final la simplicidad absoluta (para emplear apenas ese calificativo) del trato tribal.

La creciente ojeriza a todo cuanto es raciocinado, estructurado y metodizado sólo puede conducir, en sus últimos paroxismos, al perpetuo y fantasioso vagabundeo de la vida de las selvas, alternado, también él, con el desempeño instintivo y casi mecánico de algunas actividades absolutamente indispensables para la vida.

La aversión al esfuerzo intelectual, en especial a la abstracción, a la teorización, al pensamiento doctrinario, sólo puede inducir, en último análisis, a una hipertrofia del papel de los sentidos y de la imaginación, a

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(*)

"Todos los dioses de los gentiles son demonios".

esa "civilización de la imagen" respecto de la cual Paulo VI juzgó un deber advertir a la humanidad (*).

También resultan sintomáticos los idílicos elogios, cada vez más frecuentes, prodigados a un tipo de "revolución cultural" generadora de una futura sociedad post-industrial, aún mal definida, y de la cual el comunismo chino sería -conforme se lo presenta a veces- un primer brote.

C. Una contribución sin pretensiones

Bien sabemos cuán pasibles de objeciones son, en muchos de sus aspectos, los cuadros panorámicos, de por sí amplios y sumarios como éste.

Necesariamente abreviado por las limitaciones de espacio del presente capítulo, este cuadro ofrece su contribución sin pretensiones para las reflexiones de los espíritus dotados de aquella osada y peculiar finura de observación y de análisis que, en todas las épocas, permite a algunos hombres prever el día de mañana.

D. La oposición de los banales

Los otros harán, a este propósito, lo que en todas las épocas hicieron los espíritus banales y carentes de osadía. Sonreirán y tacharán de imposibles tales transformaciones, porque se prestan a alterar sus hábitos mentales. Porque ellas son aberrantes al sentido común, y a los hombres banales el sentido común les parece la única vía habitual del acontecer histórico. Sonreirán incrédulos y optimistas ante esas perspectivas, como León X sonrió a propósito de la trivial "querella de frailes" que fue lo único que logró discernir en la I Revolución naciente. O como sonrió el feneloniano Luis XVI ante las primeras efervescencias de la II Revolución, que se le presentaban en espléndidos salones palaciegos, mecidas a veces al son argentino del clavicordio; o si no luciendo discretamente en los ambientes y en las escenas bucólicas a la manera del “Hameau” de su esposa. Como sonríen, aun hoy, optimistas, escépticos, ante los manejos del risueño comunismo post-staliniano, o ante las convulsiones que presagian la IV Revolución, muchos de los representantes -y aún de los más altos- de la Iglesia y de la sociedad temporal en Occidente.

Si algún día la III o la IV Revolución dominaren la vida temporal de la humanidad, acolitadas en la esfera espiritual por el progresismo ecuménico, lo deberán más a la incuria y colaboración de estos risueños

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(*) "Bien sabemos que el hombre moderno, saturado de discursos, se muestra muchas veces cansado de oír y, peor aún, como inmunizado contra la palabra. Conocemos también las opiniones de numerosos psicólogos y sociólogos que afirman que el hombre moderno ya ha transpuesto la civilización de la palabra, la cual se tornó prácticamente ineficaz e inútil; y que vive, hoy en día, en la civilización de la imagen" (cfr. Exhortación apostólica “Evangelii Nuntiandi", 8.XII.1975, Documentos Pontificios, N° 188, Ed. Vozes, Petrópolis, 1984, 6ª ed., p. 30).

optimistas profetas del "sentido común", que a toda la saña de las huestes y de los servicios de propaganda revolucionarios. Profetas éstos de un extraño género, pues sus profecías consisten en afirmar invariablemente que "nada sucederá".

P Comentario agregado en 1976

La oposición de los “profetas del sentido común”

Esas diversas formas de optimismo acabaron por contrastar de tal manera con los hechos que se siguieron a las ediciones anteriores de “Revolución y Contra-Revolución” que, para sobrevivir, los espíritus adeptos a ellas se refugiaron en la esperanza falaz y meramente hipotética de que los últimos acontecimientos en el Este europeo determinarán la desaparición definitiva del comunismo, y por tanto del proceso revolucionario, del cual éste era, hasta hace poco, la punta de lanza. Sobre esas esperanzas, ver los comentarios agregados en esta edición al Capítulo II de esta III Parte.

* * *

O

Continuación del texto de 1976

E. Tribalismo eclesiástico - Pentecostalismo

Hablemos de la esfera espiritual. Evidentemente, la IV Revolución también quiere reducirla al tribalismo. Y el modo de hacerlo ya se puede notar claramente en las corrientes de teólogos y canonistas que tienen en vista transformar la noble y ósea rigidez de la estructura eclesiástica, tal como Nuestro Señor Jesucristo la instituyó y veinte siglos de vida religiosa la modelaron magníficamente, en un tejido cartilaginoso, blando y amorfo, de diócesis y parroquias sin circunscripciones territoriales definidas, de grupos religiosos en los que la firme autoridad canónica va siendo substituida gradualmente por el ascendiente de los "profetas" más o menos pentecostalistas, congéneres ellos mismos de los hechiceros del estructural-tribalismo, con cuyas figuras acabarán por confundirse. Como también con la tribu-célula estructuralista se confundirá, necesariamente, la parroquia o la diócesis progresista-pentecostalista.

P Comentario agregado en 1992:

“Desmonarquización” de las autoridades eclesiásticas

En esta perspectiva, que tiene algo de histórico y de conjetural, ciertas modificaciones de suyo ajenas a ese proceso podrían ser vistas como pasos de transición del statu quo pre-conciliar al extremo opuesto aquí indicado. Por ejemplo, la tendencia a la colegialización como el modo de ser obligatorio de todo poder dentro de la Iglesia y como expresión de cierta "desmonarquización" de la autoridad eclesiástica, la cual ipso facto quedaría, en cada grado, mucho más condicionada que antes al escalón inmediatamente inferior.

Todo esto, llevado a sus consecuencias extremas, podría tender a la instauración estable y universal, dentro de la Iglesia, del sufragio popular, que en otros tiempos fue adoptado por la Iglesia, a veces, para llenar ciertos cargos jerárquicos; y, en un último lance, podría alcanzar, en el cuadro soñado por los tribalistas, una indefendible dependencia de toda la Jerarquía en relación al laicado, presunto portavoz necesario de la voluntad de Dios.

"De la voluntad de Dios", sí, que ese mismo laicado tribalista conocería a través de las revelaciones "místicas" de algún brujo, gurú pentecostalista o hechicero; de modo que, obedeciendo al laicado, la Jerarquía supuestamente cumpliría su misión de obedecer la voluntad del propio Dios.

* * *

O

Continuación del texto de 1976

3. Deber de los contra-revolucionarios ante la IV Revolución naciente

Cuando incontables hechos se presentan susceptibles de ser alineados de manera que sugieren hipótesis como la del nacimiento de la IV Revolución, ¿qué le resta hacer al contra-revolucionario?

En la perspectiva de “Revolución y Contra-Revolución”, le toca, ante todo, acentuar la preponderante importancia que, en el proceso generador de la IV Revolución y en el mundo de ella nacido, cabe a la Revolución en las tendencias (cfr. Parte I, cap. V, 1-3). Y prepararse para luchar, no sólo con la intención de alertar a los hombres contra esta preponderancia de las tendencias -fundamentalmente subversiva del buen orden humano- que así se va incrementando, como a usar, en el plano tendencial, de todos los recursos legítimos y válidos para combatir esa misma Revolución en las tendencias. Le cabe también observar, analizar y prever los nuevos pasos del proceso, para ir oponiendo, lo antes posible, todos los obstáculos contra la suprema forma de guerra psicológica revolucionaria, que es la IV Revolución naciente.

Si la IV Revolución tuviere tiempo para desarrollarse antes que la III Revolución intente su gran aventura, tal vez la lucha contra ella exija la elaboración de un nuevo capítulo de “Revolución y Contra-Revolución”. Y tal vez ese capítulo ocupe por sí solo un volumen igual al consagrado aquí a las tres revoluciones anteriores.

En efecto, es propio de los procesos de decadencia complicarlo todo, casi hasta el infinito. Y por eso cada etapa de la Revolución es más complicada que la anterior, obligando a la Contra-Revolución a esfuerzos paralelamente más pormenorizados y complejos.

Con esas perspectivas sobre la Revolución y la Contra-Revolución, y sobre el futuro del presente trabajo ante una y otra, concluimos las presentes consideraciones.

Inciertos, como todo el mundo, sobre el día de mañana, elevamos nuestros ojos en actitud de oración hacia el excelso trono de María, Reina del Universo. Y, al mismo tiempo, afloran a nuestros labios, adaptadas a Ella, las palabras del salmista dirigidas al Señor:

"Ad te levavi oculos meos, quae habitas in coelis. Ecce sicut oculi servorum in manibus dominorum suorum. Sicut oculi ancillae in manibus dominae suae; ita oculi nostri ad Dominam Matrem nostram donec misereatur nostri" (cfr. Ps. 122, 1-2) (*).

Sí, volvemos nuestros ojos hacia la Señora de Fátima, pidiéndole cuanto antes la contrición que nos obtenga los grandes perdones, la fuerza para que trabemos los grandes combates, y la abnegación para que seamos desprendidos en las grandes victorias que traerán consigo la implantación del Reino de Ella. Victorias éstas que deseamos de todo corazón, aunque para llegar hasta ellas la Iglesia y el género humano tengan que pasar por los castigos apocalípticos -mas cuán justicieros, regeneradores y misericordiosos- por Ella previstos en 1917 en la Cova da Iria.

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(*) "Levanté mis ojos hacia Ti, que habitas en los cielos. Hélos como los ojos de los siervos, puestos en las manos de sus señores. Como los ojos del esclavo fijos en las manos de su Señora, así nuestros ojos están fijos en la Señora Madre Nuestra hasta que Ella tenga misericordia de nosotros".


Conclusión

Postfacio de 1992


Conclusión

Interrumpimos la parte final de “Revolución y Contra-Revolución”, edición brasileña de 1959, para actualizar, en las páginas que preceden, el texto original.

Hecho lo cual, nos preguntamos si la pequeña Conclusión del texto original de 1959 y de las ediciones posteriores, merece aún ser mantenido, o si comporta, por lo menos, alguna modificación. La releemos con cuidado. Y llegamos a la persuasión de que no hay motivo para no mantenerla, así como no hay razón para alterarla en cosa alguna.

Decimos hoy, como dijimos entonces:

En realidad, por todo cuanto aquí se dijo, para una mentalidad puesta en la lógica de los principios contra-revolucionarios, el cuadro de nuestros días es muy claro. Estamos en los lances supremos de una lucha, que llamaríamos de muerte si uno de los contendores no fuese inmortal, entre la Iglesia y la Revolución. Hijos de la Iglesia, luchadores en las batallas de la Contra-Revolución, es natural que, al cabo de este trabajo, lo consagremos filialmente a Nuestra Señora.

La primera, la grande, la eterna revolucionaria, inspiradora y fautora suprema de esta Revolución, como de las que la precedieron y le sucedieren, es la Serpiente, cuya cabeza fue aplastada por la Virgen Inmaculada. María es, pues, la Patrona de todos los que luchan contra la Revolución.

La mediación universal y omnipotente de la Madre de Dios es la mayor razón de esperanza de los contra-revolucionarios. Y en Fátima Ella ya les dio la certeza de la victoria, cuando anunció que, aun después de un eventual progreso del comunismo en el mundo entero, “por fin su Inmaculado Corazón triunfará”.

Acepte la Virgen, pues, este homenaje filial, tributo de amor y expresión de confianza absoluta en su triunfo.

No querríamos dar por terminado el presente ensayo sin un homenaje de filial devoción y obediencia irrestricta al “dulce Cristo en la tierra”, columna y fundamento infalible de la Verdad, Su Santidad el Papa Juan XXIII.

"Ubi Ecclesia ibi Christus, ubi Petrus ibi Ecclesia”. Es, pues, hacia el Santo Padre que se vuelve todo nuestro amor, todo nuestro entusiasmo, toda nuestra dedicación. Es con estos sentimientos, que animan todas las páginas de “Catolicismo” desde su fundación, que nos lanzamos también a la publicación de este trabajo.

Sobre cada una de las tesis que lo constituyen no tenemos en nuestro corazón la menor duda. Las sujetamos todas, sin embargo, irrestrictamente al juicio del Vicario de Jesucristo, dispuestos a renunciar de inmediato a cualquiera de ellas, desde que se distancie, aunque sea levemente, de la enseñanza de la Santa Iglesia, nuestra Madre, Arca de Salvación y Puerta del Cielo.


Postfacio de 1992

Con las palabras anteriores concluí las diversas ediciones de “Revolución y Contra-Revolución” aparecidas desde 1976. Al leer esas palabras, quien tiene en manos la presente edición, aparecida en 1992, se preguntará necesariamente en qué situación se encuentra hoy el proceso revolucionario. ¿Vive aún la III Revolución, después de los acontecimientos de 1991? (cfr. Parte III, Cap. II, agregado al ít. 1,B). ¿O la caída del imperio soviético y el extremo aflojamiento de los vínculos federales en lo que resta de él permite afirmar que la IV Revolución ya está en vías de irrumpir en lo más profundo de la realidad política del Este europeo, o inclusive que ya venció?

Es necesario hacer una distinción. En los presentes días, las corrientes que propugnan la implantación de la IV Revolución se extendieron -aunque bajo formas diversas- al mundo entero y manifiestan por casi todas partes una sensible tendencia a aumentar de volumen.

En ese sentido, la IV Revolución va en un crescendo promisorio para quienes la desean y amenazador para los que se baten contra ella. Pero habría evidente exageración en decir que el orden de cosas actualmente existente en la ex-URSS ya es totalmente modelado según la IV Revolución y que allí no resta nada más de la III Revolución.

La IV Revolución, aunque también incluya el aspecto político, es una Revolución que se califica a sí misma de "cultural", o sea, que abarca grosso modo todos los aspectos del existir humano. Así, los entrechoques políticos que surjan entre las naciones que componían la URSS podrán condicionar fuertemente a la IV Revolución, pero es difícil que se impongan de un modo dominante a los acontecimientos, es decir, a todo el conjunto de actos humanos que la "revolución cultural" comporta.

Pero, ¿y la opinión pública de los países que hasta ayer eran soviéticos (y que en buen número aun son gobernados por antiguos comunistas)? ¿No tiene ella algo que decir sobre esto, ya que representó, según “Revolución y Contra-Revolución”, un papel tan grande en las Revoluciones anteriores?

La respuesta a esa pregunta se da por medio de otras: ¿Existe verdaderamente opinión pública en aquellos países? ¿Puede ser ella empeñada en un proceso revolucionario sistemático? En caso negativo, ¿cuál es el plan de los más altos dirigentes nacionales e internacionales del comunismo acerca del rumbo que se debe dar a esa opinión?

Es difícil responder a todas estas preguntas, dado que en este momento la opinión pública de lo que fue el mundo soviético se presenta evidentemente átona, amorfa, inmovilizada bajo el peso de 70 años de dictadura total, en la que cada individuo temía, en muchos ambientes, expresar su opinión religiosa o política a su pariente más próximo o a su más íntimo amigo, porque una probable delación -velada u ostensible, verídica o calumniosa- podría lanzarlo a trabajos forzados sin fin, en las heladas estepas de Siberia. Sin embargo, en cualquier caso, es necesario responder a estas preguntas antes de elaborar cualquier pronóstico sobre el curso de los acontecimientos en lo que fue el mundo soviético.

Agréguese a lo expuesto, que los medios internacionales de comunicación continúan refiriéndose, como hemos dicho, a la eventual migración de hordas hambrientas, semi-civilizadas (lo que equivale a decir semi-bárbaras) a los bien abastecidos países europeos, que viven en el régimen consumista occidental.

¡Pobre gente, llena de hambre y vacía de ideas, que entonces entraría en choque con el mundo libre, sin comprenderlo; mundo éste que, en ciertos aspectos, podría ser calificado de super-civilizado y, en otros, de gangrenado!

¿Qué resultaría de este entrechoque, sea en la Europa invadida, sea, por reflejo, en el antiguo mundo soviético? ¿Una Revolución autogestionaria, cooperativista, estructural-tribalista (*), o directamente un mundo de anarquía total, de caos y de horror, que no vacilaríamos en calificar de V Revolución?

En el momento en que esta edición sale a luz es manifiestamente prematuro responder a tales preguntas. Pero el futuro se nos depara tan cargado de imprevistos, que mañana tal vez ya sea demasiado tarde para hacerlo. Pues, ¿cuál sería la utilidad de los libros, de los pensadores, de lo que, en fin, reste de civilización en un mundo tribal, en el que estuviesen desatados todos los huracanes de las pasiones humanas desordenadas y todos los delirios de los "misticismos" estructural-tribalistas? Trágica situación ésa, en la cual nadie sería cosa alguna, bajo el imperio de la Nada...

* * *

Gorbachev continúa en Moscú. Y ahí permanecerá por lo menos mientras no se decida a aceptar las invitaciones altamente promocionales que se apresuraron a hacerle, poco después de su caída, los rectores de las

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(*) Cfr. Comentario de 1992 a la Parte III, Capítulo II, ít. I, B, bajo el título: “Perestroika y Glasnost: ¿desmantelamiento de la III Revolución o metamorfosis del comunismo?

prestigiosas universidades de Harvard, Stanford y Boston (cfr. “Folha de S. Paulo”, 21-XII-91). Eso, si no prefiriere el regio hospedaje ofrecido por Juan Carlos I, Rey de España, en el célebre Palacio de Lanzarote, en las Islas Canarias (cfr. “O Estado de S. Paulo”, 11-I-92), o la cátedra a la que fuera invitado por el famoso Collège de France (cfr. “Le Figaro”, París, 12-III-92).

Ante tales alternativas, el ex-líder comunista, derrotado en Oriente, parece tener sólo el embarazo de escoger entre las más lisonjeras invitaciones en Occidente. Hasta el momento, sólo se ha decidido por escribir una serie de artículos para una cadena de diarios del mundo capitalista, mundo en cuyas altas esferas continúa encontrando un apoyo tan fervoroso como inexplicable. Y a hacer un viaje a los Estados Unidos rodeado de gran aparato publicitario, a fin de conseguir fondos para la llamada Fundación Gorbachev.

Así, mientras Gorbachev se encuentra en la penumbra en su propia patria –e inclusive en Occidente su papel viene sufriendo serios cuestionamientos- magnates de Occidente se empeñan de diversos modos en mantener enfocadas sobre el hombre de la perestroika las luces de una lisonjera publicidad, el cual, sin embargo, insistió durante toda su carrera política en mostrar que esa reforma propuesta por él no es lo contrario del comunismo, sino un requinte de éste (*).

En cuanto a la floja federación soviética que agonizaba cuando Gorbachev fue arrojado del Poder, acabó por transformarse en una casi imaginaria "Comunidad de Estados Independientes", entre cuyos componentes se vienen produciendo serias fricciones, que causan preocupación a hombres públicos y a analistas políticos. Tanto más cuanto varias de esas repúblicas o republiquetas poseen armamentos atómicos y pueden lanzarlos unas contra otras (o contra los adversarios del Islam, del que la influencia en el mundo ex-soviético crece día a día), con viva aprensión para los que se preocupan por el equilibrio planetario.

Los efectos de esas eventuales agresiones atómicas pueden ser múltiples. Entre ellos, principalmente, el éxodo de poblaciones contenidas otrora por lo que fue la Cortina de Hierro, las que, apremiadas por los rigores de un invierno habitualmente inclemente y por los riesgos de catástrofes inmensas, pueden sentir redoblados impulsos de "pedir" la hospitalidad de Europa Occidental. Y no sólo de ella, sino también de naciones del continente americano...

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(*) cfr. Comentario de 1992 a la Parte III, Capítulo II, 1, B, bajo el título: “Perestroika y glasnost: ¿desmantelamiento de la III Revolución o metamorfosis del comunismo?”

Al encuentro de esas perspectivas, en el Brasil, el Sr. Lionel Brizola, Gobernador del Estado de Rio de Janeiro, con el aplauso del Ministro de Agricultura del Brasil, propuso atraer labradores del Este europeo dentro de los programas oficiales de Reforma Agraria (cfr. “Jornal da Tarde”, S. Pablo, 27-XII-91). Enseguida el Presidente de Argentina, Carlos Menem, en contactos con la Comunidad Económica Europea, se manifestó dispuesto a que su país acoja a muchos miles de esos inmigrantes (cfr. “Ambito Financiero”, Bs. As., 19-II-92). Y poco después, la titular de la Cancillería colombiana, Sra. Nohemí Sanín, expresó que el gobierno de su país estudia la admisión de técnicos provenientes del Este (cfr. “El Tiempo”, Bogotá, 22-II-92). Hasta esos extremos pueden llegar las oleadas de las invasiones.

¿Y el comunismo? ¿Qué ha sido de él? La fuerte impresión de que éste había muerto se apoderó de la mayor parte de la opinión pública de Occidente, deslumbrada ante la perspectiva de una paz universal de duración indeterminada. O quizá de una duración perenne, con la consecuente desaparición del terrible fantasma de la hecatombe nuclear mundial.

Sin embargo, esta "luna de miel" de Occidente con su supuesto paraíso de distensión y de paz, viene perdiendo gradualmente su brillo.

En efecto, nos referimos un poco más arriba al peligro de agresiones de toda clase, que relampaguea en los territorios de la finada URSS. Nos cabe luego preguntar si el comunismo ha muerto. Al principio, las voces que ponían en duda la autenticidad de la muerte del comunismo fueron escasas, aisladas y pobres en fundamentos.

No obstante, poco a poco, de un lado o de otro, fueron apareciendo sombras en el horizonte. En naciones de Europa central y de los Balcanes, y también del propio territorio de la ex-URSS, se fue notando que, en algunos casos, los nuevos dueños del Poder eran figuras de destaque de los partidos comunistas locales. Excepto en Alemania Oriental, el recorrido hacia la privatización se viene haciendo la mayoría de las veces a pasos de tortuga, lentos y sin rumbo enteramente definido.

O sea, ¿puede decirse que en esos países el comunismo ha muerto? ¿O que simplemente entró en un complicado proceso de metamorfosis? Las dudas a este respecto vienen creciendo, mientras los últimos ecos de la alegría universal por la supuesta caída del comunismo se van apagando discretamente.

En cuanto a los partidos comunistas existentes en Occidente, se marchitaron de modo evidente al estampido de los primeros derrumbes en la URSS. Pero ya hoy varios de ellos comienzan a reorganizarse con rótulos nuevos. ¿Es este cambio de rótulo una resurrección? ¿Una metamorfosis? Me inclino preferentemente por esta última hipótesis. Certezas, sólo el futuro podrá brindarlas.

Esta actualización del cuadro general en función del cual el mundo va tomando posición, me pareció indispensable como intento de poner un poco de claridad y de orden en un horizonte en cuyos cuadrantes lo que principalmente crece es el caos. ¿Cuál es el rumbo espontáneo del caos sino una indescifrable acentuación de sí mismo?

* * *

En medio de ese caos, sólo algo no variará. Es, en mi corazón y en mis labios, como en el de todos los que ven y piensan conmigo, la oración transcripta un poco más arriba(*): "Ad Te levavi óculos meos, quae habitas in Coelis. Ecce sicut oculi servorum in manibus dominorum suorum. Sicut oculi ancillae in manibus dominae suae; ita oculi nostri ad Dominam Matrem nostram donec misereatur nostri". Es la afirmación de la invariable confianza del alma católica, arrodillada, pero firme, en medio de la convulsión general.

Firme, con toda la firmeza de los que, en medio de la borrasca, y con una fuerza de alma mayor que ésta, continuaren afirmando desde lo más hondo del corazón: “Credo in unam Sanctam, Catholicam et Apostolicam Ecclesiam”, o sea, “Creo en la Iglesia Católica, Apostólica y Romana contra la cual, según la promesa hecha a Pedro, las puertas del infierno no prevalecerán”.

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(*) cfr. Parte III, Cap. III, ít. 3.


Versión revisada por Defensa de la Civilización Cristiana – NOA – Argentina – julio de 2007

Puesta a disposición del público en Navidad de 2008

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